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viernes

¿Dónde se esconde el verdadero fascismo?

Leo Strauss distinguía, en los libros escritos por los filósofos, una escritura esotérica de otra exotérica. Consideraba que el filósofo no podía afirmar ciertas cosas con toda claridad, y por eso debía ocultarlas a través del arte de escribir entre líneas. Este modo de escribir es una defensa que el filósofo ejerce frente a la sociedad política la cual, apenas percibe la más mínima diferencia de su pensamiento respecto de lo consagrado como verdades indiscutibles, seguramente toma represalias.
Ahora bien, ¿es nuestra sociedad una excepción? Consideramos que no lo es. La sociedad actual ejerce un férreo control sobre el pensamiento de sus ciudadanos. Ni bien uno de ellos se aparta del credo oficial debe soportar serias consecuencias. De inmediato se aplicará a esa persona el calificativo de fascista. Señala al respecto Del Noce: «Se crea, pues, el mito del fascismo, en el que es situado un adversario moral que no tiene nada que ver con el fascismo histórico. A través de la transfiguración mítica, el concepto de fascismo se ha ampliado lo más posible; de forma que cualquiera puede ser acusado de fascista (…) Mediante la identificación del fascismo con el mal radical –que por lo tanto no puede tolerarse– y mediante la mitificación antedicha, se ven los restringidos límites a que queda reducido el pluralismo cultural y político (…) Lo que se hace en realidad es convertir el fascismo en una especie de categoría eterna, en el mal radical: es decir, de la interpretación histórica del fascismo se pasa a la interpretación demonológica»[1].
A esta altura no son pocas las preguntas que nos asaltan. Consideramos, por lo pronto que es necesario formularnos las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que en realidad se entiende por fascismo?, ¿tiene algo que ver esta concepción de fascismo con el fascismo histórico que nació el 23 de marzo de 1919 y murió el 25 de abril de 1945?, ¿cuál es el credo de la actual sociedad y cuáles son sus verdaderos enemigos?, ¿cuáles son las causas que lo han producido?, ¿de qué medios se vale la actual sociedad para disciplinar a sus ciudadanos?
1. El mito del fascismo
Ernst Nolte ha señalado que el fascismo se halla inserto en el vasto fenómeno de la secularización, es decir, dentro de aquel proceso dentro del cual ya no queda un lugar reservado para Dios[2]. El fascismo tiene su punto de partida en el escrito de Gentile titulado La filosofia di Marx. En esta obra, Gentile se propone inverare (conferir verdad, hacer verdadero) a Marx. Esta operación consiste en quitarle al marxismo todo resto de materialismo. Para Gentile, hablar de materialismo dialéctico es una contradicción en los términos. De allí que proponga sustituir el materialismo dialéctico por una filosofía que haga del pensar la única realidad a la que puede adjudicarse la dialéctica. Así, entonces, surge el actualismo, esto es, aquella filosofía que afirma que la única realidad es un Yo cuyo ser consiste en un continuo farsi (hacerse). Esta filosofía es una filosofía de la praxis o del devenir que se encuentra en las antípodas de una filosofía del ser, propia, ésta, de diversas metafísicas elaboradas en Occidente.

