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martes

El Asceta más Alegre de la Historia

Por: Carlos Pareja Paz Soldán (1)
Son las Florecillas el evangelio de la vida de Francisco. Sus páginas refieren los trajines más importantes que le acaecieron al pasar sobre el mundo y le pintan como un santo a la intemperie. Bajo el dosel de los grandes vientos emprendedores y caminantes como él, y a la orilla de los vegetales a cuyas flores imitó en el constante mirar del cielo, vivió meditativo y gozoso Francisco de Asís. Tanto tendía hacia Dios y tanto oraba que da la impresión de haber tenido una humanidad hecha de incienso y no de barro. Sus virtudes fueron todas las virtudes pero tenía predilección por la humildad y la pobreza. Entendía esta última aquel don celestial por el cual se desdeña todo lo terrestre y por el cual toda traba desaparece del alma para que pueda unirse libremente con Dios eterno. De aquí que tuviera de cuerpo, como ha dicho un Pontífice, la cantidad indispensable para que el alma pudiere apoyarse y residir. Cuanto de este fin rebasaba, fue por él serena y señorialmente exportado. Esto le llegar a ser sobrio como una planta. Pero tal austeridad no enflaqueció su sonrisa ni le impidió ser uno de los más ejemplares profesores de ternura que ha tenido nuestro género y el asceta más alegre y amable de cuantos han vivido. Todas las penas le tocaban y por amor al prójimo se pasó la vida ultrajando de palabra y de hecho al príncipe del mal.
Otra enseñanza que se desgaja de Las Florecillas : la sencillez, la paz. El hombre de la ciudad, que es el hombre de nuestra época, ha permitido el naufragio de esas compañeras. No es extraño a eso el carácter mecánico y concreto de la urbe donde las masas parecen deducirlo todo y en cuyo seno la organización artificial viene a ser una mordaza que se atenúa y deprime la voz de la Providencia. Pero en el campo se ve a Dios más directamente y esa contemplación que suministra una corteza inmediata mantiene feliz y aquietada la conciencia de sus pobladores. Francisco acostumbra recogerse en la selva y alejarse a islas deshabitadas para realizar allí sus ayunos cuaresmales. Hermano místico de las luces y las aguas, las fieras y las brisas, la memoria de su vida puede representar una infusión de suavidad en el violento dolor contemporáneo. Estas reflexiones agigantan el crecido y eterno valor de San Francisco de Asís y lo conectan fraternalmente con la hora actual. Pero a pesar de ellas el alma del justo de Asís merecerá, mientras dure el hombre, el inviolable respeto de las generaciones. Su existencia, que no será vencida en ninguno de los concursos de grandeza a los que sea sometido, tendrá que ser nombrada, perdurablemente, por quien, cualquiera que sea su ideario, anhele tejer con el nombre de las más famosas existencias, la diadema de la raza tradicional.
(1)  Abogado e intelectual católico peruano contemporáneo de Riva Agüero y Belaúnde . (Lima, 1914 -1943)

lunes

La Rebelión antirepublicana de Iquicha: Antonio Navala Huachaca un general indígena en pro de la monarquía española


ANTONIO NAVALA HUACHACA Gran General indígena del ejército realista que defendió el reyno del Perv y las águilas imperiales junto con los iquichanos hasta 27 años después de declarada la "independencia".Gran defensor de la religión católica con los iquichanos. El se dio cuenta de que los independentistas no eran más que una sarta de burgueses, que saqueaban templos y sembraban el odio hacia la tradición en la masa indígena. Los iquichanos se rebelaron y Jose Antonio Navala Huachaca defendió nuestra tradición imperial y reyno.Este hombre vale más que la falsa historia de Tupác Amaru II que no luchó "por los indios" sino que al ver que el comendador no le dio el ampliazgo de su cacicazgo (más poder) se "rebeló.
Basta con escuchar el himno nacional para conocer la interpretación tradicional de la independencia: El peruano “oprimido” y “condenado a una cruel servidumbre” levanta “la humillada cerviz” y exclama, eufórico: “¡somos libres!” La historia es más compleja. La rebelión indígena de 1827 en Iquicha (provincia de Ayacucho) rechazaba la república y reclamaba nada menos que el retorno de la monarquía española. A continuación, una indagación histórica.

