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lunes

La Rebelión antirepublicana de Iquicha: Antonio Navala Huachaca un general indígena en pro de la monarquía española


ANTONIO NAVALA HUACHACA Gran General indígena del ejército realista que defendió el reyno del Perv y las águilas imperiales junto con los iquichanos hasta 27 años después de declarada la "independencia".Gran defensor de la religión católica con los iquichanos. El se dio cuenta de que los independentistas no eran más que una sarta de burgueses, que saqueaban templos y sembraban el odio hacia la tradición en la masa indígena. Los iquichanos se rebelaron y Jose Antonio Navala Huachaca defendió nuestra tradición imperial y reyno.Este hombre vale más que la falsa historia de Tupác Amaru II que no luchó "por los indios" sino que al ver que el comendador no le dio el ampliazgo de su cacicazgo (más poder) se "rebeló.
Basta con escuchar el himno nacional para conocer la interpretación tradicional de la independencia: El peruano “oprimido” y “condenado a una cruel servidumbre” levanta “la humillada cerviz” y exclama, eufórico: “¡somos libres!” La historia es más compleja. La rebelión indígena de 1827 en Iquicha (provincia de Ayacucho) rechazaba la república y reclamaba nada menos que el retorno de la monarquía española. A continuación, una indagación histórica.

Contexto histórico

En la década de 1820, el Perú contaba con aproximadamente un millón y medio de habitantes, de los cuales casi dos tercios (alrededor de novecientos mil) eran considerados indígenas. En conformidad con la idea republicana que subyace a la independencia, el libertador San Martín prohibe hablar de “indios” o “indígenas” - en adelante, todos habrían de ser considerados iguales, es decir, “peruanos” y con los mismos derechos (Contreras y Cueto ²2000, 76; Basadre, 161).

Pero, en la realidad, las diferencias seguían siendo notorias. El idioma materno de la población indígena no era el castellano, la mayoría ni siquiera podía comunicarse en el idioma oficial. Por otro lado (y en esto nada ha cambiado), la población blanca y mestiza de la costa no mostraba interés en aprender el quechua. La mayor parte de la población indígena vivía de una agricultura a nivel de subsistencia. Si había excedentes, estos se trocaban en las ferias regionales (Contreras y Cueto ²2000, 76). La autosubsistencia y el trueque constituían enclaves económicos aislados del resto del país, de modo que la economía nacional era precaria.

Con la fundación de la República, en 1821, José de San Martín había abolido el tributo colonial sobre los indígenas. Pero solo cinco años después, el tributo volvió a instaurarse bajo el nombre de “contribución” indígena (Bonilla 2001, 177). Fue esta contribución la que obligó a muchos indígenas a vender su mano de obra y trabajar en los centros mineros aledaños. Una parte menor trabajaba en haciendas bajo un régimen conocido como “yanaconaje”. Los yanaconas recibían, por parte de un terrateniente, una parcela para la autosubsistencia y a cambio de ello debían trabajar en las tierras del hacendado por una determinada cantidad de días al año. No recibían dinero, pero el hacendado solía hacerse cargo del pago de la contribución (Contreras y Cueto ²2000, 77).

La contribución indígena fue un factor importante para la constitución económica de la República. Un cálculo hecho para el año 1829 estima que casi 13 por ciento del presupuesto anual se financiaba mediante este tributo. Entre 1839 y 1845, el tributo ya sostenía más de un tercio del presupuesto nacional (Bonilla 2001, 177-178). Fue recién en 1854, con el “boom” del guano, que Ramón Castilla abolió este tributo.

El Perú independiente se construyó sobre un modelo fuertemente centralista. No solamente estaba la reintroducción del tributo indígena. El gobierno central también se arrogó el derecho de nombrar las autoridades locales.

Las tres fases de la rebelión

La rebelión de Iquicha no se podría explicar sin los factores mencionados. En efecto, los rebeldes exigían la abolición de la contribución. Pero ello no pudo haber sido el único motivo, pues ya hemos visto que el tributo indígena también existía en la Colonia. ¿Por qué, entonces, el deseo de regresar al orden colonial?