Como podemos apreciar, la filosofía de Gentile, el actualismo, es una filosofía absolutamente inmanentista que declara la imposibilidad de la existencia de una realidad que se encuentre más allá de este mundo. Esta doctrina, que se traduce en un praxismo carente de toda verdad que pueda guiar la acción humana individual y política, ha sido propia del fascismo. Esta filosofía gentiliana, esencialmente revolucionaria, fue seguida, de modo absolutamente coherente, por Antonio Gramsci. Tanto Gentile como Mussolini no fueron totalmente fieles a la misma por cuanto consideraron que una revolución total resultaba imposible y que, por eso, era necesario llevar a cabo ciertos compromisos que hicieran posible una evolución hacia una nueva forma de sociedad que conservase cosas del pasado pero con una “cara” radicalmente diversa. Ejemplo de ello es la religión. Para Gentile era menester conservarla pero no ya como una religión que religue al hombre con un Ser distinto del mundo sino que lo una a un Dios que es inmanente al devenir histórico. Para Gramsci, en cambio, la filosofía de la praxis, siendo fiel a su esencia, debe borrar toda cosa del pasado de modo radical. Como podemos apreciar, Antonio Gramsci es un continuador riguroso de la filosofía gentiliana. Al respecto señala Del Noce que Gramsci, creyendo encontrarse con Marx, en realidad se topó con Gentile.
Ahora bien, como podrá colegirse, tanto el marxismo como el fascismo se mueven dentro del mismo horizonte ideológico: una filosofía de la praxis o del devenir que ha dejado a la realidad huérfana de toda instancia de eternidad.
Pero entonces, ¿cómo se califica de fascistas a todos aquellos que sostienen un pensamiento religioso o metafísico?, ¿no estarían, acaso, en las antípodas del pensamiento fascista? Ciertamente que lo están. En este sentido, el autodenominado antifascismo no es sino la continuación rigurosa, esto es, revolucionaria, de la filosofía fascista. Pero este antifascismo, que en realidad es el fascismo en estado puro, tenía que considerar al fascismo, tal como lo señaló Giacomo Noventa, como un delito más que como un error ya que él mismo era partícipe de este último, y debía acusar de ese delito a los hombres que osasen asumir posiciones metafísicas o religiones reveladas (como en el caso de Occidente: la religión católica). De ahora en más, se va a englobar bajo el término fascismo a todas aquellas posiciones que se consideren represivas, es decir, toda postura que sostenga que existe una Verdad eterna a la que el hombre puede conocer aunque jamás agotarla. Este credo, del cual explicitaremos su contenido a continuación y que es el heredero más riguroso del fascismo, se ha impuesto por medio de la apropiación de la mayor parte de los medios de difusión cultural (editoriales, escuela, mass media, etc.), proponiendo una serie de valoraciones históricas y prácticas que, sí o sí, deberán asumirse como verdades reveladas por ser –se nos dice– antifascistas. En realidad son, como ya lo dijéramos, proposiciones de una filosofía de la praxis o del devenir, propia ésta de Giovanni Gentile y el propio fascismo. Todo aquel que intentare cuestionar dichas verdades será reducido, ipso facto, al silencio. En definitiva, como acertadamente lo señalaba Eric Voegelin, existe hoy un totalitarismo de las preguntas ya que hay una interminable serie de preguntas que están absolutamente prohibidas. El enemigo de la actual sociedad «abierta» no es el burgués y el capitalista sino todo aquel que no haya hecho de la filosofía del devenir o de la praxis su filosofía.
2. El credo de la sociedad «abierta»
Hemos afirmado que la sociedad actual ha asumido una filosofía de la praxis o del devenir la cual ha declarado la imposibilidad de la existencia de una Verdad más allá del devenir histórico. Desde esta filosofía se han acuñado una serie de categorías las cuales son como los nuevos mandamientos dentro de los cuales debe discurrir el intelecto humano si es que no quiere caer en la barbarie fascista (societas aperta dixit!). Una de ellas es el tan mentado «pluralismo». Este dogma no puede ponerse en discusión jamás. Si a alguno se le cruzare por la cabeza la peregrina idea de poner en duda que este pluralismo hace posible la legítima pluralidad, el mote de fascista le caería como el trallazo de un estigma, ya no como una marca del cuerpo como hacían los nazis con los judíos sino como una marca en el alma que lo haría indeseable para toda la sociedad.
El pluralismo es una posición filosófica que sostiene que la verdad no puede ser conocida por el intelecto humano. Si todo cambia, tal como lo sostiene la filosofía del devenir, le será imposible al intelecto humano aprehender una estructura inteligible de la realidad que tenga valor perenne. Por eso, el pluralismo sostiene que, ante una pregunta, toda respuesta tiene el mismo valor. Y lo tiene, en realidad, porque ninguna es capaz de responder adecuadamente a la pregunta. Entonces, ¿para qué seguir preguntándose? En realidad, el pluralismo cancela toda pregunta y toda respuesta y, por eso, clausura el pensar entendido éste como el diálogo del alma consigo misma. Ahora bien, sin pensar, ¿cómo le resultará posible al hombre ser diverso entre iguales? Cancelado el pensar, se obtura la libertad y, por eso, la pluralidad. En efecto, para el pluralismo, todos deben sostener lo mismo: que el hombre es incapaz de conocer la verdad y que, en consecuencia, el relativismo es la divisa que debe colgarse en el pecho. En lugar de afirmar la pluralidad se sostiene una unicidad absoluta que, por eso mismo, es totalitaria. Al respecto, y con toda claridad de las consecuencias a que lo conduce su relativismo, Gianni Vattimo refiere: «Si profeso mi sistema de valores –religiosos, estéticos, políticos, étnicos– en este mundo de culturas plurales, tendré también una conciencia aguda de la historicidad, contingencia, limitación de todos estos sistemas, comenzando por el mío»[3].
Este relativismo nihilista se difunde a través de una concepción sociologista que es otro de los dogmas intocables de la actualidad cultural. El sociologismo tiene su acta de nacimiento en la tesis VI de Marx sobre Feuerbach. Marx, en esta tesis, ha diluido el ser del hombre en el contexto socio–histórico. El hombre es, de ahora en más, un producto más de las relaciones socio–históricas. Su pensar y su querer son expresión del contexto socio–cultural en el que está inmerso, y no pueden siquiera ir más allá del mismo. Por eso, se afirma, todo conocimiento es cultural, o sea, no una expresión de lo que las cosas son, sino una manifestación de las necesidades de determinado contexto socio–histórico. De allí que las ciencias humanas, principalmente la sociología, todo lo expliquen. La filosofía, como conocimiento del orden eterno de las cosas, ha muerto. Sólo se admite la existencia de la filosofía como epistemología, que no pasa de ser una justificación racional del conocimiento científico.
Pero si todo es relativo, y el único conocimiento de que dispongo es la ciencia, (saber, éste, que ha renunciado al conocimiento de todo fin, incluido el fin propio del hombre), ¿qué valores han quedado en pie? Sólo los vitales. Lo que acabamos de decir se puede apreciar, de modo harto palmario, en la actitud de todos aquellos que se autodenominan «progresistas»: han renunciado a toda idea de revolución para abrazar un sociologismo totalmente funcional a una vida preocupada y ocupada en el acrecentamiento de bienes materiales en orden a la satisfacción de los valores de la vitalidad.
Ha llegado la hora de elaborar una reflexión verdaderamente crítica sobre todo lo acontecido: Y esta reflexión debe someter a una crítica severa a las categorías mediante las cuales la filosofía del devenir o de la praxis, nos han conducido al actual y disolvente nihilismo. Esto despejará el camino para que la inteligencia realice su actividad propia de leer dentro de las cosas para, de este modo, reconfigurar un orden socio–político al servicio del desarrollo pleno del hombre.
*
Notas
[1] Augusto Del Noce. Italia y el Eurocomunismo: una estrategia para Occidente. Madrid, Magisterio Español, 1977, pp. 48–49–100.
[2] Cfr. la importante obra titulada El fascismo en su época. Action francaise, fascismo, nacionalsocialismo. Madrid, Ediciones Península, 1967.
[3] Artículo «Postmodernidad». En Diccionario de Hermenéutica. Una obra interdisciplinar para las ciencias humanas. Bilbao, Universidad de Deusto, 1997, p. 645

