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jueves

Profunda Comunión con Dios en el Silencio

Por Johannes Tauler

Silencio del alma

A ese sosiego del espíritu se refiere el cántico de la Misa que comienza: "Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía" (Sb 18,14). En pleno silencio, toda la creación callaba en la más alta paz de media noche. Entonces, oh Señor, la palabra omnipotente dejó su trono por acampar en nuestra tienda.

Ser entonces, en el cenit del silencio, cuando todas las cosas quedan sumergidas en la calma, sólo entonces se hará sentir la realidad de esta Palabra. Porque, si quieres que Dios hable, hace falta que tú calles. Para que El entre, todas las cosas deberán haber salido.

Al encuentro del Señor

Así nos habremos dispuesto para salir al encuentro del Señor. Salgamos ahora fuera y avancemos por encima de nosotros mismos hasta Dios. Se necesita renunciar a todo querer, desear o actuar propio. Nada más que la intención pura y desnuda de buscar sólo a Dios, sin el mínimo deseo de buscarse a sí mismo ni cosa alguna que pueda redundar en su provecho. Con voluntad plena de ser exclusivamente para Dios, de concederle la morada más digna, la más íntima para que El nazca allí y lleve a cabo su obra en nosotros, sin sufrir impedimento alguno.

En efecto, para que dos cosas se fusionen es necesario que una sea paciente y la otra se comporte como agente. Unicamente cuando est limpio el ojo podrá ver un cuadro colgado en la pared o cualquier otro objeto. Imposible si hubiera otra pintura grabada en la retina. Eso mismo ocurre con el oído: mientras que un ruido le ocupa est impedido para captar otro. En conclusión, el recipiente es tanto más útil cuanto más puro y vacío.

A esto se refiere San Agustín cuando dice: "Vacíate para llenarte, sal para entrar". Y en otro lugar: "Oh tú, alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera a quien est plena y manifiestamente dentro de ti? Eres partícipe de la naturaleza divina ¿por qué, pues, esclavizarte a las criaturas? ¿qué tienes tú que ver con ellas?".

Vacío y plenitud

Si de tal modo el hombre preparase su morada, el fondo del alma, Dios lo llenaría sin duda alguna, lo colmaría. Romperíanse, sino, los cielos para llenar el vacío.

La naturaleza tiene horror al vacío, dicen. ¡Cuanto más sería contrario al Creador y su divina justicia a abandonar a un alma así dispuesta!. Elige pues una de dos. Callar tú y hablar Dios o hablar tú para que El calle. Debes hacer silencio.

Entonces ser otra vez pronunciada la palabra que tú podrás entender y nacer Dios en el alma. En cambio, ten por cierto que si tú insistes en hablar nunca oír s su voz. Lograr nuestro silencio, aguardando a la escucha del Verbo es el mejor servicio que le podemos prestar. Si sales de ti completamente, Dios de nuevo, se te dará en plenitud. Porque en la medida que tu sales, el entra. Ni más ni menos.

Voces de silencio

Se podría bien probar la existencia de este estado de alma por muchas citas de escritos que dejaron los santos de todos los tiempos. David dice así: «Me acuesto en paz y enseguida me duermo, pues tú solo, Señor, me asientas en seguro» (Sal 4,9). San Pablo: «Paz de Dios que supera todo conocimiento» (Flp 4,7). San Juan: «Se hizo un silencio grande en el cielo, como de media hora» (Ap 8,1). Otros grandes santos de la Iglesia, San Dionisio y San Gregorio y muchos otros han escrito detenidamente a este propósito. Hagamos lugar a esta contemplación y apliquémonos a ella como advierte San Agustín: «Cuando Dios quiere actuar hay que esperar atentamente su operación».

Citas espirituales de Johannes Tauler O.P.

Que el hombre se abandone simplemente, nada pida, exija nada. Se contente con tener en Dios su pensamiento, su amor. Arroja, pues, todas tus cosas en este Dios desconocido, también tus defectos y pecados, y todo cuanto puedas proyectar con tus acciones. Ponlo todo en El con gran fervor. En la oscura, desconocida voluntad de tu Señor. Fuera de aquí, un tal hombre no debe jamás perseguir nada, ni querer de algún modo reposar o actividad, ni esto ni aquello, ni tal estado ni el otro. Sólo abandonarse simplemente en la desconocida voluntad de Dios.

"Si quieres ser tomado por lo íntimo de Dios y ser transformado en él, debes vaciarte de tí mismo, de toda propiedad, de toda inclinación, de toda actividad, de toda presunción, de todo modo en que te poseas a tí mismo; menos no es posible. ...Si Dios debe obrar verdaderamente en tí, debes estar en pura pasividad; todas tus potencias deben estar enteramente desposeídas de su actividad y afirmación propia y mantenerse en una pura renuncia de sí mismas, privadas de su fuerza propia y mantenerse en una pura y desnuda nada. Cuanto más profundo sea este aniquilamiento, tanto más esencial y verdadera será la unión. Si (esta nada del propio yo) se dejase tan esencial y puramente como en el alma de nuestro Señor Jesucristo -si fuese eso posible, que no lo es- sería la unión con Dios tan grande como en Cristo (mismo). Cuanto es el despojamiento, tanto es la divinización"  

Dios obra sin imagen, sin medios. Lo mismo el hombre. Cuanto más desnudo está de imágenes, cuanto más se interiorice, cuanto más de todo se ha olvidado, tanto más se acerca al modo de obrar de Dios. En tal sentido el divino Dionisio invita y exhorta a Timoteo, su discípulo, diciendo: "Tú, en cambio, Timoteo carísimo, ejercítate en la contemplación de lo divino. Deja los sentidos y las operaciones del espíritu, las cosas sensibles y las inteligibles, las que son y lo que no es. Únete a aquel que es sobre toda sustancia y toda ciencia. Encamínate a El dejando dormidas tus potencias, saliendo de ti mismo. De todas las cosas por completo liberado y puramente trascendiendo vuela al rayo suprasubstancial de la tiniebla divina. En desnudez total, en plena libertad". Así, así es de todo punto necesario desprendernos de las cosas. A Dios le disgusta actuar sobre representaciones de la imaginación. El actúa en el alma, en su misma esencia sin que nadie conozca su divino hornaguear.