Antonio Huachaca, líder de la rebelión, expresa sus motivos en una carta dirigida al Prefecto de Ayacucho, en 1826:

salgan los señores militares que se hallan en ese depósito robando, forzando a mujeres casadas, doncellas, violando hasta templos, a más los mandones, como son el señor Intendente, nos quiere acabar con contribuciones y tributos (…) y de los (sic) contrario será preciso de acabar con la vida por defender la religión y nuestras familias e intereses (Bonilla 2001, 155).

Antonio Huachaca era una campesino indígena que había luchado por la causa española, enfrentándose a los independentistas cuzqueños, en 1814. En recompensa por sus servicios, había alcanzado el grado de General de Brigada en el Ejército Real del Perú. En la carta aquí citada queda claro que, más allá de los tributos, Huachaca ve a las fuerzas independentistas y patriotas como un extrañas, abusivas y hasta paganas.

En efecto, los independentistas habían saqueado iglesias (Bonilla 2001, 159). Más allá de estas circunstancias, es notorio que los indígenas hicieran de la religión católica una causa suya.

Pero volvamos al escenario de la rebelión. Antonio Huachaca estuvo acompañado por otros líderes, todos ellos indígenas a excepción del francés Nicolás Soregui, comerciante y ex oficial del Ejército Español en Perú. Según un testimonio, las fuerzas rebeldes sumaban 1500 hombres. Según otro, llegaban a 4400 (Bonilla 2001, 162). Todos coinciden en que la mayoría de rebeldes provenían del distrito de Iquicha, provincia de Ayacucho. Contrariamente a lo que se podría suponer, ninguno de los líderes rebeldes eran caciques. Más bien, se trataba de comerciantes o arrieros (Bonilla 2001, 167). También hubo participación indirecta de españoles y mestizos. Estos no fueron protagonistas, pero ayudaron en la organización y la propaganda (Bonilla 2001, 153).

La primera fase de la rebelión se da entre marzo y diciembre de 1825 cuando los indígenas de Iquicha se movilizan, pero son contenidos rápidamente por el ejército patriota que se encontraba en Huanta. La paz sería muy corta. En enero de 1826 se produce otra movilización que también protesta contra el cobro del diezmo de la coca. Cabe resaltar que la región de Ayacucho y, especialmente la de Huanta, vivía del comercio de la coca. Éste les aseguraba una posición económica relativamente buena (Bonilla 2001, 152).

En junio de 1826, los rebeldes bajo el comando de Huachaca y Soregui logran tomar el pueblo de Huanta convirtiéndolo en centro de operaciones. Luego, y con el apoyo de dos fracciones desertoras de los Húsares de Junín, intentan tomar Huamanga (Ayacucho), pero son derrotados por la guarnición de la ciudad. En julio de 1826, el general y Presidente del Consejo de Gobierno Andrés de Santa Cruz viaja personalmente a Ayacucho para combatir a los rebeldes.

La tercera fase de la rebelión se inicia en noviembre de 1827 cuando los rebeldes de Iquicha vuelven a tomar Huanta, manteniendo la ciudad bajo su control por dos semanas. A continuación, los iquichanos atacan nuevamente Ayacucho, pero son derrotados una segunda vez. Esta derrota marcaría el fin del movimiento. Hasta junio de 1828, todos los líderes con excepción de Huachaca son apresados. En diciembre del mismo año, Soregui y otros tres líderes son condenados a muerte. Dos años después y ante la apelación presentada por los inculpados, la Corte Superior de Justicia del Cusco anula todas las sentencias de muerte y Soregui es desterrado por diez años junto a otros líderes (Bonilla 2001, 150-151).

Antonio Huachaca, en cambio, siguió participando en enfrentamientos, aunque esta vez entre caudillos militares. En 1838, Huachaca es rehabilitado al ser proclamado Juez de Paz y Gobernador del distrito de Carhuaucran, lo cual motivó un irónico comentario de una autoridad local. Califica a Huachaca de Jefe Supremo de la Republiqueta de Iquicha, con insulto del gobierno peruano y de sus leyes (Bonilla 2001, 154).