domingo

La razón de un "extraño resultado": crítica tomista al criticismo kantiano


"Hasta aquí se ha creído que todo nuestro conocimiento debía regirse según los objetos, pero todos nuestros esfuerzos para decidir algo a priori sobre estos objetos por medio de conceptos, a fin de acrecentar así nuestro conocimiento, han quedado sin éxito en esta suposición. Ensayemos si no se obtendrá mejor resultado en cuestiones metafísicas suponiendo que los objetos deben regirse según nuestros conocimientos" (B 16, 33-37). A esta formulación explícita y enérgica de la hipótesis en cuyo estudio y demostración se ocupa en su totalidad la Crítica de la razón pura siguen unas reflexiones muy sorprendentes que sitúan al lector reflexivo ante interrogantes que versan sobre el mismo sentido e intención de la Crítica de la razón pura y sobre los presupuestos inexpresados que llevan al desconcertante "fracaso" de la "tarea emprendida".

Sigue diciendo Kant: "Esta tentativa consigue el resultado deseado y promete a la Metafísica, en su primera parte, la que no se ocupa más que de los conceptos a priori, y los objetos correspondientes y conformes a ellos que pueden ser dados en la experiencia, la marcha segura de una ciencia ... pero esta deducción de la facultad de conocer a priori da, para la primera parte de la Metafísica, un resultado extraño que es, al mismo tiempo, según toda apariencia, muy desventajoso para el fin de la segunda parte de esta ciencia. Este resultado no es sino la demostración de que no podemos nunca sobrepasar por el conocimiento los límites de la experiencia posible, lo que es, sin embargo, el asunto esencial de la Metafísica" (B 18, 30-33; 19, 15-25).

Extraño resultado el que nuestro conocimiento sobre las cosas que se ofrecen a nuestra experiencia no alcance a poder reconocerse como tal como alcanzando a conocerla por modo universal y necesario si no es a precio de reconocerse como no siendo "conocimiento de las cosas en sí mismas", sino sólo "como se nos muestran".

Resultado perjudicial respecto de lo "trascendente" al universo de la experiencia humana, que Kant reconoce como el "asunto esencial de la Metafísica", como conclusión de haber demostrado la imposibilidad para el entendimiento humano de traspasar más allá del objeto inmanente fenoménico. Perjudicial pero inconsistente y contradictorio, porque si no tuviésemos en nuestra conciencia de sujetos intelectuales y pensantes algún camino por el que nos fuese, de algún modo, alcanzable el sentido infinito del entender en cuanto entender, ningún hombre hubiera podido decir "Sólo sé que no sé nada", ni estaría en la filosofía humana, como tema a pensar, el del carácter "potencial", limitado y finito del entendimiento humano en cuanto humano.

Que el intento kantiano de "fundamentación de la Metafísica" concluya, extraña y perjudicialmente, en el hundimiento de la Metafísica es algo de lo que habrá que encontrar la razón en la propia obra del creador del "criticismo trascendental".

Martin Heidegger, en su Kant y el problema de la Metafísica -en que propuso la lectura de la obra kantiana no como una "teoría del conocimiento", sino como una "ontología fundamental"- sostiene que, para Kant, el conocimiento es también, esencial y primeramente, intuición. Alude al pasaje de Kant en que habla del conocimiento divino, hipotéticamente y ad hominem, notando que "todo su conocimiento debe ser intuición, y no pensamiento, que, en todo caso, manifiesta limitaciones" (B 71).

Si reconocemos que el pensamiento profundo de Kant está regido por el principio de la intuición, nos explicaremos que una tarea concebida, al parecer, en reacción contra el empirismo de Hume concluya en la concesión de todo lo que, en aquel empirismo, hundía y privaba de sentido al conocimiento del ente en cuanto ente, del alma humana sustancial y de Dios como ente primero y primera causa del ente.

Esta hipótesis podría resultar orientativa. Lo que aquí me propongo realizar es una reflexión sobre algunos pasajes centrales de Kant en que este empirismo vivido y presupuesto se ejerce en los intentos de caracterizar aquello que el propio Kant afirma que tiene que ser el centro de atención cuando queremos investigar el origen de nuestros conocimientos: "Si queremos investigar la razón interna de esta unión de la representación hasta el punto en que todas deben converger para recibir, finalmente, la unidad del conocimiento necesario para la experiencia posible, debemos comenzar, entonces, por la apercepción pura" (A 116).

