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sábado

El triunfo de la Santa Misa Tradicional (y del Inmaculado Corazón de María)

“Al fin, Mí Corazón Inmaculado triunfará...Cuando todo parezca estar perdido y el mal parezca estar triunfante, entonces vendrá Mi tiempo”. 
(Mensaje de la Virgen de Fátima)
"No tiréis los misales, volverán"
(san José María Escrivá)

Finalmente ayer, 13 de mayo del 2011, se  publicó la Instrucción de la Santa Sede (Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”) para la aplicación del motu proprio Summorum Pontificum  para el uso de la Santa Misa Tradicional en latín. Algunos han apuntado la coincidencia de la fecha con la profecía de Fatima con respecto de que al final  de un periodo de tinieblas en la Iglesia (¿acaso los últimos 40 años post conciliares?) volvería triunfante a reinar Su Inmaculado Corazón.

INSTRUCCIÓN

sobre la aplicación de la carta apostólica

motu proprio data Summorum Pontificum

de Su Santidad Benedicto XVI


I. Introducción1. La carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» del Sumo Pontífice Benedicto XVI, del 7 de julio de 2007, que entró en vigor el 14 de septiembre de 2007, ha hecho más accesible a la Iglesia universal la riqueza de la Liturgia romana.
2. Con tal motu proprio el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha promulgado una ley universal para la Iglesia, con la intención de dar una nueva reglamentación para el uso de la Liturgia romana vigente en 1962.
3. El Santo Padre, después de haber recordado la solicitud que los Sumos Pontífices han demostrado en el cuidado de la Sagrada Liturgia y la aprobación de los libros litúrgicos, reafirma el principio tradicional, reconocido desde tiempo inmemorial, y que se ha de conservar en el porvenir, según el cual «cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no solo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe»1.
4. El Santo Padre ha hecho memoria, además, de los Romanos Pontífices que, de modo particular, se han comprometido en esta tarea, especialmente de san Gregorio Magno y san Pío v. El Papa subraya asimismo que, entre los sagrados libros litúrgicos, el Missale Romanum ha tenido un relieve histórico particular, y a lo largo de los años ha sido objeto de distintas actualizaciones hasta el pontificado del beato Juan XXIII. Con la reforma litúrgica que siguió al concilio Vaticano II, en 1970 el Papa Pablo VI aprobó un nuevo Misal para la Iglesia de rito latino, traducido posteriormente en distintas lenguas. En el año 2000 el Papa Juan Pablo II promulgó la tercera edición del mismo.
5. Muchos fieles, formados en el espíritu de las formas litúrgicas anteriores al concilio Vaticano II, han expresado el vivo deseo de conservar la tradición antigua. Por este motivo, el Papa Juan Pablo II, con el indulto especial Quattuor abhinc annos, emanado en 1984 por la Sagrada Congregación para el culto divino, concedió, bajo determinadas condiciones, la facultad de volver a usar el Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII. Además, Juan Pablo II, con el motu proprio Ecclesia Dei, de 1988, exhortó a los obispos a que fueran generosos en conceder dicha facultad a todos los fieles que la pidieran. El Papa Benedicto XVI ha seguido la misma línea a través del motu proprio Summorum Pontificum, en el cual se indican algunos criterios esenciales para el usus antiquior del Rito Romano, que conviene recordar aquí.
6. Los textos del Misal Romano del Papa Pablo VI y del Misal que se remonta a la última edición del Papa Juan XXIII, son dos formas de la Liturgia romana, definidas respectivamente ordinaria y extraordinaria: son dos usos del único Rito romano, que se colocan uno al lado del otro. Ambas formas son expresión de la misma lex orandi de la Iglesia. Por su uso venerable y antiguo, la forma extraordinaria debe conservarse con el honor debido.
7. El motu proprio Summorum Pontificum está acompañado por una carta del Santo Padre a los obispos, que lleva la misma fecha del motu proprio (7 de julio de 2007). Con ella se ofrecen ulteriores aclaraciones sobre la oportunidad y necesidad del mismo motu proprio; es decir, se trataba de colmar una laguna, dando una nueva normativa para el uso de la Liturgia romana vigente en 1962. Tal normativa se hacía especialmente necesaria por el hecho de que, en el momento de la introducción del nuevo Misal, no pareció necesario emanar disposiciones que reglamentaran el uso de la Liturgia vigente desde 1962. Debido al aumento de los que piden poder usar la forma extraordinaria, se ha hecho necesario dar algunas normas al respecto.
Entre otras cosas el Papa Benedicto XVI afirma: «No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial»2.
8. El motu proprio Summorum Pontificum constituye una relevante expresión del magisterio del Romano Pontífice y del munus que le es propio, es decir, regular y ordenar la Sagrada Liturgia de la Iglesia3, y manifiesta su preocupación como Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal4. El documento tiene como objetivo:
a) ofrecer a todos los fieles la Liturgia romana en el usus antiquior, considerada como un tesoro precioso que hay que conservar;
b) garantizar y asegurar realmente el uso de la forma extraordinaria a quienes lo pidan, considerando que el uso la Liturgia romana que entró en vigor en 1962 es una facultad concedida para el bien de los fieles y, por lo tanto, debe interpretarse en sentido favorable a los fieles, que son sus principales destinatarios;
c) favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia.

II. Tareas de la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei»
9. El Sumo Pontífice ha conferido a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia, especialmente para supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones del motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12).
10. § 1. La Pontificia Comisión ejerce tal potestad a través de las facultades precedentemente concedidas por el Papa Juan Pablo II y confirmadas por el Papa Benedicto XVI (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 11-12), y también a través del poder de decidir sobre los recursos que legítimamente se le presenten, como superior jerárquico, contra una eventual medida administrativa del Ordinario que parezca contraria al motu proprio.
2. Los decretos con los que la Pontificia Comisión decide sobre los recursos podrán ser impugnados ad normam iuris ante el Tribunal supremo de la Signatura apostólica.
11. Compete a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, previa aprobación de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, la tarea de ocuparse de la eventual edición de los textos litúrgicos relacionados con la forma extraordinaria del Rito romano.

III. Normas específicas
12. Esta Pontificia Comisión, en virtud de la autoridad que le ha sido atribuida y de las facultades de las que goza, después de la consulta realizada entre los obispos de todo el mundo, para garantizar la correcta interpretación y la recta aplicación del motu proprio «Summorum Pontificum», emana la siguiente Instrucción, a tenor del can. 34 del Código de derecho canónico.
La competencia de los obispos diocesanos
13. Los obispos diocesanos, según el Código de derecho canónico, deben vigilar en materia litúrgica en atención al bien común y para que todo se desarrolle dignamente, en paz y serenidad en sus diócesis5, de acuerdo siempre con la mens del Romano Pontífice, claramente expresada en el motu proprio Summorum Pontificum6. En caso de controversias o dudas fundadas acerca de la celebración en la forma extraordinaria, decidirá la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.
14. Es tarea del obispo diocesano adoptar las medidas necesarias para garantizar el respeto de la forma extraordinaria del Rito Romano, a tenor del motu proprio Summorum Pontificum.
El «coetus fidelium» (cf. motu proprio «Summorum Pontificum», art. 5 § 1)
15. Un coetus fidelium se puede definir stabiliter existens, a tenor el art. 5 § 1 del motu proprio Summorum Pontificum, cuando esté constituido por algunas personas de una determinada parroquia que, incluso después de la publicación del motu proprio, se hayan unido a causa de la veneración por la Liturgia según el usus antiquior, las cuales solicitan que esta se celebre en la iglesia parroquial o en un oratorio o capilla; tal coetus puede estar también compuesto por personas que provengan de diferentes parroquias o diócesis y que, para tal fin, se reúnan en una determinada parroquia o en un oratorio o capilla.
16. En caso de que un sacerdote se presente ocasionalmente con algunas personas en una iglesia parroquial o en un oratorio, con la intención de celebrar según la forma extraordinaria, como está previsto en los art. 2 y 4 del motu proprio Summorum Pontificum, el párroco o el rector de una iglesia o el sacerdote responsable admitan tal celebración, respetando las exigencias de horarios de las celebraciones litúrgicas de la misma iglesia.
17. § 1. Con el fin de decidir en cada caso, el párroco, el rector o el sacerdote responsable de una iglesia se comportará según su prudencia, dejándose guiar por el celo pastoral y un espíritu de generosa hospitalidad.
§ 2. En los casos de grupos numéricamente menos consistentes, habrá que dirigirse al Ordinario del lugar para encontrar una iglesia en la que dichos fieles puedan reunirse para asistir a tales celebraciones y garantizar así una participación más fácil y una celebración más digna de la santa misa.
18. También en los santuarios y lugares de peregrinación se ofrezca la posibilidad de celebrar en la forma extraordinaria a los grupos de peregrinos que lo requieran (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 5 § 3), si hay un sacerdote idóneo.
19. Los fieles que piden la celebración en la forma extraordinaria no deben sostener o pertenecer de ninguna manera a grupos que se manifiesten contrarios a la validez o legitimidad de la santa misa o de los sacramentos celebrados en la forma ordinaria o al Romano Pontífice como Pastor supremo de la Iglesia universal.


El «sacerdos idoneus» (cf. motu proprio «Summorum Pontificum», art. 5 § 4)20. Sobre los requisitos necesarios para que un sacerdote sea considerado idóneo para celebrar en la forma extraordinaria, se establece cuanto sigue:
a) cualquier sacerdote que no esté impedido a tenor del Derecho Canónico se considera sacerdote idóneo para celebrar la santa misa en la forma extraordinaria7;
b) en relación al uso de la lengua latina, es necesario un conocimiento suficiente que permita pronunciar correctamente las palabras y entender su significado;
c) en lo que respecta al conocimiento del desarrollo del rito, se presumen idóneos los sacerdotes que se presenten espontáneamente para celebrar en la forma extraordinaria y la hayan usado anteriormente.
21. Se exhorta a los Ordinarios a que ofrezcan al clero la posibilidad de adquirir una preparación adecuada para las celebraciones en la forma extraordinaria. Esto vale también para los seminarios, donde se deberá proveer a que los futuros sacerdotes tengan una formación conveniente en el estudio del latín8 y, según las exigencias pastorales, ofrecer la oportunidad de aprender la forma extraordinaria del rito.
22. En las diócesis donde no haya sacerdotes idóneos, los obispos diocesanos pueden solicitar la colaboración de los sacerdotes de los institutos erigidos por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei o de quienes conozcan la forma extraordinaria del rito, tanto para su celebración como para su eventual aprendizaje.
23. La facultad para celebrar la misa sine populo (o con la participación del solo ministro) en la forma extraordinaria del Rito Romano es concedida por el motu proprio a todos los sacerdotes diocesanos y religiosos (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 2). Por lo tanto, en tales celebraciones, los sacerdotes, en conformidad con el motu proprio Summorum Pontificum, no necesitan ningún permiso especial de sus Ordinarios o superiores.