Contexto histórico

En la década de 1820, el Perú contaba con aproximadamente un millón y medio de habitantes, de los cuales casi dos tercios (alrededor de novecientos mil) eran considerados indígenas. En conformidad con la idea republicana que subyace a la independencia, el libertador San Martín prohibe hablar de “indios” o “indígenas” - en adelante, todos habrían de ser considerados iguales, es decir, “peruanos” y con los mismos derechos (Contreras y Cueto ²2000, 76; Basadre, 161).

Pero, en la realidad, las diferencias seguían siendo notorias. El idioma materno de la población indígena no era el castellano, la mayoría ni siquiera podía comunicarse en el idioma oficial. Por otro lado (y en esto nada ha cambiado), la población blanca y mestiza de la costa no mostraba interés en aprender el quechua. La mayor parte de la población indígena vivía de una agricultura a nivel de subsistencia. Si había excedentes, estos se trocaban en las ferias regionales (Contreras y Cueto ²2000, 76). La autosubsistencia y el trueque constituían enclaves económicos aislados del resto del país, de modo que la economía nacional era precaria.

Con la fundación de la República, en 1821, José de San Martín había abolido el tributo colonial sobre los indígenas. Pero solo cinco años después, el tributo volvió a instaurarse bajo el nombre de “contribución” indígena (Bonilla 2001, 177). Fue esta contribución la que obligó a muchos indígenas a vender su mano de obra y trabajar en los centros mineros aledaños. Una parte menor trabajaba en haciendas bajo un régimen conocido como “yanaconaje”. Los yanaconas recibían, por parte de un terrateniente, una parcela para la autosubsistencia y a cambio de ello debían trabajar en las tierras del hacendado por una determinada cantidad de días al año. No recibían dinero, pero el hacendado solía hacerse cargo del pago de la contribución (Contreras y Cueto ²2000, 77).

La contribución indígena fue un factor importante para la constitución económica de la República. Un cálculo hecho para el año 1829 estima que casi 13 por ciento del presupuesto anual se financiaba mediante este tributo. Entre 1839 y 1845, el tributo ya sostenía más de un tercio del presupuesto nacional (Bonilla 2001, 177-178). Fue recién en 1854, con el “boom” del guano, que Ramón Castilla abolió este tributo.

El Perú independiente se construyó sobre un modelo fuertemente centralista. No solamente estaba la reintroducción del tributo indígena. El gobierno central también se arrogó el derecho de nombrar las autoridades locales.

Las tres fases de la rebelión

La rebelión de Iquicha no se podría explicar sin los factores mencionados. En efecto, los rebeldes exigían la abolición de la contribución. Pero ello no pudo haber sido el único motivo, pues ya hemos visto que el tributo indígena también existía en la Colonia. ¿Por qué, entonces, el deseo de regresar al orden colonial?

Antonio Huachaca, líder de la rebelión, expresa sus motivos en una carta dirigida al Prefecto de Ayacucho, en 1826:

salgan los señores militares que se hallan en ese depósito robando, forzando a mujeres casadas, doncellas, violando hasta templos, a más los mandones, como son el señor Intendente, nos quiere acabar con contribuciones y tributos (…) y de los (sic) contrario será preciso de acabar con la vida por defender la religión y nuestras familias e intereses (Bonilla 2001, 155).

Antonio Huachaca era una campesino indígena que había luchado por la causa española, enfrentándose a los independentistas cuzqueños, en 1814. En recompensa por sus servicios, había alcanzado el grado de General de Brigada en el Ejército Real del Perú. En la carta aquí citada queda claro que, más allá de los tributos, Huachaca ve a las fuerzas independentistas y patriotas como un extrañas, abusivas y hasta paganas.