Kant llama "apercepción pura" a la conciencia de mí mismo como pensante. En el pasaje titulado (en la segunda edición de la Crítica) "De la unidad originariamente sintética de la apercepción", escribe: "El yo pienso, o la conciencia de mi pensamiento, debe poder acompañar a todas mis representaciones; de otro modo, algo podría ser representado en mí sin poder ser pensado ... toda diversidad de la intuición está necesariamente en relación con el yo pienso, en el mismo sujeto en que se halla la diversidad. Pero esta representación se da en espontaneidad, es decir, que no puede ser considerada como perteneciente a la sensibilidad. La llamo "apercepción pura" para distinguirla de la empírica" (B 132).

Y, en una nota añadida a aquel pasaje, afirma: "La unidad sintética de la apercepción es el punto culminante al que se debe referir toda operación intelectual, incluso toda lógica, y toda filosofía trascendental. Es más, esta facultad es el entendimiento mismo " (B 134).

La audaz identificación de la apercepción pura con el entendimiento en un contexto en que va a decir Kant "la unidad de la conciencia es lo único que forma la relación de las representaciones a objetos y, por consiguiente, su valor objetivo; es lo que hace que las representaciones lleguen a ser conocimientos y sobre lo que descansa la posibilidad misma del entendimiento" (B 137).

Podría hacernos pensar, erróneamente por desgracia, que Kant había redescubierto la conciencia que un sujeto intelectual tiene de sí mismo, aquella "memoria de sí mismo" en acto que Santo Tomás recibió de San Agustín, como la raíz y origen fundante del entendimiento como facultad de conocimiento de objetos. Si pensáramos en esta línea, recordaríamos que también San Agustín expresa la dificultad de distinguir en la mente humana la memoria de la inteligencia, aquella por la que entendemos las cosas con un acto de pensamiento que forma en nuestra conciencia la palabra mental en que expresamos la esencia de lo entendido.

Tendremos que reconocer, no obstante, que Kant -que desconocía el pensamiento de San Agustín y el vigoroso sistema en el que Santo Tomás lo sintetizó con la doctrina aristotélica sobre el conocimiento humano- no acertó, en sus esfuerzos por precisar su pensamiento, ni a definir la pertenencia de la apercepción pura al ser del espíritu pensante humano ni a liberarse de los malentendidos simultáneos y correlativos del intuicionismo empirista de Hume ni del intuicionismo racionalista cartesiano.

Kant se enfrenta a Descartes, que afirmaba la intuición intelectual de la sustancia pensante en el cogito. El hecho de que existo, que percibo siempre que pienso, lo interpretó Descartes como una evidencia eidética y esencial, contra la que Kant ironizaba diciendo que "Descartes hubiera tenido que reconocer el carácter de "ente necesario" a todo ente pensante". Pero, en su crítica a Descartes, quedó lejos de las precisiones que formularía nuestro Jaime Balmes al distinguir la verdad de hecho de la existencia del yo del pensamiento esencial sobre la naturaleza del alma.

En la polémica kantiana contra Descartes, se puede advertir que, en la negación de la intuición intelectual en la res cogitans, se contenía también para Kant la negación de la cognitio de anima secundum quod habet esse in tali individuo -de carácter perceptivo e inmediato, pero no propiamente intuitivo- que Santo Tomás distinguía claramente de la intelección de la esencia del alma -ésta de carácter discursivo y originándose en la reflexión sobre la naturaleza de las especies inteligibles presentes en el hombre como principio de conocimiento de las naturalezas de las cosas sensibles.

Descartes atribuía al hombre lo que Santo Tomás afirma en las substancias separadas o ángeles. Kant, que negaba esto con razón, no acertaba a reconocer aquella experiencia existencial que acompaña a todo acto de conocer objetivo y que, como veremos en entregas posteriores, es, para Santo Tomás, el lugar connatural de la luz inteligible que, en la conciencia humana, ilumina las imágenes sensibles para formar, a partir de ellas, aquellas "especies inteligibles". Es estremecedora la lectura de otra nota de Kant sobre el texto que, en la segunda edición de la Crítica, trata de los "Paralogismos de la razón pura", es decir, discute la validez especulativa de los conocimientos racionales sobre el alma humana. Vamos a leer íntegramente esta nota, en la que se percibe una reflexión realizada durante años:

"El yo pienso es, como se ha dicho, una proposición empírica, y contiene la proposición yo existo. Pero yo no puedo decir: todo lo que piensa existe; pues, entonces, la propiedad de pensar haría de todos los seres que la poseen entes necesarios. Por consiguiente, mi existencia no puede ser concluida de la proposición yo pienso, como Descartes lo ha creído (puesto que, en otro caso, la mayor "todo lo que piensa, existe" debería preceder, pero mi existencia es idéntica al cogito. Esta proposición expresa una intuición empírica indeterminada, es decir, una percepción (y, por consiguiente, muestra que ya la sensación, que pertenece a la sensibilidad, sirve de fundamento a esta proposición enunciativa de la existencia; pero precede a la experiencia, que debe determinar el objeto de la percepción en relación con el tiempo por medio de las categorías. La existencia ya no es aquí una categoría que se refiera, no a un objeto indeterminado dado, sino a un objeto del que se tiene un concepto y del que se quiere saber si existe o no; del que se quiere saber también si existe o no fuera de este concepto".