Comentarios finales

Según el historiados Heraclio Bonilla, las interpretaciones de la rebelión de Iquicha suelen inclinarse hacia dos extremos: El primero sostiene que la opresión de los indígenas durante la colonia habría desencadenado un proceso de alienación que los hacía indiferentes frente a las nuevas ideas republicanas. Esta tesis es compatible con la interpretación marxista presentada por Carlos Iván Pérez Aguirre en 1982:

Centurias de experiencia y de lucha de clases han demostrado que [los campesinos indígenas] sólo pueden colmar su reivindicaciones, especialmente su derecho a la tierra, bajo la dirección de la burguesía revolucionaria y, cuando ha caducado su rol histórico, sólo bajo la dirección del proletariado.

La segunda intepretación, en cambio, sostiene que los iquichanos rebeldes siempre tuvieron presentes la noción de la república. Desde esta perspectiva, la rebelión “ocultaba el deseo de sus líderes por encontrar reconocimiento y lugar en el nuevo ordenamiento” (Bonilla 2001, 166).

Tal como sostiene Bonilla, sería demasiado simple hablar de los rebeldes iquichanos en términos de “víctimas” o “héroes”. Si bien los iquichanos estuvieron apoyados por blancos y mestizos, la lucha fue conducida y ejecutada por indígenas, siendo ellos ex soldados, comerciantes y arrieros. De modo que no se les puede clasificar como simples víctimas. Por otro lado, tampoco es convincente asignarles conciencia republicana cuando ellos declaraban explícitamente su apego a Fernando VII, rey de España.

Una interpretación adecuada debe intentar conciliar ambos extremos. Al final, probablemente, la rebelión se debió a una conjunción de factores, todos ellos importantes. Están los factores económicos (contribución indígena, diezmo de coca), está la independencia precaria con la situación de guerra entre realistas y patriotas y los arriba mencionados abusos de los patriotas, está el centralismo limeño. Todos estos factores debieron haber contribuido a que el proyecto republicano sea percibido como excluyente y extraño a los propios intereses. Bonilla cuenta cómo el prefecto de Ayacucho, Pardo de Zela, reportaba a su superior, en junio de 1827, lo que los pueblos de su jurisdicción reclamaban frente a la nueva autoridad: “costumbre, señor: costumbre” (Bonilla 2001, 153).

En todo caso, podemos constatar una brecha entre el proyecto republicano (igualdad ecónomica, social y jurídica) y la realidad. Jorge Basadre cita el manifiesto del Congreso Constituyente de 1822 que fuera proclamado por Luna Pizarro, Sánchez Carrión y Mariátegui:

Vosotros indios sois el primer objeto de nuestros cuidados. Nos acordamos de lo que habéis padecido y trabajamos para haceros felices. Vais a ser nobles, instruidos, propietarios y representaréis entre los hombres todo lo que es debido a vuestras virtudes (Basadre, 161).

Hoy en día ya no hablamos de indígenas, pero el 50 por ciento de ciudadanos peruanos que viven en condición de pobreza material y social siguen estando al margen de la igualdad proclamada.

Por Evaristo Pentierra

Bibliografía:

Basadre, Jorge (sin fecha): Historia de la República del Perú, 1822-1933. Tomo I. Edición del diario La República y la Universidad Ricardo Palma, sin lugar.

Bonilla, Heraclio 2001: Metáfora y realidad de la Independencia en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos, Lima.

Contreras, Carlos y Marcos Cueto ²2000: Historia del Perú contemporáneo: Desde las luchas por la Independencia hasta el presente. Instituto de Estudios Peruanos y Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.

Cortesía y Comentario iniciales en cursiva de Martín Macedo

¡ Navala victoria !
¡ Mamacha Rosario !
Antonio Huachaca,
Príncipe del Incario,


Van los iquichanos,
Feroces y leales,
Tremolando orgullosos,
Las banderas reales,

Por la Religión y el rey,
Los indios galopan,
Libres como cóndores,
Sudando su honra,

Nobleza hispánica,
Bien reconocida,
Adhesión popular,
Coraje realista,

Sin querer revoluciones,
Ni criollas ni peninsulares,
Por un imperio católico,
Braveza a raudales,

¿ Independencia de qué ?
¿ Libertad obligada ?
Sangrientos sofismas,
América aherrojada,

El Perú ya era libre,
Flor y nata de las Indias,
Su solera virreinal,
Provocó gran codicia,

Así, Huachaca, pues,
Fue el gran capitán,
De unas huestes indómitas,
Resistencia y fidelidad,

En las pampas de Quinua,
Aún se sigue escuchando,
¡ Navala victoria,
Mamacha Rosario !