La disciplina litúrgica y eclesiástica24. Los libros litúrgicos de la forma extraordinaria han de usarse tal como son. Todos aquellos que deseen celebrar según la forma extraordinaria del Rito Romano deben conocer las correspondientes rúbricas y están obligados a observarlas correctamente en las celebraciones.
25. En el Misal de 1962 se podrán y deberán insertar nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios9, según la normativa que se indicará más adelante.
26. Como prevé el art. 6 del motu proprio Summorum Pontificum, se precisa que las lecturas de la santa misa del Misal de 1962 pueden ser proclamadas exclusivamente en lengua latina, o bien en lengua latina seguida de la traducción en lengua vernácula o, en las misas leídas, también sólo en lengua vernácula.
27. Con respecto a las normas disciplinarias relativas a la celebración, se aplica la disciplina eclesiástica contenida en el Código de derecho canónico de 1983.
28. Además, en virtud de su carácter de ley especial, dentro de su ámbito propio, el motu proprio Summorum Pontificum deroga aquellas medidas legislativas inherentes a los ritos sagrados, promulgadas a partir de 1962, que sean incompatibles con las rúbricas de los libros litúrgicos vigentes en 1962.

Confirmación y Orden sagrado29. La concesión de utilizar la antigua fórmula para el rito de la Confirmación fue confirmada por el motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 9 § 2). Por lo tanto, no es necesario utilizar para la forma extraordinaria la fórmula renovada del Ritual de la Confirmación promulgado por el Papa Pablo VI.
30. Con respecto a la tonsura, órdenes menores y subdiaconado, el motu proprio Summorum Pontificum no introduce ningún cambio en la disciplina del Código de derecho canónico de 1983; por lo tanto, en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el profeso con votos perpetuos en un instituto religioso o incorporado definitivamente a una sociedad clerical de vida apostólica, al recibir el diaconado queda incardinado como clérigo en ese instituto o sociedad (cf. can. 266 § 2 del Código de derecho canónico).
31. Sólo en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y en aquellos donde se mantiene el uso de los libros litúrgicos de la forma extraordinaria se permite el uso del Pontificale Romanum de 1962 para conferir las órdenes menores y mayores.

Breviarium Romanum32. Se concede a los clérigos la facultad de usar el Breviarium Romanum en vigor en 1962, según el art. 9 § 3 del motu proprio Summorum Pontificum. El mismo se recita integralmente en lengua latina.

El Triduo pascual33. El coetus fidelium que sigue la tradición litúrgica anterior, si hubiese un sacerdote idóneo, puede celebrar también el Triduo pascual en la forma extraordinaria. Donde no haya una iglesia u oratorio previstos exclusivamente para estas celebraciones, el párroco o el Ordinario, de acuerdo con el sacerdote idóneo, dispongan para ellas las modalidades más favorables, sin excluir la posibilidad de una repetición de las celebraciones del Triduo pascual en la misma iglesia.

Los Ritos de las Órdenes religiosas34. Se permite el uso de los libros litúrgicos propios de las Órdenes religiosas vigente en 1962.
Pontificale Romanum y Rituale Romanum
35. Se permite el uso del Pontificale Romanum y del Rituale Romanum, así como del Caeremoniale Episcoporum vigente en 1962, a tenor del n. 28 de esta Instrucción, quedando en vigor lo dispuesto en el n. 31 de la misma.

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia del día 8 de abril de 2011, concedida al suscrito cardenal presidente de la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei», ha aprobado la presente Instrucción y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei,

el 30 de abril de 2011,

memoria de san Pío V.

William Cardenal LevadaPresidente
Monseñor Guido PozzoSecretario

1 Benedicto XVI, Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum», I, en AAS 99 (2007) 777; cf. Instrucción general del Misal Romano, tercera edición, 2002, n. 397.
2 Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 798.
3 Cf.
Código de derecho canónico, can. 838 § 1 y § 2.
4 Cf.
Código de derecho canónico, can 331.
5 Cf.
Código de derecho canónico, cann. 223 § 2; 838 § 1 y § 4.
6 Cf. Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «
Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 799.
7 Cf.
Código de derecho canónico, can. 900 § 2.
8 Cf.
Código de derecho canónico, can. 249; cf. concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctum Concilium, n. 36; declaración Optatam totius, n. 13.
9 Cf. Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «
Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 797.

miércoles

Madre Teresa de Calcuta y la comunión en la mano

"Su preferencia por recibir la Sagrada Comunión en la lengua... testimoniaba su fe en la Eucaristía.”


Muchos conocen cual era la opinión de la Beata Madre Teresa frente a la comunión en la mano.Ella decía: “...el peor mal de nuestro tiempo es la Comunión en la mano.” (The Wanderer, 23 de marzo de 1982)

Muchos podrían haber pensado que ... para ella el peor mal, podría ser otra cosa, pero no, consideraba que lo peor en este mundo era recibir a Cristo en la mano.
Leyendo en estos días el libro “Ven, sé mi luz” sobre las cartas de la Beata de Calcuta, encontré el testimonio de una religiosa sobre la devoción que tenia Madre Teresa a la Eucaristía.
En el cap.10 dice lo siguiente:

Una hermana que entró en los primeros años a la Congregación, testigo diario de las acciones de Madre Teresa, testificó sobre esta gran fe en la Eucaristía:
“Madre recibía la Sagrada Comunión diariamente con una devoción tremenda. Cuando algunos días se celebraba una segunda Misa en la casa Madre, trataba siempre de asistir, aunque estuviese muy ocupada. En semejantes ocasione la oía decía “que hermoso haber recibidos dos veces a Jesús hoy “. La profundísima reverencia de la Madre hacia el Santísimo Sacramento era un signo de su profunda fe en la Presencia Real de Jesús bajo la apariencia de pan y vino. Su actitud de adoración, gestos tales como las genuflexiones, incluso con las ambas rodillas en la presencia del Santísimo Sacramento expuesto, y esto hasta bien entrada en años, su manera de arrodillarse y juntar las mano, su preferencia por recibir la Sagrada Comunión en la lengua, todo ellos testimoniaba su fe en la Eucaristía.”

(Tomado de: Ven, sé mi luz. Ed. Planeta)


+Este testimonio, confirmaría las palabras anterior de la Madre Teresa, sobre el peor mal que hay en el mundo.

Son los santos de ayer y los de hoy que nos muestran como debemos acercarnos a recibir a Nuestro Señor, debemos acercarnos con un corazón humilde y recibirlo en la lengua No en las manos. El testimonio de esta religiosa, recalca, que Madre Teresa al comulgar en la boca expresaba su fe en la Presencia Real.

Entonces esto nos confirma, qué al recibir la comunión en la boca por manos de sacerdotes, estamos dando fe a que Cristo, el mismo Dios esta presente en la Eucaristía y por eso no debemos tocarlo con nuestras manos que no están consagradas para tocar al mismo Dios.
De más esta decir qué no baste solamente los gestos externos, sino creer realmente en la Presencia Real y tener las disposiciones para acercarse a comulgar, aquéllas que manda nuestra Madre la Iglesia.
La Santa de Calcuta, aquélla que conoció los dolores de los mas pobres, qué compartió sus miserias, consideró que el peor mal que azota en nuestro tiempos es recibir a Jesús en la mano.

jueves

Mis deseos junto a Jesús escondido en su prisión de amor

Por: Santa Teresita de Lisieux

 1 Llavecita, yo te envidio,
porque puedes cada día
abrir y cerrar la puerta
de la cárcel donde mora
el Dios hecho Eucaristía.
Mas ¡oh dichoso milagro!,
por la virtud de mi fe
y de mi amor también puedo
el tabernáculo abrir
y en él esconderme yo
cerca de mi amado Rey.
2 Quisiera en el santuario
junto a mi Dios consumirme,
y, como tú, lamparilla,
brillar siempre en el misterio.
¡Oh qué dicha!, yo también
unas llamas tengo en mí,
y con ellas ganar puedo
para Jesús muchas almas
y abrasarlas en su amor...
3 En cada aurora te envidio,
piedra santa del altar.
Como un día en el establo,
veo en ti nacer a Dios.
Atiende mi humilde ruego,
ven a mi alma, mi Señor.
Lejos de hallar piedra fría,
en ella hallarás el eco
de tu propio corazón.
4 Corporales, rodeados
de ángeles, también yo
envidia os tengo a vosotros.
Como los limpios pañales,
envolvéis a mi Jesús,
mi único y solo tesoro.
Mi corazón cambia, ¡oh Virgen!,
en corporal puro y bello,
para poder recibir
la hostia blanca do se esconde
tu amado y dulce Cordero.
5 Patena santa, te envidio.
En ti viene a reposar
Jesús, el Verbo hecho carne.
¡Que su infinita grandeza
se digne abajarse a mí...!
Jesús colma mi esperanza
sin esperar a que llegue
la tarde de mi destierro.
¡Viene a mí! Con su presencia
me hace su custodia viva...
6 Yo quisiera ser el cáliz
en el que adoro la sangre
de mi Dios y Salvador.
Mas puedo en la santa Misa
recogerla cada día.
A Jesús le gusta mi alma
más que los vasos de oro.
El altar es un Calvario
donde por mí y para mí
se derrama gota a gota
toda su sangre divina.
7 ¡Oh Jesús, viña sagrada!,
lo sabes, mi Rey divino:
soy un racimo dorado
que han de arrancar para ti.
Exprimida en el lagar
del oscuro sufrimiento,
yo te probaré mi amor.
Mi único gozo será
inmolarme cada día.
8 ¡Oh qué suerte para mí!
Fui contada entre los granos
de maduro y puro trigo
destinados a perder
por Jesús su ser y vida.
¡Oh exquisito arrobamiento!
Tu esposa querida soy,
ven, mi Amado, vive en mí.
¡Ven, tu belleza me encanta,
ven a transformarme en ti!