En efecto, los independentistas habían saqueado iglesias (Bonilla 2001, 159). Más allá de estas circunstancias, es notorio que los indígenas hicieran de la religión católica una causa suya.

Pero volvamos al escenario de la rebelión. Antonio Huachaca estuvo acompañado por otros líderes, todos ellos indígenas a excepción del francés Nicolás Soregui, comerciante y ex oficial del Ejército Español en Perú. Según un testimonio, las fuerzas rebeldes sumaban 1500 hombres. Según otro, llegaban a 4400 (Bonilla 2001, 162). Todos coinciden en que la mayoría de rebeldes provenían del distrito de Iquicha, provincia de Ayacucho. Contrariamente a lo que se podría suponer, ninguno de los líderes rebeldes eran caciques. Más bien, se trataba de comerciantes o arrieros (Bonilla 2001, 167). También hubo participación indirecta de españoles y mestizos. Estos no fueron protagonistas, pero ayudaron en la organización y la propaganda (Bonilla 2001, 153).

La primera fase de la rebelión se da entre marzo y diciembre de 1825 cuando los indígenas de Iquicha se movilizan, pero son contenidos rápidamente por el ejército patriota que se encontraba en Huanta. La paz sería muy corta. En enero de 1826 se produce otra movilización que también protesta contra el cobro del diezmo de la coca. Cabe resaltar que la región de Ayacucho y, especialmente la de Huanta, vivía del comercio de la coca. Éste les aseguraba una posición económica relativamente buena (Bonilla 2001, 152).

En junio de 1826, los rebeldes bajo el comando de Huachaca y Soregui logran tomar el pueblo de Huanta convirtiéndolo en centro de operaciones. Luego, y con el apoyo de dos fracciones desertoras de los Húsares de Junín, intentan tomar Huamanga (Ayacucho), pero son derrotados por la guarnición de la ciudad. En julio de 1826, el general y Presidente del Consejo de Gobierno Andrés de Santa Cruz viaja personalmente a Ayacucho para combatir a los rebeldes.

La tercera fase de la rebelión se inicia en noviembre de 1827 cuando los rebeldes de Iquicha vuelven a tomar Huanta, manteniendo la ciudad bajo su control por dos semanas. A continuación, los iquichanos atacan nuevamente Ayacucho, pero son derrotados una segunda vez. Esta derrota marcaría el fin del movimiento. Hasta junio de 1828, todos los líderes con excepción de Huachaca son apresados. En diciembre del mismo año, Soregui y otros tres líderes son condenados a muerte. Dos años después y ante la apelación presentada por los inculpados, la Corte Superior de Justicia del Cusco anula todas las sentencias de muerte y Soregui es desterrado por diez años junto a otros líderes (Bonilla 2001, 150-151).

Antonio Huachaca, en cambio, siguió participando en enfrentamientos, aunque esta vez entre caudillos militares. En 1838, Huachaca es rehabilitado al ser proclamado Juez de Paz y Gobernador del distrito de Carhuaucran, lo cual motivó un irónico comentario de una autoridad local. Califica a Huachaca de Jefe Supremo de la Republiqueta de Iquicha, con insulto del gobierno peruano y de sus leyes (Bonilla 2001, 154).

Comentarios finales

Según el historiados Heraclio Bonilla, las interpretaciones de la rebelión de Iquicha suelen inclinarse hacia dos extremos: El primero sostiene que la opresión de los indígenas durante la colonia habría desencadenado un proceso de alienación que los hacía indiferentes frente a las nuevas ideas republicanas. Esta tesis es compatible con la interpretación marxista presentada por Carlos Iván Pérez Aguirre en 1982:

Centurias de experiencia y de lucha de clases han demostrado que [los campesinos indígenas] sólo pueden colmar su reivindicaciones, especialmente su derecho a la tierra, bajo la dirección de la burguesía revolucionaria y, cuando ha caducado su rol histórico, sólo bajo la dirección del proletariado.