Y así yo propongo,
Algo para Sevilla:
Estatua para Huachaca,
Abajo la de Bolívar.

http://sagradahispania.blogspot.com/

Antonio de Saavedra y Leiba, el venerable Deán de la Catedral de Trujillo

Por: Gabriel Prieto Burmester

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Antonio de Saavedra y Leiba
Don Antonio de Saavedra y Leiba es uno de los tantos personajes olvidados de la ciudad de Trujillo. Sin embargo, hasta los primeros años del siglo pasado era una de las figuras más conspicuas y respetadas de la ciudad. Cronistas de esa época narran que los miembros de las aristocráticas familias de Trujillo iban en peregrinación hacia "la vieja Iglesia de Huanchaco", para rendirle oraciones y pedir su intercesión ante una causa imposible. Evidencia de ello es que junto a su actual sepultura, ubicada al lado izquierdo del altar mayor del Santuario de Nuestra Señora de Huanchaco, se puede apreciar una placa de mármol de 1907, ofrecida por la Cámara de Comercio de la ciudad.
De elevada condición, hijo del oidor Don Fernando de Saavedra y Doña Catalina de Aliaga y Bermeo, nació en la ciudad de Lima en 1636. Desde temprana edad fue instruido para desempeñar cargos eclesiásticos. Cuando terminó sus estudios superiores en la Universidad de San Marcos, se graduó como Bachiller en Sagrada Teología. Fue entonces enviado a la ciudad de Trujillo para desempeñar el cargo de Racionero. En 1670 es promovido a Canónigo de Merced y luego a Arcediano (1674). En 1675 es nombrado Deán de la Catedral, lo cual le significó desempeñar el cargo capitular más importante después del obispo, Mons. Francisco de Borja. A la muerte de éste en 1689, tuvo que asumir la responsabilidad de conducir la diósecis hasta la llegada del sucesor, Mons. Pedro Días de Cienfuegos en 1696. Así mismo desempeñó el cargo de Comisario del Santo Oficio.
En 1700 por encargo del Virrey Conde de la Monclova fue nombrado Juez de Aguas, y entre sus realizaciones más importantes destaca la redacción y puesta en funcionamiento del famoso "Reglamento de Aguas", un documento que organizaba la distribución de este preciado recurso entre las haciendas y chacras de los valles de Trujillo y sus alrededores. Vale recalcar que dicho reglamento se utilizó hasta mediados de 1950, es decir, durante dos siglos y medio. Sin embargo la obra por la que más ha sido recordado hasta el día de hoy es por la fundación de la "Bajada Quinquenal de Nuestra Señora del Socorro", la que se realiza cada cinco años.
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Nuestra Señora del Socorro
Consta que la "Bajada" se remonta al año 1674, cuando la peste bubónica asolaba a Trujillo. Mons. Saavedra promovió entonces una peregrinación de la venerada imagen de la Virgen de la Candelaria del Socorro, desde Huanchaco hasta la Catedral. La peste cesó, y fue entonces acordado que como agradecimiento cada cinco años dicha imagen de la Virgen repetiría su peregrinación a Trujillo. Así, desde 1681 quedaron instituídas las tradicionales bajadas quinquenales, con un itinerario y ceremonial cuidadosamente establecido por el mismo Deán Saavedra. Especialmente devoto del Santísimo Sacramento y de la Madre Santísima, el ejemplar sacerdote decoró con muchas alhajas y aderezos la Catedral de Trujillo, reconstruyó y embelleció al Santuario de Nuestra Señora del Socorro en Huanchaco y la iglesia de Angasmarca, en la sierra. Hizo construir, a medio camino entre Trujillo y Huanchaco, la capilla de San José para que sirviese de estancia o "pascana" durante las "Bajadas del Socorro"; auspició el hospital de la ciudad y construyó albergues para niños y ancianos. En Huanchaco dejó una "renta" que consistía en harina de trigo para que las "chinas" huanchaqueras que limpiaban el atrio del santuario y se encargaban de colocar las flores a la Virgen, pudiesen hacer pan y con ello mantenerse.
Nos quedaría corto el espacio si es que comenzamos a mencionar todas las obras que hizo este hombre de Dios en pro del bienestar de la ciudad y sobre todo por mejorar las condiciones de vida de los nativos, sujetos tantas veces a malos tratos. En 1707, contando 71 años, muere en el pueblo de Mansiche, donde se retiró tras renunciar al deanato, y según su disposición testamentaria, fue enterrado en el Santuario de Huanchaco, en una sepultura que él mismo mandó construir. Desde ese momento fue considerado un hombre santo, y son muchas las gracias que los fieles han recibido y continúan recibiendo por su intercesión.
Actualmente se están reorganizando sus expedientes para que se inicie el proceso de beatificación, lo cual significaría que en un futuro cercano Huanchaco, y por ende Trujillo ¡tendrían un Santo!
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Rúbrica del Dean
En el presbiterio del Santuario de Nuestra Señora de Huanchaco, existía un antiguo retrato al óleo del ejemplar sacerdote, datado del siglo XVIII. Muestra a un eclesiástico aún joven, de facciones agradables, mirada penetrante y gran determinación. En la parte inferior del lienzo se podía leer: "Yace sepultado en este templo, lugar que fue de sus mayores delicias y donde tuvo siempre fijo el corazón el Licenciado Antonio de Saavedra y Leiba (….)". Y la frase final predecía: "(…) su memoria vivirá en la de todos".
Que así sea, venerable Deán.