domingo

Endebles argumentos que justificaron la imposición de la nueva misa

La pretensión de que el laicado había exigido la «renovación» de la Misa —que es lo que se había predicado a todos cuando los cambios litúrgicos estaban teniendo lugar durante los años 60— nunca se ha probado. Sin embargo después, los revolucionarios siempre intentan promulgar sus esquemas dictatoriales «en nombre del pueblo». Entonces ¿por qué todos los cambios? Y éstos, no sólo en el rito de la propia Misa, sino también en todo lo que sustentaba ese rito —los altares convertidos en mesas, los sagrarios cambiados de sitio, el sacerdote mirando a la congregación, la barandilla del presbiterio quitada, la mesa puesta en un más nivel bajo, la eliminación de los seis candelabros de la Misa Mayor, la colocación de la mesa más cerca del pueblo e incluso en medio de él, la eliminación virtual de servidores, etc.— la lista aumenta sin parar.
Según las declaraciones de Pablo VI, los cambios se hicieron:
1) para acercar la liturgia de la Iglesia a la mentalidad moderna;
2) en obediencia al mandato del Vaticano II;
3) para tomar conocimiento del progreso en los estudios litúrgicos;
4) para volver a la práctica primitiva; y
5) por razones «pastorales».
Permítanos, a su vez, considerar cada uno de estos puntos.
La primera razón no es sino una manera de expresar el principio de Aggiornamento —de acercamiento al mundo moderno, su antropocentrismo (hombrecentrismo) y su pensamiento utópico, sus ideas falsas de progreso y evolución como aplicadas a la verdad misma, en el seno de la Iglesia. Como Pablo VI dijo, «Si el mundo cambia, “¿no debería cambiar también la religión?” es por esta misma razón que la Iglesia tiene, especialmente después del Concilio [Vaticano II], tantas reformas emprendida» (Audiencia general, el 2 de julio de 1969). Se ha olvidado el principio de que el mundo debe tomar como modelo a la Iglesia, y no al revés. ¿Debe el padre del hijo pródigo unirse a su hijo en la dilapidación de los tesoros de la familia, y no debe el hijo volver al seno de su padre y al uso racional de su patrimonio?
La segunda razón: La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II recomienda que el rito de la Misa se revise «de acuerdo con la sana tradición». También dice que la liturgia está hecha de «elementos invariables instituidos divinamente, y de elementos sujetos al cambio». Ciertamente los «elementos invariables» se refieren al Canon venerable, y sobre todo a la forma (las palabras de Consagración) y la substancia del Sacramento mismo. De hecho, semejante opinión se refuerza si uno lee el Diario del Concilio que declara que los Padres insistieron en que el Canon de la Misa especialmente debe permanecer intacto (5 de Noviembre de 1962).
No obstante, si se compara el Novus Ordo Missae con el Rito Tradicional, pronto se encuentra que pocos de los artículos, si es que hubo alguno, fueron considerados verdaderamente invariables. Además, el original latino del Nuevo Misal de Pablo VI está cargado con «opciones»,(1) y cualquier reflexión de la doctrina católica encontrada dentro de él fue pronto borrada por las traducciones en lengua vernácula — traducciones sancionadas por las directrices oficiales de Roma. Cierto, palabras tales como «Aleluya» no se pusieron en lengua vernácula, y ciertas oraciones como el «Padrenuestro» quedaban intactas. Pero éstas eran, en todo caso, siempre aceptables para los protestantes. Sin embargo una cosa está clara: a pesar de las muchas «bombas de relojería» (como Michael Davies las llama) en la Constitución sobre la Liturgia, ninguno de los Padres en el Vaticano II —excepto los que estaban «en el ajo» — previó los cambios radicales en la Misa que seguirían como un «mandato» de este Concilio.(2)
Con respecto a la tercera razón para los cambios litúrgicos, es decir, «el progreso en los estudios litúrgicos», uno presume que Pablo VI estaba refiriéndose a las voluminosas producciones modernistas que llenan las publicaciones litúrgicas del periodo inmediato pre y posconciliar. Sin embargo, dar el nombre de «progreso» a estas producciones pseudoeruditas —todas persiguieron fomentar la revolución litúrgica— es simplemente un abuso del idioma. También lo es olvidarse de la tremenda erudición legítima que precedió la codificación de la Misa por el Papa S. Pío V en 1570.
Con respecto a la cuarta razón, es decir, «un retorno a la práctica primitiva», es difícil entender por qué precisamente aquéllos que adaptarían nuestra fe al mundo moderno nos harían al mismo tiempo volver a la práctica primitiva. Semejante esfuerzo, como quemar una vela por ambos extremos, pronto deja muy poco del original en el medio. Además de esto, el único documento antiguo con alguna importancia real que ha salido a la luz desde el tiempo del Papa San Pío V es la Tradición Apostólica de Hipólito, y de ella tenemos sólo una versión parcial y reconstruida del documento original.(3) Además, Hipólito era un cismático y un antipapa cuando lo escribió —y a pesar de esto, como veremos más abajo, fue drásticamente reescrito por los liturgistas posconciliares para ponerlo de acuerdo con las teologías protestante y modernista. Tal es el caso que el Padre John Barry Ryan llama al resultado una completa «nueva creación».(4) La otra oración antigua incorporada en el Novus Ordo Missae es lo que el Padre Jungmann llama una «reconstrucción probablemente las mismas palabras usadas en la bendición del pan y del vino en una comida judía en tiempos de Cristo».(5) Efectivamente, esto es cierto. Cualquiera que haya asistido a un banquete judío está familiarizado con la frase «Bendito seas Tú, Oh Señor, Dios de toda la creación» Son las gracias judías dichas por el Rabino antes de las comidas mientras parte el pan.
La última razón de Pablo VI para los cambios litúrgicos era «pastoral». Hasta donde yo puedo determinar, ni él ni el Concilio definieron nunca este término. En el «doble lenguaje» de la Iglesia posconciliar, nosotros bien podemos preguntar, exactamente ¿qué significa «pastoral»? La respuesta puede encontrarse en la «Carta a los presidentes de los concilios nacionales de obispos concerniente a las plegarias eucarísticas », enviada por la Sagrada Congregación para el Culto Divino:
La razón por la cual se ha ofrecido semejante variedad de textos (refiriéndose al número de Plegarias Eucarísticas en la Nueva Misa), y el resultado final que se ha pretendido lograr con tales formularios nuevos, son de naturaleza pastoral: a saber, reflejar la unidad y la diversidad de la plegaria litúrgica.
Al usar los diversos textos contenidos en el nuevo Misal romano, las diferentes comunidades cristianas, cuando se reúnen para celebrar la Eucaristía, son capaces de sentir que ellas mismas forman la Iglesia una que ora con la misma fe, que usa la misma plegaria.
En otras palabras, nosotros podemos concluir que el «intento pastoral» era y es crear un servicio que cualquier persona cristiana pueda usar —para fomentar ese ecumenismo y «unidad» que la Iglesia posconciliar cree y enseña es su «misión interna».
Aceptable a los protestantes
Ahora, el problema real para los innovadores no era si el Nuevo Orden de la Misa mantenía lo bastante de su carácter católico como para ser aceptable al creyente católico, sino si era suficientemente «ecuménica» como para satisfacer a los protestantes de convicciones liberales y conservadoras. Aquí la respuesta era un clamoroso «¡Sí!». Permítasenos escuchar al Consistorio Superior de la Iglesia de la Confesión de Augsburg de Alsacia y Lorena, una importante autoridad luterana. El 8 de diciembre de 1973, ellos reconocieron públicamente su voluntad de tomar parte en la «celebración eucarística católica» porque ello les permitía «usar estas nuevas plegarias eucarísticas con las cuales se sentían en casa». ¿Y por qué se sentían en casa con ellas?
Porque ellas tenían «la ventaja de dar una interpretación diferente a la teología del sacrificio» que ellos estaban acostumbrados a atribuir al catolicismo. Los luteranos, los anglicanos y una amplia variedad de otras sectas no sólo encuentran la Nueva Misa aceptable, muchos de ellos han cambiado de hecho sus propios ritos para ponerlos de acuerdo con ella. Para entender por qué, permítasenos volver a un teólogo protestante francés:
Si se tiene en cuenta la evolución decisiva en la liturgia eucarística de la Iglesia católica, la opción de sustituir por otras plegarias Eucarísticas el Canon de la Misa, la supresión de la idea de que la Misa es un sacrificio y la posibilidad de recibir la comunión bajo ambas especies, entonces no hay más justificación para las Iglesias Reformadas que les prohíben a sus miembros que asistan a la Eucaristía en una iglesia católica.(6)
Ahora hay algo un poco sorprendente en todo esto. Permítasenos recordar que los anglicanos (llamados episcopalianos en América) oficialmente consideran la enseñanza católica en la Misa como una «fábula blasfema»(7), y que los luteranos creen que la Misa no es ni un sacrificio ni el acto de un sacerdote sacrificador. Lutero, de hecho, llamó al Canon «una confluencia de albañales de aguas fangosas» peor que «todos los burdeles, asesinatos, robos, crímenes y adulterios». Aun más sin rodeos, Lutero dijo de su propia «nueva misa»: «Llamadla bendición, eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, el memorial del Señor o cualquier nombre que queráis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o de un acto».(8)
El Estudio Crítico del Novus Ordo Missae de los teólogos romanos, mencionado antes, también explica precisamente por qué el Novus Ordo Missae es tan aceptable a aquellos que rechazan toda creencia en un Sacrificio inmolativo:
La posición del sacerdote y el pueblo está alterada, y el celebrante aparece como nada más que un ministro protestante. Por una serie de equívocos el énfasis se pone obsesivamente en la «cena» y el «memorial», en lugar de en la renovación del incruento Sacrificio de Calvario. Nunca se alude a la Presencia Real de Cristo y la creencia en ella se repudia implícitamente. Tiene todas las posibilidades de satisfacer al más modernista de los protestantes. Veremos si esta declaración está justificada cuando llevemos nuestra investigación del propio rito.