¿En qué consiste la desnudez espiritual? Consiste para el hombre en separarse por completo de todo lo que no es pura y simplemente Dios, ver si Dios sólo es el objeto de su intención. Si descubre algún otro deseo no relacionado con Dios, que lo corte y eche fuera. Esto, por lo demás, no es exclusivo del hombre noble y consagrado a la vida interior. Es deber de toda persona honrada. Hay, en verdad, muchas y honradísimas gentes que hacen cosas muy laudables, pero que no saben nada de la vida interior. Tienen asimismo obligación de examinar aquello que les podría separar de Dios a fin de abandonarlo por completo. Tal desapego es absolutamente necesario para quien desee recibir al Espíritu y sus dones. No ha de buscarse más que a Dios y desasirse de todo aquello que le desagrade.  

sábado

La muerte del ego en la mística dominica de Tauler

Johannes Tauler nació en Strassburg, Alemania, cerca del año 1290. Discípulo del gran místico y predicador Johannes Eckart, fue uno de los más prominentes representantes del misticismo dominico renano, y sin duda uno de los mayores predicadores de su tiempo.
Se dice que su don de la predicación era tan grande que “toda la ciudad pendía de sus labios”. Usaba de un lenguaje sencillo, y traía gran consuelo al corazón de sus oyentes con el mensaje del evangelio, en días muy difíciles. Predicaba la necesidad de arrepentimiento, mostrando que Jesús mora en el corazón de todos los creyentes.
Tauler fue, a la par de otro gran místico dominico -Suso-, uno de los más grandes apóstoles del recogimiento en la convulsionada Alemania del siglo XIV, y uno de los más ardientes apóstoles del renunciamiento.
Su doctrina se sintetiza con exactitud en algunos aforismos suyos afilados
como la hoja de un cuchillo:
“La alegría, el placer, la dulzura, la satisfacción no deben penetrar en el fondo de tu alma. Todas estas cosas deben pasar y correr con los actos que las producen, sin detenerse en ti. Debes hacer morir en ti la criatura y el placer que ella te proporciona…colócate por encima de todas las cosas hacia las cuales te sientes atraído.”
Más brevemente aún:
“Apresúrate a entrar nuevamente en ti mismo y olvídate todo cuánto has visto y oído…En aquello que renunciares hallarás a Dios; donde tú ya no eres, Dios ES”.
La mística de Suso se había enfocado en una suerte de identificación plena y compenetrante con los padecimientos de la cruz o de la Dolorosa como vía de ascenso espiritual.
Tauler, en cambio, mas que de los padecimientos físicos de Nuestro Señor, parece atraído mas bien por sus penas morales, en particular por el abandono del Padre, que algunos estudiosos se han atrevido a compararlo a una especie de pena de daño, como ocurre por ejemplo en la “Exercitatio super vita et passione Christi”.
El alma mística de Tauler como en el solitario verdor de Groenendael (Ruysbroeck, autor del “Espejo de la Salvación Eterna”), no podía menos que buscar en sus experiencias algo que lejanamente le insinuase una pequeña idea de los tormentos de Cristo implorante: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
Sobre el origen sobre su convencimiento de la muerte del ego como vía mística, se cuenta de él que cierto día, quedó muy sorprendido cuando un humilde suizo, perteneciente a la Sociedad de los “Amigos de Dios”, llamado Nicolás de Basle, atravesó las montañas, entró en su lugar de culto, y le dijo:
"¡El Dr. Tauler necesita morir! Antes de que pueda hacer su mayor trabajo para Dios, para el mundo y para la ciudad, el señor necesita morir para sí mismo, para sus dones, su popularidad y hasta incluso su bondad, y cuando hubiere aprendido el total significado de la cruz, tendrá un nuevo poder ante Dios y los hombres".
Al principio él se sintió ofendido con esta intromisión, pero por fin dejó su púlpito por algún tiempo, y se recogió para meditar, orar y hacer un examen de su corazón. A medida que la visión de volvió más clara, él vino a reconocer cuánto de su ministerio había sido inspirado por el arraigado deseo de impresionar, no simplemente por amor a Cristo, sino procurando mantener y aumentar su propio prestigio.
Finalmente, acabó por dejar la “gloria de la vida mortal” al pie de la cruz, y resolvió tener un solo objetivo, sólo uno, Jesucristo y éste crucificado. A partir de aquel momento su predicación comenzó a ayudar a las personas como nunca lo hiciera antes.
A él le debemos una de las frases más bellas de la mística cristiana:
"Dios es infinito y sin final, pero el deseo del alma es un abismo el cual no puede ser llenado sino por el bien que es infinito: y mientras más ardientemente el alma se extienda hacia Dios, mas permanecerá ante El; pues Dios es un Bien sin límites, y un pozo de agua viva sin fin, y el alma esta hecha a su imagen y semejanza y por lo tanto esta creada para conocer y amar a Dios."