(Recordemos el sentido en que sostuvo Kant que "la existencia no es un predicado real", es decir, que no es un caracter a añadir a los que constituyen la definición de una realidad. Aquí, Kant da a la existencia un significado heterogéneo con el desarrollado al tratar del sistema de las categorías).

"Una percepción indeterminada no significa aquí sino algo real que es dado ..."

(Desde el principio de sus planteamientos, Kant había dicho que los objetos son dados a una facultad intuitiva sensible, mientras que, por el entendimiento, son pensados. La sensibilidad es receptiva y el entendimiento es espontáneo. Pero aquí nos habla de que la existencia del yo es algo real dado, para añadir que es dado al pensamiento en general).

"... por consiguiente, no como fenómeno, ni como cosa en sí (noúmenon), sino como algo que en la cosa existe y que, en la proposición "yo pienso", es designado como tal, pues hay que notar que, si he llamado a la proposición "yo pienso" una proposición empírica, no he querido decir, por ello, que el "yo" sea, en esta proposición, una representación empírica. Es, más bien, una representación intelectual, porque pertenece al pensamiento en general. Pero, sin una representación empírica que da materia al pensamiento, el acto "yo pienso" no tendría lugar y lo empírico no es sino la condición de la aplicación o del uso de la facultad intelectual pura" (B 422-424).

Mientras que, en el párrafo veinticinco y en la correspondiente nota, se ha partido de la afirmación de que el "yo pienso" es un acto de la espontaneidad y no una intuición empírica del yo fenoménico, pero se terminaba sumergiendo la misma conciencia del yo bajo lo fenoménico, Kant comienza aquí por afirmar el carácter empírico de la proposición "yo pienso" para afirmar después su anterioridad a la experiencia, presentar la existencia "dada al pensamiento en general" como algo real existente inmediatamente conocido como tal, y acabar matizando y propiamente corrigiendo la tesis del carácter empírico del "yo pienso" para poner en la experiencia sólo una condición del uso de la facultad intelectual pura, a la que se da el mismo yo pensante como real y existente.

Al decir Kant que "el yo pienso precede a la experiencia" está descubriendo el caracter "trascendental" de esta experiencia existencial del yo. Podríamos pensar que estaba dándose cuenta de que "la mente, antes de abstraer de las imágenes, tiene una noticia habitual de sí misma, por la que es capaz de percibirse en su ser", como afirma Santo Tomás en De Ver. Qu. 10, artº 8, ad primum. Diríase también que, puesto que la mente humana se percibe existir al pensar algo en acto (De Ver. Qu. 10, artº 12, ad septimum), también Kant podría haber visto que la capacidad que por sí misma tiene la mente, por su esencia, antes de recibir de las imágenes, para esta percepción de sí misma, le da aquella "luz" habitual que Santo Tomás afirmaba en la mente humana siguiendo a Aristóteles y a la que llamó "entendimiento agente".

Pero, al estar alejadísimo este cuadro de conceptos desprestigiado e incomprensible en la modernidad filosófica, era imposible para Kant llevar a plenitud el hallazgo de la trascendentalidad del yo cognoscente, afirmando de nuevo el tradicional "pre-cognito" de la trascendentalidad del hombre, individual, concreto y existente.

Nicolás Berdiaef notó que "la teoría del conocimiento derivada de Kant sustituye el problema del hombre y de su posibilidad de conocer el ser por el problema de la conciencia trascendental, por el problema del sujeto gnoseológico ... cuando, en realidad, la cuestión fundamental del conocimiento es la de la relación que media entre la conciencia trascendental o sujeto gnoseológico y el hombre, la persona humana viva y concreta" (La destinación del hombre, José Janés Editor, Barcelona, 1947).

Parece que hay que concluir la ausencia, en el pensamiento kantiano, del preciso cuadro de conceptos que había elaborado Santo Tomás, y que, desde siglos, se había perdido en los mismos intuicionismos escolásticos y en las corrientes modernas que conocemos con los nombres de empirismo y racionalismo.

Kant no llegó a comprender el acto de conciencia como posesión del yo en su ser, sino que vaciló entre las opuestas dimensiones de una interpretación empírica o fenoménica, atribuida al sentido interno bajo la forma del tiempo, o la representación formada por la espontaneidad activa del pensamiento, interpretando sólo la conciencia como el acto de pensamiento por el que me pienso a mí mismo.

El predominio del entendimiento como conocedor de objetos sobre su dimensión de posesión íntima del yo en acto invalidó el reconocimiento de la naturaleza intelectual, íntima y no objetiva, de la conciencia del yo en su ser. Quedó, de nuevo, sin resolver, a pesar de su luminosa crítica al cogito cartesiano, la interna conexión entre la conciencia del yo existente y el conocimiento intelectual objetivo, que había dado un sentido verdadero a la doble afirmación de la apercepción pura como la base originaria del entendimiento o como el entendimiento mismo.