Por: Rama P. Coomaraswamy
(1) Éstas «opciones» encerraban a menudo ideas tradicionales. Éste era un método hábil para permitirles afirmar a los apologistas posconciliares que el Nuevo Rito todavía era ortodoxo, aunque al mismo tiempo garantizaba virtualmente que nadie utilizaría estas «opciones» en la liturgia cotidiana.
(2) Por ejemplo, el Arzobispo R. J. Dwyer de Portland, Oregón, dijo: «¿Quién soñó en ese día [cuando los Padres del Concilio votaron la Constitución sobre la Liturgia ] que en unos años, menos de una década, el pasado latino de la Iglesia sería casi expurgado, y que se reduciría a una memoria que se marchita a medio plazo? El pensamiento de ello nos habría horrorizado, pero parecía más allá del reino de lo posible por lo ridículo. Así que, entonces, nos reímos».
(3) Para detalles sobre esto, ver el artículo del mismo autor, Rama P. Coomaraswamy, «The Post-Conciliar Rite of Holy Orders», Studies in Comparative Religion, v. 16, nos. 2 y 3. Disponible por la Sociedad de S. Pío V, 8 Pond Place, Oyster Bay Cove, N.Y. 11771.
(4) P. John Barry Ryan, The Eucharistic Prayer (Nueva York: Paulist Press, 1974), pág. 26.
(5) P. Joseph Jungmann, S.J., The Mass (Collegeville, MN,: Liturgical Press, 1975), pág. 190. El P. Jungmann era un miembro del revolucionario Concilium litúrgico y aprobó totalmente los cambios hechos en la Misa.
(6) Le Monde, Sept., 1970.
(7) Cf. página 7, nota a pie de página 13. Artículo XXXI de los Treinta y nueve Artículos.
(8) Estas frases serán muy familiares a los católicos posconciliares. Es pertinente que Lutero nos diga que fue Satanás quien lo convenció de que la Misa no era un verdadero Sacrificio, y que venerando el pan, él era culpable de idolatría. Satanás se le apareció y le dijo: «Escúchame, doctor sabio, durante quince años has sido un horrible idólatra. ¿Y si el cuerpo y sangre de Jesucristo no están allí presentes, y que adoraste e hiciste adorar a otros pan y vino? Y si tu ordenación y consagración fueran tan inválidas como es falso ese sacerdote del turco y del samaritano, y su culto impío ¡Qué sacerdocio es ese! Yo mantengo, entonces, que tú no has consagrado en la Misa y que has ofrecido y has hecho a otros adorar simple pan y vino... Entonces, si no eres capaz de consagrar y no has de intentarlo, ¿qué haces mientras dices misa y consagras, sino blasfemar y tentar a Dios?» Lutero reconoció al final de esta disertación que él fue incapaz de contestar a los argumentos de Satanás, y dejó de decir la Misa inmediatamente. Los detalles están disponibles en la Vida de Lutero de Audin, y se cita por el P. MichaelMüller, C.SS.R., God the Teacher of Mankind—The Holy sacrifice of the Mass (St. Louis: B. Herder, 1885), pág. 482.

jueves

Ominosas Supresiones en la Nueva Misa con respecto a la Tradicional

Los innovadores conciliares emplearon dos técnicas para depurar la Misa de Siempre (la Tridentina) de doctrinas auténtica e históricamente católicas —la omisión y la castración entre el 60 y el 80 por ciento de la Misa tradicional se suprimió. Yo le pido al lector que compare el Nuevo Orden de la Misa con el Rito Tradicional, como se encuentra en cualquier misal antiguo publicado durante los últimos 500 años —es decir, antes de 1960. (Los misales antiguos normalmente están en latín por un lado y en lengua moderna por el otro.) El número de oraciones desaparecidas es asombroso.
Están perdidas todas las oraciones dichas al pie del altar (nótese, la Misa Tradicional no se decía sobre una «mesa»), incluyendo el Salmo 42 y el Aufer a nobis . El aspecto personal de la confesión reflejado en la oración Confiteor es reemplazado por un truncado «Rito Penitencial» que hace hincapié en los pecados contra «nuestros hermanos y hermanas». La oración para la absolución (Indulgentiam) se omite.
En el Ofertorio, el Suscipe Santcte Pater, el Deus qui Humanae, el Offerimus tibi, el Veni Santificator, el Lavabo (Salmo 25), y el Suscipe Sancta han desaparecido todos. Nótese cuántos conceptos doctrinales fueron proclamados claramente en estas oraciones, que parecen encontrar inaceptables los innovadores litúrgicos. Sólo el In Spiritu Humilitatis y el Orate Fratres se han mantenido, y esto, como veremos, por razones específicas. En el Canon, si el «presidente»(1) prefiere no usar «la Plegaria Eucarística Nº 1» (que está falsamente etiquetada de Canon romano antiguo, y que, siendo la Oración Eucarística más larga, de hecho se usa raramente), se han anulado las siguientes seis oraciones antes de la muy cuestionable Consagración:
Te Igitur, Memento Domine, Communicantes, Hanc Igitur, Quam Oblationem y Qui Pridie.
Después de la Consagración se suprimen las siete plegarias siguientes, el Unde et Memores, Supra quae Propitio, Supplices Te Rogamus, Memento Etiam, Nobis quoque Peccatoribus, el Per Quem haec Omnia y el Per Ipsum. Por si esto no fuera suficiente, también han sido suprimidas las siguientes plegarias usadas a continuación del «Padrenuestro»: a saber, el Panem Coelestem, Quid Retribuam, el segundo Confiteor, el Misereatur y el Indulgentiam. También se ha eliminado el triple Domine Non sum Dignus, el Corpus Tuum, el Placeat Tibi y el último Evangelio.
De nuevo, se deben considerar los innumerables conceptos doctrinales que se han echado en el olvido por estos cambios —y por encima de todo, cualquier referencia a la Misa como siendo un sacrificio immolativo y la necesidad de un verdadero sacerdote sacrificador para ofrecerla. Y esto sin mencionar las genuflexiones, las Señales de la Cruz, las bendiciones, las reverencias al Sagrario, los besos al altar y otras acciones del sacerdote que también se han cancelado. Demasiado para la primera técnica de supresión, a saber, la omisión positiva.
Un ejemplo excelente de la segunda técnica de supresión —es decir, el uso de la castración— es proporcionado por los cambios hechos en la plegaria Libera nos que sigue al «Padrenuestro». En el Rito Tradicional se lee:

Te rogamos, Señor, que nos libres de todos los males pasados, presentes y futuros; y por la intercesión de la santa y gloriosa siempre virgen María, Madre de Dios, con Tus santos Apóstoles Pedro y Pablo, Andrés y todos los santos, concédenos propicia paz en nuestros días, para que, ayudados de Tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y seguros de toda perturbación
Ahora se lee:
Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo.

Nótese que se han eliminado las referencias a la Bienaventurada Virgen, los Apóstoles y todos los santos. Parecería de esto que su intercesión ya no se requiere —probablemente porque ofendería a las sensibilidades protestantes y así frustraría el intento «pastoral» del rito.
Nótese que tanto en la técnica de ambigüedad como en la de eliminación los innovadores no pueden ser acusados de «cambiar» directamente la enseñanza católica —sólo de ignorarla. Este patrón es constante a lo largo de la Nueva Misa: todas las referencias claras a la naturaleza propiciatoria (que expía) e impetratoria (que ruega) de la Misa están eliminadas. Toda referencia explícita al sacrificio inmolativo de una víctima y a la Presencia Real es anulada. El residuo es meramente un «sacrificio de alabanza y acción de gracias», tal como encuentran aceptable los protestantes. Mientras que es verdad que los adultos, bien formados en la Fe católica, pueden tener algún grado de protección de las ambigüedades y supresiones en la Nueva Misa, pero recordando también la conexión muy directa e importante entre plegaria y creencia —bellamente expresada en la famosa y concisa expresión latina, Lex orandi, lex credendi («la manera de orar es [lleva a] la manera de creer»)— debemos preguntar ¿CÓMO pueden evitar nuestros hijos tener sus creencias religiosas neutralizadas por un rito en el que se ha eliminado la mención de los elementos de expiación y sacrificio?
Mientras que la mayoría de los católicos, acostumbrados a confiar en lo que Roma ha prescrito, estuvieron de acuerdo con los cambios litúrgicos del Concilio Vaticano II, otros protestaron fuertemente. Petición tras petición fue enviada a Roma, y todas fueron ignoradas persistentemente. (2) Pablo VI, al parecer deseando fomentar la Revolución Litúrgica sin perder ningún creyente, dio sus usuales respuestas contradictorias. Nos dijo por un lado que el Nuevo Orden de la Misa había cambiado de «un modo asombroso y extraordinario», que «era singularmente nuevo» y que «la innovación más grande [él usó la palabra “mutación”] estaba en la Plegaria Eucarística».(3) Por otro lado, encontró necesario asegurarnos repetidamente que «nada había cambiado en la esencia de la Misa tradicional».(4) Otro testigo era más honrado y sincero. El Padre Joseph Gelineau, S.J., uno de los periti («expertos» consejeros teológicos) conciliares, declaró sin ambages que el resultado final de todos los cambios en la liturgia era «una liturgia diferente de la Misa». Él continuó: «Hay que decir esto sin ambigüedad: el rito romano como nosotros le conocimos ya no existe. Ha sido destruido».(5) El Cardenal Benelli, uno de los arquitectos principales de la nueva liturgia, declaró que la nueva liturgia refleja una «nueva eclesiología».(6) El liturgista Padre Louis Bouyer opinó que «La liturgia católica ha sido derrocada bajo el pretexto de hacerla más compatible con la perspectiva con temporánea».(7) Finalmente, el Arzobispo Bugnini, funcionario ejecutivo de Pablo VI en la creación del Novus Ordo Missae, describió el resultado como «una nueva canción » y como «la conquista de la Iglesia».(8) A pesar de todo esto, Pablo VI, insistió: «Estad muy seguros de una cosa: nada substancial de la Misa tradicional ha sido alterado ». (DOL., No. 1759). No había ninguna disminución o disculpa, o cambio en la Nueva Misa, para complacer las quejas legítimas de los católicos perspicaces, preocupados, o para contestar las muchas quejas publicadas sobre los problemas de la Nueva Misa. Estos cambios —que apropiadamente se han llamado «La Revolución Litúrgica»— devinieron un fait accompli.