La segunda intepretación, en cambio, sostiene que los iquichanos rebeldes siempre tuvieron presentes la noción de la república. Desde esta perspectiva, la rebelión “ocultaba el deseo de sus líderes por encontrar reconocimiento y lugar en el nuevo ordenamiento” (Bonilla 2001, 166).

Tal como sostiene Bonilla, sería demasiado simple hablar de los rebeldes iquichanos en términos de “víctimas” o “héroes”. Si bien los iquichanos estuvieron apoyados por blancos y mestizos, la lucha fue conducida y ejecutada por indígenas, siendo ellos ex soldados, comerciantes y arrieros. De modo que no se les puede clasificar como simples víctimas. Por otro lado, tampoco es convincente asignarles conciencia republicana cuando ellos declaraban explícitamente su apego a Fernando VII, rey de España.

Una interpretación adecuada debe intentar conciliar ambos extremos. Al final, probablemente, la rebelión se debió a una conjunción de factores, todos ellos importantes. Están los factores económicos (contribución indígena, diezmo de coca), está la independencia precaria con la situación de guerra entre realistas y patriotas y los arriba mencionados abusos de los patriotas, está el centralismo limeño. Todos estos factores debieron haber contribuido a que el proyecto republicano sea percibido como excluyente y extraño a los propios intereses. Bonilla cuenta cómo el prefecto de Ayacucho, Pardo de Zela, reportaba a su superior, en junio de 1827, lo que los pueblos de su jurisdicción reclamaban frente a la nueva autoridad: “costumbre, señor: costumbre” (Bonilla 2001, 153).

En todo caso, podemos constatar una brecha entre el proyecto republicano (igualdad ecónomica, social y jurídica) y la realidad. Jorge Basadre cita el manifiesto del Congreso Constituyente de 1822 que fuera proclamado por Luna Pizarro, Sánchez Carrión y Mariátegui:

Vosotros indios sois el primer objeto de nuestros cuidados. Nos acordamos de lo que habéis padecido y trabajamos para haceros felices. Vais a ser nobles, instruidos, propietarios y representaréis entre los hombres todo lo que es debido a vuestras virtudes (Basadre, 161).

Hoy en día ya no hablamos de indígenas, pero el 50 por ciento de ciudadanos peruanos que viven en condición de pobreza material y social siguen estando al margen de la igualdad proclamada.

Por Evaristo Pentierra

Bibliografía:

Basadre, Jorge (sin fecha): Historia de la República del Perú, 1822-1933. Tomo I. Edición del diario La República y la Universidad Ricardo Palma, sin lugar.

Bonilla, Heraclio 2001: Metáfora y realidad de la Independencia en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos, Lima.

Contreras, Carlos y Marcos Cueto ²2000: Historia del Perú contemporáneo: Desde las luchas por la Independencia hasta el presente. Instituto de Estudios Peruanos y Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.

Cortesía y Comentario iniciales en cursiva de Martín Macedo

¡ Navala victoria !
¡ Mamacha Rosario !
Antonio Huachaca,
Príncipe del Incario,


Van los iquichanos,
Feroces y leales,
Tremolando orgullosos,
Las banderas reales,

Por la Religión y el rey,
Los indios galopan,
Libres como cóndores,
Sudando su honra,

Nobleza hispánica,
Bien reconocida,
Adhesión popular,
Coraje realista,

Sin querer revoluciones,
Ni criollas ni peninsulares,
Por un imperio católico,
Braveza a raudales,

¿ Independencia de qué ?
¿ Libertad obligada ?
Sangrientos sofismas,
América aherrojada,

El Perú ya era libre,
Flor y nata de las Indias,
Su solera virreinal,
Provocó gran codicia,

Así, Huachaca, pues,
Fue el gran capitán,
De unas huestes indómitas,
Resistencia y fidelidad,

En las pampas de Quinua,
Aún se sigue escuchando,
¡ Navala victoria,
Mamacha Rosario !