Desarrollé esta crítica tomista al criticismo trascendental kantiano en mi obra Sobre la esencia del conocimiento (PPU Barcelona, 1987). En la presentación de la misma, el profesor Eusebio Colomer, tan reconocido como competente historiador de la filosofía, escribió:

"Canals pone, decididamente, en el "haber" de Kant la fundamentación de la universalidad y necesidad del conocimiento intelectual en el carácter activo del sujeto y, en conexión con esto, la afirmación capital de la autoconciencia como condición última de posibilidad del conocimiento de objetos, subrayando, no obstante, como "debe" gravoso, la escisión de la conciencia entre un yo puro, consciente de su existencia -mas sólo a modo de un sujeto lógico-trascendental del conocimiento- y un yo empírico, que sólo se conoce a sí mismo en su cara fenoménica y no según su realidad en sí o nouménica. Kant, entonces, fue incapaz de reconocer la autoconciencia como autoposesión del yo según su ser, enraizada constitutivamente en la sustancia espiritual de la mente. Y es exactamente aquí en donde estaba en juego el éxito o el fracaso de su crítica. En último término, es en este desconocimiento del ser de la mente en donde hay que situar la raíz del fenomenismo, esto es, de la sustitución de la unidad clásica de conocimiento y ser por la unidad de conocimiento y apariencia"

"Hay que reconocer que Canals toca aquí el punto más crítico del kantismo: la existencia del yo trascendental es dada, efectivamente, en la autoconciencia como algo real y no como puro fenómeno. Se trata de una existencia muy diferente de la que Kant atribuye a los objetos de la experiencia ... en última instancia, es sobre este sujeto "trascendental" pero bien "real", presente y actuando en todo hombre, en cada sujeto "empírico", en el que se apoya y aguanta su obra entera. Canals tiene razón: todo depende de aquí. La afirmación o la negación de la subsistencia en sí de la mente y de la mente individual es el lugar decisivo en donde se cruzan los caminos que conducen, respectivamente, a Santo Tomás y a Kant, y podríamos también añadir a Hegel" (Colomer, Eusebi "Entorn del llibre de Francesc Canals Vidal Sobre la esencia del conocimiento" en Espíritu. Cuadernos del Instituto filosófico de Balmesiana, vol. XXXVII. Barcelona, enero-junio 1988, pp. 83-88).

Kant, heredero de los malentendidos "intuicionistas" del empirismo y del racionalismo, se sentía también íntimamente inclinado a tomar como "descubrimientos" los que hubieran podido ser "redescubrimientos". Estaba ajeno a su horizonte cultural el reflexionar sobre el hecho de que, en el aristotelismo, los modos de predicación son el criterio para establecer la división del ente en sus categorías: "De tantas maneras como el ente es dicho, de tantas se significa que algo es y, por esto, las divisiones del ente serán predicamentos, porque se distinguen según el distinto modo de predicación" (cfr. Santo Tomás In Met.nº 890) o que Santo Tomás hubiese afirmado que "lo entendido se comporta como algo constituido y formado por el acto de entender" (De spirit. creat. Qu. única, artº 9, ad quintum).

Pero la razón última y profunda del vaciado logicista del yo trascendental, que Kant convirtió en un "ente de razón" constituido por la referencia al objeto de un sujeto reducido a relación de conocimiento, está en que era incapaz de descubrir el acto de ser por el que subsiste el hombre personal, y en el que Santo Tomás hacía consistir nada menos que aquella "vuelta sobre sí mismo" que no es sino la subsistencia en sí misma. No pudiendo pensar el ser como acto -lo que, según Báñez, ni siquiera los tomistas querían oír-, tampoco pudo comprender el conocer sensible e intelectual como "cierto ser", tal como se esforzaba Cayetano en "meter en la cabeza de los que filosofan". Totalmente ajena a su horizonte la naturaleza comunicativa del acto, no podía reencontrar la naturaleza locutiva del acto intelectual, aquella por la que la palabra expresada por el hombre es el "elemento" y lugar natural de la manifestación de la verdad del ente.

Al estudioso que atienda a estas sugerencias le ofrezco, en el siguiente envío, un estudio sobre el entendimiento agente en el que podrá encontrar textos explícitos de la afirmación, por Santo Tomás, de la trascendentalidad del hombre, por la que su pensamiento tiene el interno destino de manifestar el ente en su verdad.

Francisco Canals Vidal

jueves

MIGUEL SERVET Y LA INQUISICIÓN CALVINISTA

LA POCO CONOCIDA AVENTURA DE UN GRAN CIENTÍFICO Y MEDIOCRE TEÓLOGO

Todavía hoy son muchos los que, al tratar de la vida y la muerte de Miguel Servet (humanista, científico, teólogo, hombre de muchos concimientos y famoso en su época) confunden o parecen confundir aspectos tan importantes de su vida como quién le mandó matar y porqué se le perseguía, dando la impresión de que fue la Inquisición Católica la que lo ejecutó y que se le perseguía por ser científico de teorías nuevas. Nada más lejano a la realidad. La vida de Miguel Servet es interesantísima, sobre todo si lo que se busca es la verdad histórica.