Los Autores de la Nueva Misa
Nosotros sabemos que finalmente el Espíritu Santo es el autor de la Misa Tradicional, «la cosa más hermosa de este lado de Cielo», como el P. Frederick Faber la llamó. Según el Concilio de Trento, la parte central de la Misa, llamada Canon, «Está compuesto de las palabras mismas del Señor, de las tradiciones de los apóstoles y de las piadosas instituciones de los santos Pontífices». El núcleo del Canon se remonta al menos a la mitad del siglo cuarto. Antes de ese tiempo, los archivos históricos son escasos, porque la Iglesia estaba bajo persecución. (La última de las 10 grandes persecuciones romanas acabó en 304.) Sin embargo, como el historiador anglicano Sir William Palmer declara, «hay buenas razones para remitir su composición original a la Edad Apostólica». El Canon fue considerado tan sagrado que los primeros sacramentarios lo escribieron en tinta de oro y los teólogos medievales se refirieron a él como el «Santo de los Santos». No es de extrañar que el Padre Louis Bouyer dijera una vez, «desecharlo sería un rechazo de cualquier demanda por parte de la Iglesia romana a representar la verdadera Iglesia católica». En cuanto a las plegarias y ceremonias que rodean al Canon, están todas sacadas de la Escritura y/o la Tradición.
Cuando llegamos al Novus Ordo Missae, nosotros también conocemos a sus autores. Mientras que Pablo VI era formal y jurídicamente el responsable, fue compuesto de hecho por un comité llamado Concilium que consistía en unos 200 individuos muchos de los cuales habían hecho las veces de periti («expertos») Conciliares durante el Concilio Vaticano II. A su cabeza estaba el Arzobispo Annibale Bugnini cuyas conexiones francmasónicas están virtualmente fuera de discusión. El Concilium fue auxiliado por seis «observadores» protestantes, a quienes Pablo VI dio las gracias públicamente por su ayuda en la «reedición, de una manera nueva, de los textos litúrgico a fin de que la lex orandi (la norma de orar) se conforme mejor con la lex credendi (la norma de creer)». Como previamente hemos citado, nosotros estamos forzados aceptar que o la lex orandi anterior a esta época no se conformaba muy bien a la lex credendi —o bien que la lex credendi fue cambiada. ¿Y desde cuándo la Iglesia necesitó la ayuda de protestantes, herejes —hombres que por definición rechazan su enseñanza— para asistirla en la formulación de sus ritos?Considerado el fondo de esos responsables de la creación de la Nueva Misa y considerando su notable desviación en el asunto y representación de la Misa Tradicional (como veremos posteriormente), a pesar del uso blando en la Nueva Misa de frases escriturarias, uno puede cuestionar seriamente si el Espíritu Santo tuvo algo que ver con su creación.

NOTAS:
1.- Al referirnos al sacerdote como un «presidente» estamos siguiendo sólo el modelo establecido por
la Nueva «Instrucción General» de la Misa.
2.-Un grupo de 400 peregrinos caminó de París a Roma para pedir a Pablo VI que les concediera permiso para usar la Misa Tradicional, es decir la llamada Misa «Tridentina». Él estaba demasiado ocupado para verlos. Después, se supo que en el momento de su llegada estaba atendiendo al equipo belga de fútbol.
3.- «Habría que entender bien los motivos para semejante gran cambio introducido [en la Misa]...Ello es la voluntad de Cristo. Es el aliento del Espíritu que llama a la Iglesia a esta mutación» (Audiencia general, 26 de Noviembre de 1969). Según el abogado Canónico Hermano Capello, una «mutación» que fuera sustancial en la forma de un Sacramento lo invalidaría. (De Sacramentis [Roma: Marietti, n.d.], pág. 33.) Cf. también Missale Romanum de Pablo VI, el 3 de abril de 1969.
4.- Documentos sobre la Liturgia 1963-1979, Textos Conciliares, Papales y Curiales (Collegeville, MN,: The Liturgical Press, 1983), párrafo 1757. Esta colección se cita de ahora en adelante como «DOL» [Documents on the Liturgy], seguido por un número del párrafo.
5.- Michael Davies, Liturgical Revolution —Pope Paul's New Mass (Dickinson, TX: Angelus Press, 1980), p. 17 (citado de ahora en adelante como “PPNM”.).
6.- Christian Order, Octubre de 1978. La cita completa es de interés. Informando sobre una conversación: «Al final, el Dr. Saventham preguntó al prelado si no podría ser permitida la liturgia tradicional al lado de la nueva. La respuesta fue turbadora: “¡Señor, todas estas reformas van en la misma dirección, mientras que la vieja Misa representa una eclesiología diferente!”. El Dr. Saventham dijo: “¡Monseñor, lo que usted ha dicho es una atrocidad!”». Poco después de esto Benelli era hecho Cardenal por Pablo VI, y Michael Davies lo describe como «un portavoz más autoritario para la Iglesia posconciliar».
7.- P. Louis Bouyer, Religeux et Clerics Contra Dieu (París, 1975), citado por Michael Davies, PPNM. El P. Bouyer, un convertido del luteranismo, inicialmente apoyó la reforma litúrgica, pero pronto llegó a la conclusión de que el proceso había ido demasiado lejos.
8.- Notitiae, Abril de 1974, p. 126: ver también P. Coughlan, The New Eucharistic Prayers (Londres, 1968), p. 5.
Graficos: Notese la abismal diferencia de la solemnidad sacra de la verdadera misa frente a las terribles desviaciones que produce el Novus Ordo Misae en dversas comunidades pseudo católicas

lunes

El odio visceral de las huestes del infierno a la Santa Misa Tradicional

Si Satanás hubiera sido consciente de que Cristo es el Logos Divino (Segunda Persona de la Santísima Trinidad), nunca habría agitado para la Crucifixión. Es innecesario decir que cada Misa verdadera le recuerda de nuevo su terrible error al mismo tiempo que es un vehículo para conferir gracias infinitas sobre la humanidad. No es extraño que el diablo tenga un intenso odio a la Misa.
Siempre se ha vaticinado que la verdadera Misa nos sería arrebatada. Escuchemos las palabras de
S. Alfonso M. de Ligorio:“El diablo siempre ha intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, «Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo». (Dan 8, 12). (1)Sobre lo mismo abunda el Padre Denis Fahey:
"Toda la espantosa energía del odio de Satanás está especialmente dirigida contra el Santo Sacrificio de la Misa. En formación con él y animado con el mismo odio, hay un ejército de satélites invisibles de la misma naturaleza. Todos sus esfuerzos se dirigen a impedir su celebración exterminando el sacerdocio, y a restringir sus esfuerzos. Si Satanás no puede tener éxito anulando completamente el único y solo acto aceptable de culto, él se esforzará por limitarlo a las mentes y corazones de tan pocos individuos como sea posible". (2)
El odio de los «Reformadores» del siglo XVI hacia la Misa Tradicional es bien conocido. Ante todo, aborrecieron cualquier sugerencia de que la Misa fuera un «Sacrificio inmolativo». Lutero lo llamó una «abominación», un «culto blasfemo y falso», e instruyó a los gobernantes bajo su influencia para «atacar a los idolatras» y para suprimir su culto en la medida de lo posible. Negó repetidamente su verdadera naturaleza sacrificial y sobre todo odió el «Canon abominable en el cual la Misa se hace sacrificio». De hecho, llegó a decir, «yo afirmo que todos los burdeles, los asesinatos, los robos, los crímenes, los adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa Papista». Acerca del Canon o núcleo de la Misa, declaró:
«Ese Canon abominable es una confluencia de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación.»
En palabras que son casi proféticas hizo notar que «cuando la Misa haya sido destruida, creo que habremos destruido al Papado. Creo que es en la Misa, como sobre una roca, donde el Papado se apoya enteramente todo se colapsará por necesidad cuando se colapse su sacrílega y abominable Misa».
Todo esto nos lleva a los problemas de la Nueva Misa.
Es bien conocido que el contraste de los católicos tradicionales es su negativa a participar en el Nuevo Orden de la Misa —el Novus Ordo Missae— como se estableció el 3 de abril de 1969, tras el Concilio Vaticano II.
Tergiversación ConciliarEl nuevo orden de la misa ha sido el sujeto de muchos libros críticos, artículos y folletos desde 1968. Con el interés renovado en la Misa latina tradicional, puede ser conveniente una vez más resumir algunos de los argumentos contra el Nuevo Rito para subrayar el hecho de que las objeciones de los católicos «tradicionales» a la Nueva Misa no están basadas en cuestiones de estética o nostalgia, sino más bien, y eminentemente lo más importante, en cuestiones de doctrina, pedagogía religiosa (instrucción) y validez.
La «Nueva Misa», o Novus Ordo Missae fue ofrecida públicamente por primera vez en la Capilla Sixtina antes de un sínodo de obispos en octubre de 1967. En ese momento fue llamada Missa Normativa, o «Misa normativa». Los obispos presentes fueron consultados acerca de su opinión sobre si debería ponerse en práctica: 71 votaron sí; 62 votaron sí con reservas; y 43 la rechazaron categóricamente. Para adecuarse a los deseos de este último grupo, se hicieron varios cambios menores, incluyendo la restauración de dos de las oraciones tradicionales del Ofertorio.
Pablo VI promulgó la forma final de esta Misa como el Novus Ordo Missae en su Constitución Apostólica Missale Romanum, el 3 de abril de 1969. Unido a su Constitución Apostólica estaba un texto explicativo titulado la Institutio Generalis («Institución General»). Mientras que los obispos liberales estaban encantados, otros estaban lejos de ser complacidos. Los Cardenales Ottaviani y Bacci escribieron a Pablo VI en septiembre de 1967, manifestando que la «Nueva Misa» representaba, «tanto en su conjunto como en sus detalles, una notable desviación de la teología católica de la Misa tal como fue formulada en la Sesión XXII del Concilio de Trento».
Junto con la carta, le presentaron el ahora célebre Estudio Crítico del Novus Ordo Missae, preparado por un grupo de teólogos romanos. En un esfuerzo por desviar las críticas hechas en este documento, el 26 de marzo de 1970 se emitió una Instrucción General revisada —pero no se hizo absolutamente ningún cambio en el texto real del Novus Ordo Missae mismo. Desde entonces, se han hecho algunos cambios menores en la Nueva Misa; la edición actual aparecía en 1975. Permítasenos examinar este Nuevo Rito con mayor detalle.
Si el Novus Ordo Missae (o «Nueva Misa») había de reflejar las creencias de la Iglesia posconciliar, así como las de nuestros «separados» hermanos protestantes, y al mismo tiempo permanecer aceptable a los católicos criados en la Fe Antigua, tenía que conseguir varios objetivos:
1) Tenía que evitar profesar demasiado abiertamente en las nuevas doctrinas, aunque eliminando al mismo tiempo cualquier cosa que las contradijera. Asimismo, no podría negar ninguna doctrina católica directamente — sólo podría diluirla o expurgarla. 2) Tenía que introducir los cambios lentamente y guardar los suficientes adornos externos de un verdadero sacrificio para dar la impresión de que nada significante había cambiado. 3) Tenía que crear un rito que por razones ecuménicas fuera aceptable para los protestantes de todo matiz y convicción, aunque todos ellos nieguen consistentemente que la Misa es verdaderamente el sacrificio incruento del Calvario y que un sacerdote «que sacrifique» es necesario para ofrecerlo. Y 4) Tenía que amortiguar la resistencia católica e introducir en las vidas de los creyentes las ideas modernistas promulgadas en consecuencia con el Vaticano II. La única manera en que la Nueva Misa podría conseguir todo esto estaba en el uso de la ambigüedad, la supresión y la traducción infiel.No hay nada ambiguo en los ritos tradicionales de la Iglesia; y de hecho, la Misa es, como dicen los teólogos, un locus (fuente) primario de sus enseñanzas. A pesar de la laxitud del lenguaje moderno, no debemos olvidarnos de que la declaración ambigua es fundamentalmente deshonesta. Cada padre y cada madre sabe que cuando su hijo recurre al equívoco, está intentando esconder algo. Y cada sacerdote sabe de qué modo usan a veces los penitentes esta estrategia en el confesionario. Es aun más deshonesto, una vez el Magisterium de la Iglesia ha hablado claramente sobre un problema, tener a esos responsables de conservar el «Depósito de la Fe» usando el equívoco o la ambigüedad para encubrir un cambio en la creencia. Como dice el Libro de los Proverbios, «Dios odia una boca perversa». (Prov. 8, 13).
En el siglo XVI, el Obispo Cranmer, reformador protestante, utilizaba la ambigüedad para establecer la secta protestante anglicana (episcopaliana) en Inglaterra. A la vez, el Pastor inglés Dryander escribió a Zurich, declarando que el primer Libro de la Plegaria Común albergaba «todo tipo de decepción por la ambigüedad o el fraude del lenguaje» (3). Según T. M. Parker, teólogo anglicano, el resultado neto era que El Primer Libro de la Plegaria de Eduardo VI no podía ser convicto de herejía manifiesta, porque fue tramado diestramente y no contenía ningún rechazo expreso de la doctrina de la prerreforma. Era, como lo expresó un erudito anglicano, «un ensayo ingenioso en ambigüedad», intencionalmente redactado de tal manera que el más conservador podía poner su propia interpretación en él y reconciliar sus conciencias usándolo, mientras los reformadores lo interpretarían en su propio sentido y lo reconocerían como un instrumento para impulsar la próxima fase de la revolución religiosa. (4)
Aparte de la ambigüedad en el Novus Ordo Missae, uno debe considerar las numerosas supresiones que los innovadores posconciliares hicieron —de un 60 a un 80 por ciento del Rito Tradicional de la Misa fue eliminado, dependiendo de la Plegaria Eucarística que se use. Y estas supresiones precisamente son aquéllas que Lutero y Cranmer habían hecho —aquéllas que tienen que ver con la naturaleza sacrificatoria de la Misa. La ambigüedad, las supresiones y, finalmente, las traducciones infieles eran utilizadas para conseguir los propósitos de los innovadores.
El segundo requisito era la necesidad de que la Nueva Misa mantuviese los adornos externos de un rito católico. Una vez más, había precedentes suficientes (5). Considérese la descripción siguiente del servicio luterano primitivo, como nos es dada por el gran erudito jesuita
Hartmann Grisar:“Alguien que entrara en la iglesia parroquial de Wittenberg después de la victoria de Lutero, descubriría que se usaban para el servicio divino las mismas vestiduras de antaño, y oiría los mismos himnos latinos de antaño. La Hostia era elevada en la Consagración. A los ojos de las gentes era la misma Misa de antes, a pesar de que Lutero omitía todas las plegarias que presentaban la sagrada función como un Sacrificio. Las gentes eran mantenidas intencionalmente en la oscuridad sobre este punto”. «Nosotros no podemos apartar a las gentes comunes del sacramento, y probablemente sea así hasta que el evangelio sea bien comprendido», decía Lutero. Explicaba el rito de la celebración de la Misa como «una cosa puramente externa», y dijo, además, que «las palabras condenables pertinentes al Sacrificio podían omitirse todas muy rápidamente, puesto que los cristianos ordinarios no notarían su omisión y de aquí que no hubiera ningún peligro de escándalo».Los innovadores litúrgicos posconciliares siguieron el mismo patrón. Como los autores del Estudio Crítico del Novus Ordo Missae apuntaron, «habiendo quitado la piedra clave, los reformadores tenían que colocar un andamiaje». Uno se acuerda de la sentencia de Lenin: «Guardad la cáscara, pero vaciadla de contenido».
Después del Concilio Vaticano II, y siguiendo el modelo establecido por Lutero y Cranmer, se introdujeron cambios en la liturgia católica, al principio despacio, y después a un ritmo cada vez más rápido. Los que padecieron los primeros días del «Aggiornamento» recordarán los frecuentes cambios asignados. El Cardenal Heenan de Inglaterra da testimonio de esto, declarando que habríamos sido «conmocionados»(6) si todos los cambios hubieran sido introducidos de golpe. Los cambios vinieron, sin embargo, uno sobre otro, y si hemos de creer a la Jerarquía de la Iglesia, todavía hay más en perspectiva. Hay mucha palabrería hoy de «violencia institucional ». Yo no puedo imaginar ningún ejemplo mejor de esto que la manera en que la «Nueva Misa» se forzó dentro de las tragaderas del laicado.
Por:Rama P. Coomaraswamy