Y así yo propongo,
Algo para Sevilla:
Estatua para Huachaca,
Abajo la de Bolívar.

http://sagradahispania.blogspot.com/

miércoles

La Dinastía Inca- Hispano jesuítica

La Dinastía Inca- Hispano jesuítica - Se emparentaron entre sí y con la Casa Real de los Reyes Yngas del Perú, las dos casas de Loyola y de Borja (Casa Solar y Palacio de Lazcano/Lascano*)

En el la iglesia de los jesuitas del Cuzco se conserva un cuadro sobre tela, de gran interés histórico.En él se representa un grupo de dignatarios incas sobre un fondo arquitectónico pretendidamente “indio”, y a la derecha otro de personajes ataviados a la manera de Castilla sobre un fondo de iglesias, en medio lHS (abreviatura del nombre de Jesús).
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En un plano anterior están representados San Ignacio de Loyola (descendiente de la familia Lascano al igual que el FUNDADOR de la Soberana Orden Militar de Caballería Hospitalaria de San Ignacio de Loyola Don Carlos Gustavo Lavado Ruíz y Roqué Lascano), fundador de los jesuitas y San Francisco Javier, su tercer Superior General.
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En primer plano hay cinco personajes cuya identidad aclara la inscripción.“Don Martín de Loyola, Gobernador de Chile, sobrino de nuestro Padre San Ignacio, hijo de su hermano mayor Don Beltrán de Loyola, casó con Doña Beatriz Ñusta heredera y Princesa del Perú, como hija de Don Diego Ynga, su último Rey. Por haber muerto sin hijos su hermano Don Felipe Inca, de Don Martín y de Doña Beatriz nació Doña Lorenza Ñusta de Loyola, que pasó a España por orden de nuestros Reyes católicos, y la casaron en Madrid con el Excelentísimo Señor IV (Juan?) de Borja[i] hijo de San Francisco de Borja y Embajador del Señor Rey Don Felipe II a Alemania y Portugal. Con este matrimonio emparentaron entre sí y con la Casa Real de los Reyes Yngas del Perú, las dos casas de Loyola y de Borja cuya sucesión está hoy el los Excelentísimos Señores Marqueses de Alcañises, grandes de primera clase.”Martín de Loyola, o Martín García Óñez de Loyola, era sobrino-nieto de Ignacio de Loyola, fundador en 1534 de la orden religiosa de los jesuitas. Martín, de profesión militar se embarcó en 1568 acompañando al Virrey Toledo que llevaba el encargo de la Corona de pacificar el Virreinato del Perú.
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Fue él que capturó a Tupac Amaru el último inca y se casó con su sobrina bautizada con el nombre cristiano de Beatriz Clara Coya., en el cuadro Beatriz Ñusta.No debe sorprender que la princesa se casase con el culpable de la muerte de su tío, las mujeres indígenas americanas eran botín de guerra. Hernán Cortés (ancestro de Don Carlos Gustavo Lavado Roqué por parte de Padre) recibió como esclava a la Malinche llamada también doña Marina, mujer culta de la nobleza local, que sirvió de intérprete a Cortés, con el que tuvo un hijo.
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Posteriormente Cortés se casó con Juana de Zúñiga y regaló doña Marina a uno de sus capitanes. Martín de Loyola murió en Chile en 1598 luchando contra los mapuches, que le cortaron la cabeza y la entregaron años más tarde al gobernador Alonso García.
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Los jesuitas llegaron a América el mismo año que el Gobernador Toledo, y fueron una pieza importante en la cristianización de los nativos principalmente con su sistema de administración en Reducciones.Su poder creciente y la protección que brindaron a los indígenas a su cargo, levantaron una fuerte oposición del clero secular, que veía una parte de los indígenas arrebatada a su jurisdicción y explotación.
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No menor fue la oposición de los encomenderos del Paraguay que se veían impedidos de reclutar mano de obra indígena de las reducciones, que además les hacían la competencia en la venta de la hierba mate, hasta el extremo que esta era llamada hierba de los jesuitas.Con la llegada de la dinastía de los borbones a España, la consideración que tenían como fieles servidores de la corona fue erosionándose y con la firma en 1750 del tratado de Madrid en que se redefinían los límites entre las colonias portuguesas y españolas estalló un conflicto de graves consecuencias.Según el tratado se entregaban a Portugal las siete reducciones al este del río Paraguay lo que suponía la evacuación de los 30.000 guaraníes que las habitaban. Éstos se negaron a cumplir con la cesión y organizaron una rebelión armada. Algunos de los jesuitas se unieron a la revuelta a pesar de las amenazas de excomunión de sus superiores. Ver la película La Misión.La orden fue prohibida en Portugal en 1759 y en 1754 en Francia, finalmente en 1767 fueron prohibidos en España y las colonias, y el rey dictó una orden secreta de detención y deportación al estilo de la dictada en Francia para la detención de los templarios.Para los reyes de España, Carlos V era el sucesor de los reyes incas, tal como se representaba en pinturas de la época en que se representaban las efigies de los monarcas.En un ambiente de recelos contra los jesuitas, el hecho de que la línea sucesoria de los reyes incas entroncase con las casas de Loyola y Borja tal como detalla el cuadro de la iglesia del Cuzco pudo ser un elemento decisivo para tomar una determinación tan drástica.