Se coincide en general hoy en día en situar el lugar de nacimiento de Servet en Villanueva de Sigena, aunque hay investigadores que mantienen la opinió
n, de que nació en Tudela (Navarra), basándose en los documentos en que Servet se atribuía dicho origen mientras mantenía en Francia la falsa identidad de Michel de Villeneuve, que haría alusión a su localidad natal, Villanueva de Sigena, donde se conserva la casa familiar, hoy convertida en centro de interpretación. Fue hijo de Antón Serveto, noble infanzón y notario del Monasterio de Sigena, y de Catalina Conesa, que por línea materna descendía de la familia judeoconversa de los Zaporta. Tenía dos hermanos menores: Pedro, quien continuó con la notaría paterna, y Juan, que fue ordenado sacerdote.

Joven con dotes sob
resalientes para las letras y gran conocedor del latín, griego y hebreo, Miguel abandonó su población de origen para ampliar estudios, probablemente en Lérida. Es aceptado como pupilo por fray Juan de Quintana, quien llegaría a ser confesor de Carlos I. Tras una estancia en Toulouse (Francia) para realizar estudios de Derecho, donde entra por primera vez en contacto con círculos próximos a la Reforma, viaja con Quintana por Italia y Alemania, como parte del séquito imperial, y presencia la coronación de Carlos V como emperador en Bolonia (1530).

Posteriormente abandona a su mentor e inicia un periplo por varias ciudades de Centroeuropa afines al naciente protestantismo. Establece una relación cada vez más difícil y polémica con algunos líderes reformadores, como Ecolampadio de Basilea, y se dirige más tarde a Estrasburgo, donde se relaciona con Bucer, y a Hagenau (ciudad alsaciana entonces perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico).

En 1531 publica De Trinitatis Erroribus (De los errores acerca de la Trinidad), que produjo gran escándalo entre los reformadores alemanes y fue prohibido en Estrasburgo, Basilea y Barcelona. Tampoco caló bien en su patria, ya que Servet tuvo la osad
ía de enviar una copia al obispo de Zaragoza, quien no tardó en solicitar la intervención de la Inquisición. El año siguiente publicó Dialogorum de Trinitate (Diálogos sobre la Trinidad), acompañado de una obra suplementaria, De Iustitia Regni Christi (Sobre la Justicia del Reino de Dios). Otro opúsculo de esta misma época, aunque de datación imprecisa, es Declarationis Iesus Christi Filii Dei (Declaración de Jesucristo Hijo de Dios), también conocido como "Manuscrito de Stuttgart".

En su obra acerca de los errores acerca de la Trinidad, dividida en siete "Libros" o capítulos, Servet argumenta que el dogma de la Trinidad carece de base bíblica, ya que no se halla en las Escrituras sino que es fruto posterior de e
lucubraciones de "filósofos". Basándose en abundantes citas de la Biblia, Servet concluye que Jesús es hombre, hijo de Dios, y en definitiva Dios mismo. Es hombre en tanto que nacido de mujer, por más que su nacimiento fuese milagroso. A su vez, Jesús es hijo de Dios en tanto que su nacimiento es el fruto de la fecundación por el Logos divino de la Virgen María.

Niega así Servet, por tanto, que el Hijo sea eterno, ya que fue engendrado como tal en la encarnación, aunque es divino por gracia de Dios, su Padre. Tampoco es, pues, una Persona de la Trinidad, cuya existencia niega vehementemente definiéndola como "tres fantasmas
" o "Perro Cerbero de tres cabezas". Asimismo califica a los que creen en tal doctrina como "ateos, es decir sin Dios" y "triteístas". A su vez, el Espíritu Santo no sería una tercera Persona trinitaria, sino la fuerza o manifestación del espíritu de Dios tal como actúa en el mundo a través de los hombres.

Obra de tamaño y ambición inferiores a Errores..., los Diálogos sobre la Trinidad, está estructurada en dos "Libros" como una conversación ficticia entre dos personajes: "Miguel" (el propio autor) y un tal Petrucho. Según Servet, la escribe para despejar las dudas e inquietudes sembradas por su obra anterior, que a su juicio se deben "a mi propia impericia y a la negligencia del tipógrafo". A diferencia de lo afirmado en Errores..., Servet dice que Jesús no es sólo divino por gracia, sino también por naturaleza, aunque aclara que sólo en tanto que participa de la susta
ncia divina de su Padre.

A su vez, en el opúsculo De la Justicia del Reino de Dios incluido al final, explica entre otras cosas la complementariedad entre fe y caridad, pues, aunque la justificación del creyente es sólo por la fe, la caridad y las buenas obras son encomiables y complacen a Dios, aspecto en el que se diferencia claramente de Lutero y otros reformadores protestantes. Finalmente, al final se encuentra uno de los textos por los que Servet es considerado como adalid de la tolerancia y la libertad de conciencia, ya que afirma que "ni con estos ni con aquellos estoy de acuerdo en
todos los puntos, ni tampoco en desacuerdo. Me parece que todos tienen parte de verdad y parte de error y que cada uno ve el error del otro, mas nadie el suyo... Fácil sería decidir todas las cuestiones si a todos les estuviera permitido hablar pacíficamente en la iglesia contendiendo en deseo de profetizar".