(1) S. Alfonso M. de Ligorio, The Dignity and Duties of the Priest, o Selva (Londres: Benziger Bros., 1889), pág. 212
(2) Fr. Denis Fahey, The Mystical Body of Christ and the Reorganization of Society (Dublín: Regina Publications).
(3) Bard Thompson, Liturgies of the Western Church (Nueva York: New American Lib., 1974), pág. 236. La cabeza de la Iglesia anglicana es el Rey o la Reina de Inglaterra. Los cambios en su enseñanza o su liturgia tienen que tener la aprobación del Parlamento británico. En consecuencia los anglicanos americanos se encontraron en 1776 en una posición un poco embarazosa. Ellos resolvieron esto declarándose independientes de la realeza y el gobierno británicos y cambiando su nombre a Episcopalianos. Pero ningún cambio doctrinal o ritual de importancia estaba involucrado en esta transición.
(4) Citado en Michael Davies, Liturgical Revolution —Cranmer’s Godly Order (Devon, Inglaterra: Augustine, 1976), pág. 99.
(5) El primer nuevo servicio [de Cranmer] en lugar de la Misa tenía que ser una especie que los hombres pudieran confundir con algo como la persistencia de la Misa en otra forma. Cuando ese simulacro hubiera hecho su trabajo y calibrada la resistencia popular, ellos podrían proceder al segundo paso y producir un Libro de Servicio final en el que no permanecería ningún rastro de las antiguas santidades. Hilaire Belloc, Cranmer (Filadelfia: Lippincott, 1931), pág. 246.
(6) Carta pastoral, 15 de septiembre de 1969.

Trascendencia simbólica e histórica de la Misa Tradicional

No hay en la Misa Tradicional (1) ninguna palabra ni frase, ni un solo acto del celebrante, ni ningún adorno del altar o del sacerdote, que carezca de significado. Eso conlleva naturalmente que cada palabra y acción del sacerdote también sean significantes.
La Misa Tradicional recapitula la historia entera de la Redención. Por ejemplo, cuando se hacen 33 signos de la cruz, es para conmemorar el número de años que Nuestro Señor pasó en la tierra. Cuando el sacerdote extiende sus manos sobre el cáliz mientras recita el Hanc Igitur, está recapitulando la acción del Sumo Sacerdote de los judíos que ponía sus manos sobre el chivo sacrificial para transferirle los pecados del pueblo.
(El «chivo expiatorio», que prefigura a Cristo, era adornado con una cinta roja —como Cristo fue cubierto con mofa con una clámide roja durante Su proceso— y después llevado al desierto donde era despeñado desde un alto precipicio como sacrificio.)
Cuando el sacerdote mira al altar durante el Sacrificio (excepto cuando se vuelve para traernos las bendiciones que proceden de allí), es porque la acción está ocurriendo sobre el altar, y el sacerdote es, como Cristo al cual representa, un Intermediario entre nosotros y Dios Padre. Si el altar mira tradicionalmente al Este, es porque ésta es la dirección del Sol Naciente que, como la «la luz del mundo», es un símbolo de Nuestro Señor que es la verdadera «Luz del Mundo». En cuanto al altar (no es una «mesa»), nosotros sabemos por el rito tradicional de consagración de altares católicos que nuestro altar está vinculado al altar de Moisés y también al de Jacob (la almohada de Jacob 2) —y que el altar eterno es, él mismo, el cuerpo de Cristo que está situado «en el centro del mundo» —el axis mundi— para que toda la creación sea, como era, periférica a la Misa «eterna» y capaz así de ser unificada a través de la acción divina. (Como dice Sto. Tomás en su Homilía para el Segundo domingo de Adviento, «Todas esas cosas que para nosotros son desatinadas, son atinadas para Él».) Si se usan seis velas en la Misa mayor, es porque esto representa la integración del Menorah judío, o candelabro de siete brazos, en el Sacrificio de Cristo Nuestro Señor, que es y substituye al central o Séptima Vela. Si el sacerdote se viste al modo real durante el rito, es porque representa a Cristo Rey. Ya no es un individuo (por ejemplo, «el P. Roberto»,etc.), sino un alter Christus, «otro Cristo».
El sacerdote no purifica sus manos en balde antes de realizar el Sacrificio, ni por vanas razones limpia el cáliz con cuidado exquisito después de consumir las Sagradas Especies. Ninguno de estos actos es invención de hombres. Como el Abad Guéranger dice: «estas ceremonias se remontan hasta los Apóstoles». De igual modo, encontramos a la gran autoridad sobre la Misa, el Padre Nicolás Gihr, dice:

“El ejemplo de Cristo era para los Apóstoles la norma en la celebración del Sacrificio. Ellos hicieron, primero, sólo lo que antes había hecho Cristo.
Según Sus instrucciones y bajo la inspiración del Espíritu Santo, observaron además otras cosas, a saber, según las circunstancias ellos agregaron varias oraciones y observancias para celebrar los Sagrados Misterios tan digna y edificantemente como fuera posible. Esas partes constitutivas del rito sacrificial que se encuentran en todas las liturgias antiguas tienen su origen indiscutiblemente en los tiempos apostólicos y la tradición: los rasgos esenciales y fundamentales del rito sacrificial, introducidos y aumentados por los Apóstoles, estaban conservados con fidelidad y reverencia en las bendiciones místicas, el uso de las luces, el incienso, las vestiduras y muchas cosas de esa naturaleza que ella [la Iglesia] emplea por la prescripción Apostólica y por tradición”. (3)

Mientras que a veces se agregaron ciertas oraciones a la Misa Tradicional, es bien conocido que su núcleo central o «Canon» permaneció fijo e inalterado desde los primeros días. Según Sir William Palmer, un historiador no católico nos dice:

No parece nada desatinado pensar que la Liturgia romana, como se usaba en tiempos de [el Papa San] Gregorio Magno [590-604], pudiera haber existido desde la más remota antigüedad, y quizás haya casi tan buenas razones por remitir su composición original a la Edad Apostólica. (4)