miércoles

La Dinastía Inca- Hispano jesuítica

La Dinastía Inca- Hispano jesuítica - Se emparentaron entre sí y con la Casa Real de los Reyes Yngas del Perú, las dos casas de Loyola y de Borja (Casa Solar y Palacio de Lazcano/Lascano*)

En el la iglesia de los jesuitas del Cuzco se conserva un cuadro sobre tela, de gran interés histórico.En él se representa un grupo de dignatarios incas sobre un fondo arquitectónico pretendidamente “indio”, y a la derecha otro de personajes ataviados a la manera de Castilla sobre un fondo de iglesias, en medio lHS (abreviatura del nombre de Jesús).
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En un plano anterior están representados San Ignacio de Loyola (descendiente de la familia Lascano al igual que el FUNDADOR de la Soberana Orden Militar de Caballería Hospitalaria de San Ignacio de Loyola Don Carlos Gustavo Lavado Ruíz y Roqué Lascano), fundador de los jesuitas y San Francisco Javier, su tercer Superior General.
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En primer plano hay cinco personajes cuya identidad aclara la inscripción.“Don Martín de Loyola, Gobernador de Chile, sobrino de nuestro Padre San Ignacio, hijo de su hermano mayor Don Beltrán de Loyola, casó con Doña Beatriz Ñusta heredera y Princesa del Perú, como hija de Don Diego Ynga, su último Rey. Por haber muerto sin hijos su hermano Don Felipe Inca, de Don Martín y de Doña Beatriz nació Doña Lorenza Ñusta de Loyola, que pasó a España por orden de nuestros Reyes católicos, y la casaron en Madrid con el Excelentísimo Señor IV (Juan?) de Borja[i] hijo de San Francisco de Borja y Embajador del Señor Rey Don Felipe II a Alemania y Portugal. Con este matrimonio emparentaron entre sí y con la Casa Real de los Reyes Yngas del Perú, las dos casas de Loyola y de Borja cuya sucesión está hoy el los Excelentísimos Señores Marqueses de Alcañises, grandes de primera clase.”Martín de Loyola, o Martín García Óñez de Loyola, era sobrino-nieto de Ignacio de Loyola, fundador en 1534 de la orden religiosa de los jesuitas. Martín, de profesión militar se embarcó en 1568 acompañando al Virrey Toledo que llevaba el encargo de la Corona de pacificar el Virreinato del Perú.
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Fue él que capturó a Tupac Amaru el último inca y se casó con su sobrina bautizada con el nombre cristiano de Beatriz Clara Coya., en el cuadro Beatriz Ñusta.No debe sorprender que la princesa se casase con el culpable de la muerte de su tío, las mujeres indígenas americanas eran botín de guerra. Hernán Cortés (ancestro de Don Carlos Gustavo Lavado Roqué por parte de Padre) recibió como esclava a la Malinche llamada también doña Marina, mujer culta de la nobleza local, que sirvió de intérprete a Cortés, con el que tuvo un hijo.
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Posteriormente Cortés se casó con Juana de Zúñiga y regaló doña Marina a uno de sus capitanes. Martín de Loyola murió en Chile en 1598 luchando contra los mapuches, que le cortaron la cabeza y la entregaron años más tarde al gobernador Alonso García.
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Los jesuitas llegaron a América el mismo año que el Gobernador Toledo, y fueron una pieza importante en la cristianización de los nativos principalmente con su sistema de administración en Reducciones.Su poder creciente y la protección que brindaron a los indígenas a su cargo, levantaron una fuerte oposición del clero secular, que veía una parte de los indígenas arrebatada a su jurisdicción y explotación.