Bibliografía consultada
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*Casa Lazcano/Lascano
La Casa Solar y Palacio de Lazcano cabeza del “bando oñecino y cabo de linajes, está fundado en el Concejo de Lazcano, jurisdicción de la Alcaldía Mayor de Arería, en la provincia de Guipúzcoa.
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De su origen y principio, y de los años de su fundación, por ser tan antigua, no se halla memoria; solo se averigua por historias y escrituras que há más de novecientos años que este Palacio ha tenido hombres ilustres y conocidos. Los señores de este solar emparentaron con los Reyes de Castilla y Navarra, y los de aquella Corona los trataron como a parientes, en sus cartas, como se verá en algunas que se pondrán por orden en esta genealogía, y por esta causa ponen corona al timbre de sus escudos de armas, como acostumbran poner los que tienen sangre real.
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De la misma forma están emparentados con los mayores señores y títulos de Castilla. Los señores de esta Casa han seguido siempre el camino de las armas; y así por sus hechos heroicos, han conseguido la mayor parte de su nobleza, fama, honra y hacienda, y los naturales han sido y son a propósito para la guerra, por haber sido en su mayor parte resueltos y eficaces en todas sus acciones y empresas, juntamente con prudencia y madurez con que conseguían sus intentos. Y así lo da a entender su mismo apellido de Lazcano que es un compuesto de una dicción de romance y otra de vascuence, que son Laz y Cano; Laz, en vascuence significa áspero y resuelto; y cano, en romance significa viejo y maduro de seso, etc., etc



SAPA INCA
(Click en los títulos para ampliar)

Web Orden de Loyola

TOMADO DE: http://comandantesoel.blogspot.com/

viernes

El latín pentecostal de Pareja Paz Soldán

De los grandes pensadores católicos que el Perú -tierra fértil para místicos y profetas cristianos- ha tenido, le ha correspondido a Carlos Pareja Paz Soldán (1914-1943) un lugar ciertamente relegado en la memoria frente a la formidable talla de quienes se han constituido, con justicia, en paradigmas del pensamiento conservador nacionalista : Riva Agüero y Víctor Andrés Belaúnde. Ha jugado en contra de Pareja su temprana desaparición a la edad de veintinueve años, y la nula difusión que el actual sistema hace de su breve, pero monumental obra. Producción que comprende algunos cuentos y poemas, pero que es sobretodo intensa en sus ensayos, todos ellos de fina espiritualidad, exquisita elegancia y vigorosa personalidad literaria.
Casi siempre, estos ensayos incluyen ácidos golpes a la corriente indigenista que, por entonces, pretendía presentar una imagen falsificada del Imperio Incaico, negando el aporte occidental en la definición de nuestra identidad. Pareja dice de ellos “son como el hombre sin grandeza que aquilatase el fulgor de las ascuas, pero negase la lumbre de los astros”.
Sabiendo que habrá bastante tiempo para profundizar en su inmortal aporte para con una causa que hoy está tan vigente como ayer, me ha llamado particularmente la atención esta ocasión un ensayo suyo titulado “La Lengua Unánime del Día de Pentecostés y las Expresiones Confundidas en la Torre de Babel” . Un ensayo donde la reivindicación del latín, como lengua oficial de la Iglesia, toma un rol que a veces pasa inadvertido para los actuales tradicionalistas católicos.
He considerado valiosa su transcripción, a la mayor gloria del maestro y de su Sancta Mater Ecclesia:


Cuentan los Hechos de los Apóstoles, que una vez que el Sacro Espíritu de Dios anegó el alma de los primeros milicianos de Cristo, estos se dirigieron a la multitud para predicarle. Integrábanla hombres de todos los dialécticos y lenguajes y no obstante ninguno quedó sin entender la divina conversación de los Apóstoles. Y estos no hablaron sin embargo más que una vez. Cada palabra fue única, pero los vocablos no fueron extranjeros para nadie. El portento conmovió tanto al auditorio que el Reino de Cristo se anexó ese día tres mil individualidades.
Pentecostés representa un día de asueto en la estable e infranqueable variedad lingüística de los humanos. Los idiomas regionales fueron vencidos y cesó la confusión de las palabras. No había pasado nunca eso desde el día inmemorial en que Jehová decretó para hablar, la heterogeneidad de sonidos fonéticos. Y es que Pentecostés simboliza lo contrario de Babel. El uno es la claridad comunitaria y el otro enrevesamiento, el localismo literario. Una de las primeras ocurrencias de los descendientes de Noé fue fabricar un gigantesco rascacielo, torre que llegando a las plantas del azur permitiera el arribo de los seres de la comarca baja hasta el supremo aposento del Creador. Concentraban para ello vastas gruesas de ladrillos y betún y se pusieron a la obra. Entonces el Espíritu de Dios enojado ante tan burda insolencia, cortó por lo sano el proyecto impidiendo la comunicación de los hombres, volviendo, en cierto modo, mudos a unos grupos para con otros grupos. Antes todos hablaban idéntico idioma. Dios desde esa fecha les obligó a morder el aire con acentos desiguales, a ser políglotas. La torre trunca quedó en pleno paraje riente como un recuerdo de la malicia de los hombres y del poder del Hacedor. En Pentecostés, el señor suspendió, por un instante, su decreto gramatical. Los hombres se entendieron como si no hubiera habido nunca fonemas nacionales huraños, incomunicables. Y es que el empeño de los Apóstoles – la creación de la Iglesia- era diametralmente opuesto al de sus remotos antecesores castigados. Estos habían pretendido elevar la tierra hasta el Cielo. Los Apóstoles intentaban traer el Cielo a la tierra. “Mi Reino no es de este mundo”, dijo Jesús y es verdad, entre otras cosas, porque aquí nunca podrá cumplirse. Pero a lo menos podrá esbozarse, anhelarse, ensayarse. Y esa sección de los hombres amantes del Cielo es la Iglesia, torre de ladrillos humanos que quiere servir a la gloria del Altísimo y no la vanidad de los creados. Inmediatamente después del episodio de la Torre de Babel, Dios mandó a los hombres, en castigo de su pretensión, la variedad de lenguas con la que se creó, en cierta forma, la raza de los espíritus. Posteriormente a la Ascención de Cristo nueve días después, cuando el arca nueva iba a ser la urna de redención de los hombres, Dios en premio a la humildad de los que sienten que sin Él, sin el permiso de Su Gracia no pueden llegar hasta el Cielo, permitió la unificación de las jergas para que los Apóstoles, primeros constructores de un torreón inmortal, que verdaderamente llega al empíreo, pudieran con la catequización de tres mil hombres acarrear las primeras piedras sobre lo las que se asentó la Iglesia imperecedera, donde a la larga no se iba a parlamentar con Dios sino en una lengua invariable, universal y clara como el latín.