En cuanto a los hechos, la investigación histórica, tanto la católica como la protestante, ha mostrado que la Misa Tradicional data de antes de, al menos, el siglo cuarto. Antes de ese tiempo, la Iglesia estaba sometida a una persecución severa, y por consiguiente los archivos históricos son escasos (5), desde entonces hasta 1962, cuando el Papa Juan XXIII agregó el nombre de S. José al Canon de la Misa, un total de 26 palabras se han agregado al Canon Tradicional, por los Papas S. León (440- 461) y S. Gregorio Magno (590-604). De este modo, como el Concilio de Trento declara exactamente, el Canon «está compuesto por las mismas palabras del Señor, la tradición de los Apóstoles y las instituciones pías de los santos pontífices». En el curso de la historia se han hecho además algunas adiciones —aunque nunca ninguna resta. Como resultado, el Concilio de Trento ordenó que «todas esas adiciones deben ser quitadas, y que la Iglesia debe establecer firmemente el uso de la Misa como era en tiempos de S. Gregorio» (590-604).
Ésta es pues la Misa Tradicional. Ésta es «la Misa de Todos los Tiempos». Ésta es la Misa que fue «codificada» y «promulgada» por el Papa San Pío V en 1570 tras el Concilio de Trento. Ésta es la Misa que está protegida por su Bula Apostólica Quo Primum de esa misma fecha. Ésta es la Misa que Pablo VI cambió, porque, entre otras cosas, contenía «aspectos indeseables» y «no expresaba adecuadamente el significado de las cosas santas».(6)

(1)También llamada «la Misa de Todos los Tiempos» (porque se remonta a los Apóstoles en sus elementos esenciales —aunque es eterna en su naturaleza), la «Misa Tridentina» (sólo porque en el siglo XVI el Concilio de Trento [Tridentum en latín] ordenó «codificarla»), «la Misa de Pío V» (después del Papa que de hecho la «codificó» en 1570), y en ocasiones (pero vaga e incorrectamente) la «Misa latina» (incorrectamente, porque cualquier rito puede traducirse al latín y porque el propio Novus Ordo Missae se emitió originalmente en latín).
(2) La piedra que utilizó Jacob como almohada durante el sueño en que tuvo la visión de la escala.
(3) Dr. Nicolás Gihr, op. cit. Debe agregarse que la Revelación cristiana cesó con la muerte del último Apóstol, y no con la muerte de Cristo. El Ordo Missae se emitió originalmente en latín).
(4) Citado por Patrick H. Omlor, Interdum, Edición No. 7, Menlo Park, CA.
(5) Por otra parte hay considerables evidencias de que la Misa era considerada demasiado sagrada para ser puesta por escrito.
(6) Declaraciones hechas públicamente y referidas en el Osservatore Romano en el agradecimiento a los seis «observadores» protestantes por su ayuda en la formulación de la Nueva Misa (o Novus Ordo Missae) usada por la Iglesia en los tiempos posconciliares.

martes

Dietrich von Hildebrand y la cuestión de la Misa Tradicional

Dietrich von Hildebrand, fué uno de los filósofos cristianos más eminentes del mundo. Profesor en la Universidad Fordham, el Papa Pio XII lo llamó «el Doctor del siglo XX en la Iglesia», Juan Pablo II lo definió como «Uno de los más grandes eticistas del Siglo XX», sobre él Benedicto XVI afirmó: “Cuando la historia intelectual de la Iglesia Católica en el siglo XX sea escrita, el nombre de Dietrich von Hildebrand será más prominente entre las figuras de nuestro tiempo”.
Es autor de muchos libros, incluyendo la Transformación en Cristo y Liturgia y Personalidad.