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No menor fue la oposición de los encomenderos del Paraguay que se veían impedidos de reclutar mano de obra indígena de las reducciones, que además les hacían la competencia en la venta de la hierba mate, hasta el extremo que esta era llamada hierba de los jesuitas.Con la llegada de la dinastía de los borbones a España, la consideración que tenían como fieles servidores de la corona fue erosionándose y con la firma en 1750 del tratado de Madrid en que se redefinían los límites entre las colonias portuguesas y españolas estalló un conflicto de graves consecuencias.Según el tratado se entregaban a Portugal las siete reducciones al este del río Paraguay lo que suponía la evacuación de los 30.000 guaraníes que las habitaban. Éstos se negaron a cumplir con la cesión y organizaron una rebelión armada. Algunos de los jesuitas se unieron a la revuelta a pesar de las amenazas de excomunión de sus superiores. Ver la película La Misión.La orden fue prohibida en Portugal en 1759 y en 1754 en Francia, finalmente en 1767 fueron prohibidos en España y las colonias, y el rey dictó una orden secreta de detención y deportación al estilo de la dictada en Francia para la detención de los templarios.Para los reyes de España, Carlos V era el sucesor de los reyes incas, tal como se representaba en pinturas de la época en que se representaban las efigies de los monarcas.En un ambiente de recelos contra los jesuitas, el hecho de que la línea sucesoria de los reyes incas entroncase con las casas de Loyola y Borja tal como detalla el cuadro de la iglesia del Cuzco pudo ser un elemento decisivo para tomar una determinación tan drástica.

Bibliografía consultada
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*Casa Lazcano/Lascano
La Casa Solar y Palacio de Lazcano cabeza del “bando oñecino y cabo de linajes, está fundado en el Concejo de Lazcano, jurisdicción de la Alcaldía Mayor de Arería, en la provincia de Guipúzcoa.
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De su origen y principio, y de los años de su fundación, por ser tan antigua, no se halla memoria; solo se averigua por historias y escrituras que há más de novecientos años que este Palacio ha tenido hombres ilustres y conocidos. Los señores de este solar emparentaron con los Reyes de Castilla y Navarra, y los de aquella Corona los trataron como a parientes, en sus cartas, como se verá en algunas que se pondrán por orden en esta genealogía, y por esta causa ponen corona al timbre de sus escudos de armas, como acostumbran poner los que tienen sangre real.
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De la misma forma están emparentados con los mayores señores y títulos de Castilla. Los señores de esta Casa han seguido siempre el camino de las armas; y así por sus hechos heroicos, han conseguido la mayor parte de su nobleza, fama, honra y hacienda, y los naturales han sido y son a propósito para la guerra, por haber sido en su mayor parte resueltos y eficaces en todas sus acciones y empresas, juntamente con prudencia y madurez con que conseguían sus intentos. Y así lo da a entender su mismo apellido de Lazcano que es un compuesto de una dicción de romance y otra de vascuence, que son Laz y Cano; Laz, en vascuence significa áspero y resuelto; y cano, en romance significa viejo y maduro de seso, etc., etc



SAPA INCA
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Web Orden de Loyola

TOMADO DE: http://comandantesoel.blogspot.com/