La argumentación para la nueva liturgia han sido con esmero empaquetada y debe ahora ser aprendida de memoria. La nueva forma de la misa está diseñada para engarzar al celebrante y al fiel en una actividad comunal. «En el pasado el feligrés atendía la Misa en aislamiento personal, cada adorador practicando sus devociones privadas, o cuando mejor, siguiendo los procedimientos en su misal.» «Hoy el fiel puede comprender el carácter social de la celebración; aprende a apreciarlo como una comida de comunidad. Antes, el sacerdote mascullaba en una lengua muerta, que creó una barrera entre el sacerdote y la gente. Ahora cada uno habla en inglés, que tiende a unir al sacerdote y la gente el uno con el otro.» «En el pasado el sacerdote decía la misa con su espalda a la gente, que creaba el ambiente de un rito esotérico. Hoy, debido a que el sacerdote afronta a la gente, la misa es una ocasión más fraternal.» «En el pasado el sacerdote entonaba cánticos medievales extraños. Hoy la asamblea entera canta canciones con melodías fáciles y poema lírico familiar, y experimenta hasta con la música folklórica.» La argumentación para la nueva misa, entonces, trata de esto: hacer sentir al fiel más en casa, en la casa de Dios.
Mi preocupación no es la situación legal de los cambios. Enérgicamente no deseo ser entendido como lamentando que la Constitución haya permitido al vernáculo complementar el latín. Lo que deploro es que la nueva misa sustituye la misa latina, que la vieja liturgia está siendo imprudentemente desechada, y negada a la mayor parte del Pueblo de Dios.
Quisiera hacer varias preguntas a aquellos que fomentan este desarrollo:
¿La nueva misa, más que la vieja, incita al espíritu humano? ¿evoca un sentido de eternidad? ¿Ayuda a elevar nuestros corazones de las preocupaciones de la vida diaria - de los aspectos puramente naturales del mundo - hacia Cristo? ¿Aumenta la reverencia, una apreciación de lo sagrado?
Por supuesto que estas preguntas son retóricas, y autocontestables.
Las formulo porque pienso que todos los Cristianos atentos querrán sopesar su importancia antes de llegar a una conclusión sobre los méritos de la nueva liturgia.
¿Cuál es el papel de la reverencia en una vida realmente cristiana, y sobre todo en una adoración realmente cristiana de Dios?
La reverencia da al Ser la oportunidad de hablarnos: la grandeza última del hombre es el ser capax Dei. La reverencia es de importancia capital para todas las esferas fundamentales de la vida del hombre. Puede ser correctamente llamada «la madre de todas las virtudes», pues es la actitud básica que todas las virtudes presuponen. El gesto más elemental de la reverencia es una respuesta a ser uno mismo. Esta distingue a la autónoma majestad del ser, de una mera ilusión o ficción; es un reconocimiento de la consistencia interior y positiva del ser - de su independencia de nuestros humores arbitrarios. La reverencia da al ser la oportunidad de desplegarse a sí mismo, para, así como era, hablarnos; fecundar nuestras mentes. Por lo tanto la reverencia es indispensable a cualquier conocimiento adecuado del Ser.
La profundidad y la plenitud del Ser, y sobre todo sus misterios, nunca serán revelados a nadie sino solo a la mente reverente. Recuerde que la reverencia es un elemento constitutivo de la capacidad para «sorprenderse», que Platón y Aristóteles afirmaron que es la condición indispensable para la filosofía.
En efecto, la irreverencia es una fuente principal del error filosófico. Pero si la reverencia es la base necesaria para todo el conocimiento confiable del ser, es además, indispensable para comprender y ponderar los valores basados en el ser. Sólo el hombre reverente que está listo a admitir la existencia de algo mayor que él, quién quiere ser silencioso y dejar al objeto hablarle - quién se abre - es capaz de entrar en el mundo sublime de los valores. Además, una vez que una gradación de valores ha sido reconocida, una nueva clase de reverencia está en orden- una reverencia que no responde sólo a la majestad de ser como tal, sino al valor específico de un ser específico y a su fila en la jerarquía de valores. Y esta nueva reverencia permite el descubrimiento de todavía otros valores.
El hombre refleja su carácter esencialmente receptivo como una persona creada, únicamente en la actitud reverente; la grandeza última del hombre debe ser capax Dei. El hombre tiene la capacidad, en otras palabras, de comprender algo mayor que él, ser afectado y fecundado por ello, abandonársele para su propio bien - en una respuesta pura a su valor. Esta capacidad de superarse distingue al hombre de una planta o un animal; éstos últimos se esfuerzan sólo por desplegar su propio ser.
Ahora: sólo el hombre reverente es quien puede superarse conscientemente y así conformarse a su condición humana fundamental y a su situación metafísica.
¿Encontramos mejor a Cristo elevándonos hasta Él, o arrastrándole a nuestro mundo rutinario?
El hombre irreverente por contraste, se acerca al ser en una actitud de superioridad arrogante o de familiaridad indiscreta, satisfecha. En cualquier caso él está discapacitado; es el hombre que va tan cerca de un árbol o edificio quien ya no puede verlo. En vez de permanecer a la distancia espiritual apropiada, y mantener un silencio reverente de modo que el ser pueda decir su palabra, él se impone y así, en efecto, silencia al ser. En ninguna esfera es la reverencia más importante que la religión. Tal como hemos visto, esta afecta profundamente la relación del hombre hacia Dios. Pero además penetra la religión entera, sobre todo la adoración a Dios. Hay un eslabón íntimo entre reverencia y santidad: la reverencia nos permite experimentar lo sagrado, elevarse sobre lo profano; la irreverencia nos ciega al mundo entero de lo sagrado. La reverencia, incluyendo el sobrecogimiento - incluso temor, miedo y temblor - es la respuesta específica a lo sagrado.
Rudolf Otto ha desarrollado claramente este punto en su famoso estudio «La Idea de lo Santo». Kierkegaard también llama la atención al papel esencial de la reverencia en el acto religioso, en el encuentro con Dios. ¿Y no temblaron los Judíos en el temor profundo cuándo el sacerdote trajo el sacrificio en el sancta sanctorum? ¿No fué golpeado Isaiah con el miedo piadoso cuándo vio a Yahweh en el templo y exclamó, «el infortunio es conmigo, estoy condenado! pues soy un hombre de labios sucios… pero aún mis ojos han visto al Rey»? ¿Acaso las palabras de San Pedro después de la pesca milagrosa, «apártate de mí, oh Señor, porque soy un pecador» no declaran que cuándo la realidad de Dios fuerza la entrada sobre nosotros nos golpea con miedo y reverencia? El cardenal Newman ha demostrado en un sermón aturdidor que el hombre que no teme y no reverencía no ha conocido la realidad de Dios.
Cuando San Buenaventura escribe en Itinerium Mentis ad Deum que sólo un hombre de deseo (como Daniel) puede entender a Dios, él quiere decir que una cierta actitud del alma debe ser alcanzada a fin de entender el mundo de Dios, en el cual Él quiere conducirnos.
Este consejo es sobre todo aplicable a la liturgia de la Iglesia. El sursum corda - levantemos nuestros corazones - es la primera exigencia para la verdadera participación en la misa. Nada podría obstruir más el encuentro del hombre con Dios que la noción de que «vamos al altar de Dios» del mismo modo en el que vamos a una reunión social agradable, relajante. Esto es el motivo por el cual la misa latina con el Canto gregoriano que nos levanta hasta una atmósfera sagrada, es inmensamente superior a una misa vernácula con canciones populares, que nos abandona en una atmósfera profana simplemente natural.
El error básico de la mayor parte de las innovaciones es imaginar que la nueva liturgia lleva al santo sacrificio de la misa más cerca hacia el fiel, que esquilado de sus viejos rituales la misa ahora se introduce en la sustancia de nuestras vidas. Porque la pregunta es si en la misa encontramos mejor a Cristo elevándonos hacia Él, o arrastrándole a nuestro propio caminante mundo rutinario. Los innovadores sustituirían la santa intimidad con Cristo por una familiaridad impropia. La nueva liturgia realmente amenaza con frustrar el encuentro con Cristo pues desalienta la reverencia ante el misterio, impide el temor y casi extingue un sentido de santidad. Lo que realmente importa, seguramente, no es si los fieles se sienten como en su casa en la misa, sino si los saca de su vida ordinaria hacia el mundo de Cristo - si su actitud es la respuesta de la reverencia última: si son imbuidos de la realidad de Cristo.
Aquellos que se expresan con inmoderado entusiasmo sobre la nueva liturgia hacen mucho del punto que durante los años la misa había perdido su carácter comunal y se había hecho una ocasión para la adoración individualista. La nueva misa vernácula, insisten, restaura el sentido de comunidad sustituyendo las devociones privadas con la participación de la comunidad. Mas ellos olvidan que hay diferentes niveles y clases de comunión con otras personas. El nivel y la naturaleza de una experiencia de comunión está determinada por el tema de la comunión, el nombre o la causa en la cual los hombres están reunidos. Entre más alto el bien que el tema representa y que enlaza a los hombres, más sublime y más profunda es la comunión. Obviamente la escencia y la naturaleza de una experiencia de comunidad en el caso de una gran emergencia nacional son radicalmente diferentes de la experiencia de comunidad de un cóctel. Y por supuesto las diferencias más asombrosas en comunidades serán encontradas entre la comunidad cuyo tema es lo sobrenatural y aquella cuyo tema es simplemente natural. La realización de las almas de los hombres que son realmente tocados por Cristo, es la base de una comunidad única, una comunión sagrada, una cuya calidad es incomparablemente más sublime que aquella de cualquier comunidad natural. La auténtica comunión entre los fieles que la liturgia del Jueves Santo expresa tan bien en las palabras «congregavit nos in unum Christi amor», es sólo posible como fruto de la comunión Tu-yo con Cristo mismo. Sólo una relación directa al Dios-hombre puede realizar esta unión sagrada entre los fieles.
La despersonalizante «experiencia común» es una teoría perversa de la comunidad.
La comunión en Cristo no tiene nada de la auto afirmación encontrada en las comunidades naturales. Esta respira de la Redención. Esta libera a los hombres de todo egocentrismo. Mas aún tal comunión enfáticamente no depersonaliza al individuo; lejos de disolver a la persona en lo cósmico, en el desmayo panteísta tan a menudo alabado entre nosotros estos días, realiza al verdadero ser de la persona en un modo único. En la comunidad de Cristo el conflicto entre persona y comunidad que está presente en todas las comunidades naturales no puede existir. Luego esta experiencia de comunidad sagrada está realmente en guerra con la despersonalizante «experiencia común» encontrada en asambleas masivas y reuniones populares que tienden a absorber y evaporar al individuo. Esta comunión en Cristo que estaba tan totalmente viva en los siglos cristianos tempranos, que todos los santos entraron y que encontró una expresión incomparable en la liturgia ahora bajo ataque - esta comunión nunca ha considerado a la persona individual como un mero segmento de la comunidad, o como un instrumento para servirlo. En esta unión vale la pena notar que la ideología totalitaria no solo sacrifica el individuo al colectivo; algunas ideas cósmicas de Teilhard de Chardin, por ejemplo, implican el mismo sacrificio de la colectividad. Teilhard subordina al individuo y su santificación al supuesto desarrollo de la humanidad. En un tiempo en el que esta perversa teoría de la comunidad es abrazada incluso por muchos Católicos, hay motivos claramente urgentes de insistir enérgicamente en el carácter sagrado de la verdadera comunión en Cristo. Yo sostengo que la nueva liturgia debe ser juzgada por esta prueba: ¿contribuye esta a la auténtica comunidad sagrada? Se da por hecho que se esfuerza por un carácter de comunidad; ¿pero es este el carácter deseado? ¿Es esta una comunión basada en recogimiento, contemplación y reverencia? ¿Cuál de los dos - la nueva misa, o la misa latina con el Canto gregoriano - evoca estas actitudes del alma con más eficacia, permitiendo así una comunión más profunda y verdadera? ¿No está claro que con frecuencia el carácter de comunidad de la nueva misa es puramente profano, que, como con otras reuniones sociales, su mezcla de relajación ocasional y ajetreada actividad impide un encuentro reverente, contemplativo con Cristo y con el misterio inefable de la Eucaristía?
POR SUPUESTO NUESTRA ÉPOCA está penetrada por un espíritu de irreverencia. Está vista en una noción deformada de la libertad que exige derechos rechazando obligaciones, que exalta la autoindulgencia, que aconseja el «dejate ir». El habitare secuni de los Diálogos de San Gregorio - la morada en presencia de Dios - que presupone la reverencia, es hoy considerado algo no natural, pomposo, o servil. ¿Pero no es la nueva liturgia un compromiso con este espíritu moderno? ¿De donde viene el desprecio de arrodillarse? ¿Por qué debería la Eucaristía ser recibida estando de pie? ¿Es el no arrodillarse, en nuestra cultura, la expresión clásica de adorar la reverencia? El argumento que en una comida nosotros deberíamos estar de pie más bien que arrodillarnos es apenas convincente. En primer lugar, este no es la postura natural para la comida: nos sentamos, y en el tiempo de Cristo uno posaba. Pero lo que es más importante en esto es una concepción expresamente irreverente de la Eucaristía para acentuar su carácter como una comida a costa de su carácter único como un misterio santo. Acentuar la comida a expensas del sacramento seguramente delata la tendencia a obscurecer la santidad del sacrificio. Esta tendencia es aparentemente atribuible a la desafortunada creencia que la vida religiosa se hará más viva, más existencial, si está sumergida en nuestra vida diaria. Pero esto es correr el peligro de absorber lo religioso en lo mundano, de borrar la diferencia entre lo sobrenatural y lo natural. Temo que esto represente una intrusión inconsciente del espíritu naturalista, del espíritu más totalmente expresado en el inmanentismo de Teilhard de Chardin.
Otra vez ¿por qué ha sido abolida la genuflexión en las palabras et incarnatus est en el Credo? ¿No era esta una expresión noble y hermosa de adorar la reverencia profesando el abrasador misterio de la Encarnación? Independientemente de la intención de los innovadores, ciertamente han creado el peligro, si acaso sólo psicológico, de disminuir la conciencia y el temor de los fieles al misterio. Hay aún otra razón para vacilar en hacer cambios a la liturgia que no son estrictamente necesarios. Los cambios frívolos o arbitrarios tienen tendencia a erosionar un tipo especial de reverencia: pietas. La palabra latina, como el Pietaet alemán, no tiene ningún equivalente inglés, pero puede ser entendida como el compromiso por el respeto de la tradición; la honra a lo que nos ha sido pasado por antiguas generaciones; fidelidad a nuestros antepasados y sus trabajos. Note que la piedad es un tipo derivado de la reverencia y por lo tanto no debería ser confundida con la reverencia primaria, que hemos descrito como una respuesta al mismo misterio de ser, y por último una respuesta a Dios. Resulta que si el contenido de una tradición dada no corresponde al objeto de la reverencia primaria, esto no merece la reverencia derivada. Así si una tradición encarna malos elementos, como el sacrificio de seres humanos en el culto de los aztecas, entonces aquellos elementos no deberían ser considerados con pietad. Pero no es el caso cristiano. Aquellos que idolatran nuestra época, quiénes se conmueven en lo que es moderno simplemente porque es moderno, quiénes creen que en nuestros días el hombre por fin ha llegado a su «mayoría de edad» carecen de pietad. El orgullo de estos «nacionalistas temporales» no es sólo irreverente, es incompatible con la verdadera fe. Un Católico debería considerar su liturgia con pietad. Él debería reverenciar, y por lo tanto temer abandonar los rezos y posturas y música que han sido aprobados por tantos santos a lo largo de la era cristiana y entregados a nosotros como una herencia preciosa.
Para no ir más lejos: la ilusión que podemos sustituir el Canto gregoriano con sus inspirados himnos y ritmos, por una igualmente fina, si no es que mejor música, delata una ridícula confianza en sí mismo y la carencia de auto conocimiento. No olvidemos que en todas partes de la historia del cristianismo, el silencio y la soledad, la contemplación y el recogimiento, han sido considerados necesarios para conseguir un verdadero encuentro con Dios. Este no es sólo el consejo de la tradición cristiana, que debería ser respetada por piedad; sino que está arraigado en la naturaleza humana. El recogimiento es la base necesaria para la verdadera comunión del mismo modo en que la contemplación proporciona la base necesaria para la verdadera acción en la viña del Señor. Un tipo superficial de comunión - la camaradería jovial de un asunto social - nos saca a la periferia. Una comunión realmente cristiana nos hace entrar en las profundidades espirituales.
El camino a una verdadera comunión cristiana: Reverencia.. Recogimiento.. Contemplación
Por supuesto deberíamos deplorar un excesivo y sentimental devocionalismo y reconocer que muchos Católicos lo han practicado. Pero el antídoto no es una experiencia de comunidad como tal, así como la cura para la pseudocontemplación no es la actividad como tal. El antídoto debe animar a la verdadera reverencia, a una actitud de recogimiento auténtico y devoción contemplativa a Cristo. Solo desde esta actitud puede tener lugar una comunión verdadera en Cristo. Las leyes fundamentales de la vida religiosa que gobiernan la imitación de Cristo, la transformación en Cristo, no se cambian según los humores y hábitos del momento histórico. La diferencia entre una experiencia de comunidad superficial y una experiencia de comunidad profunda es siempre la misma. El recogimiento y la adoración contemplativa de Cristo - que sólo la reverencia hace posible - será la base necesaria para una verdadera comunión con otros en Cristo en cada era de la historia humana.




Artículo original del ejemplar de octubre de 1966 de la revista Triumph