Miguel Servet se dirige a Lyon. Había estado brevemente en París, donde un encuentro previsto pero finalmente no efectuado con Calvino, se transforma en el inicio de una relación epistolar entre ambos. Servet llega a Lyon con una nueva identidad, Michel de Villeneuve, supuestamente originario de Tudela de Navarra, para evitar las persecuciones de la Inquisición española. Estuvo empleado en una imprenta, primero como corrector de pruebas. En 1535 le encargaron la publicación y ano
tación de la Geografía de Claudio Ptolomeo, lo que llevó a cabo dando pruebas de su gran erudición. En Lyon fue la etapa más feliz de su vida. Conoció al médico Symphorien Champier, quien le anima a estudiar Medicina y fue a París.

En 1537 se matricula en la Universidad de París para estudiar Medicina. Allí estudia junto a los grandes médicos de la época, enseñando Matemática y Medicina en la Universidad. Sin embargo, pronto se encuentra en dificultades, puesto que dicta un curso de Astrología, en el que defendía la influencia de las estrellas en los eventos futuros (astrología judiciaria), lo cual, junto con un opúsculo en el que describe el uso de jarabes para administrar los remedios de la época, le enfrenta con la comunidad universitaria.

Deja de nuevo París y reside en diversas localidades de Francia, hasta que en Lyon se encuentra con el arzobispo de Vienne (Viena del Delfinado), Pedro Paulmier, al que había conocido previamente en París. De esta forma entra a su servicio como médico personal (1541).

En Vienne, Servet se dedica a proseguir sus estudios y publicaciones y prepara en secreto la que será su obra cumbre. Prosigue su correspondencia con Calvino, a quien envía una primera versión de su libro, Christianismi Restitutio (Restitución del Cristianismo), de carácter fundamentalmente teológico, en espera de sus comentarios (1546). El concepto de cristianismo ahí expuesto es cercano al panteísmo. Cristo está en todas las cosas. El mundo
está lleno con él. Se mostraba también contrario al bautismo de los niños, ya que el bautismo debe ser un acto maduro y consciente de discipulado cristiano, lo que le acerca a las posiciones anabaptistas. Sobre la edad adecuada para recibir el bautismo, sugirió seguir el ejemplo de Jesús: Jesucristo fue él mismo bautizado cerca de los treinta años.

Curiosamente el libro pasaría a la posteridad por contener en su «Libro V» la primera exposición en el Occidente cristiano de la función de la circulación pulmonar o menor: según Servet, la sangre es transmitida por la arteria pulmonar a la vena pulmonar por un paso prolongado a través de los pulmones, en cuyo curso se torna de color rojo y se libera de los vapores fuliginosos por el acto de la espiración. Servet sostenía que el alma era una emanación de la Divinidad y que tenía como sede a la sangre. Gracias a la sangre, el alma podía estar dise
minada por todo el cuerpo, pudiendo asumir así el hombre su condición divina. Por tanto, los descubrimientos relativos a la circulación de la sangre tenían un impulso más religioso que científico. De ahí que la descripción de la circulación pulmonar esté dentro de una obra de teología y no de una de fisiología. Para Servet no había diferencia entre ambos ámbitos, ya que todo obedecía a un mismo gran designio divino.

En respuesta, Calvino le conmina a leer su propio libro Institutio religionis Christianae (Institución de la Religión Cristiana), publicado en 1536. Servet leyó
el libro de Calvino e hizo anotaciones muy críticas en los márgenes del libro, devolviéndole la copia corregida, lo que desagradó enormemente al reformador, quien avisó que si Servet ponía los pies en Ginebra "no saldría vivo de ella".

Finalmente, Christianismi Restitutio es publicado anónimamente a principios de 1553, nuevamente con gran escándalo. Un calvinista de Ginebra escribe a un amigo católico revelándole que el autor del libro es el hereje Miguel Servet, oculto bajo la falsa identidad de "Villeneuve". Se sospecha que detrás de esta denuncia podría estar el propio Calvino, quien había tenido acceso al texto gracias al propio Servet. La Inquisición de Lyon recibe parte de la correspondencia intercambiada entre ellos, tras lo cual Servet es detenido, interrogado y encarcelado en Vienne. El 7 de abril, sin embargo, logra evadirse y el 17 de junio es sentenciado a muerte in absentia, siendo quemado en efigie.

Entre los muchos enemigos que tuvo Servet destacó Juan Calvino, quien fundó en Ginebra un estado autoritario de orientación protestante. Con referencia a este eclesiástico, el historiador Will Durant comenta: “La suya no fue una dictadura de derecho o fuerza, sino de voluntad y carácter”. Agrega que fue “tan severo como cualquier papa en rechazar el individualismo en las creencias”.

Es probable que Calvino y Servet se conocieran en París cuando ambos eran jóvenes. Lo cierto es que no tardaron en chocar. Calvino se volvió su enemigo más implacable. Tanto es así que, pese a ser este eclesiástico uno de los cabezas de la Reforma, terminó denunciando a Servet ante la Inquisición católica. A duras penas, el perseguido logró escapar de Francia, donde lo quemaron en efigie. Sin embargo, fue reconocido y detenido en la ciudad fronteriza de Ginebra, donde la palabra de Calvino era ley.

Calvino lo maltrató con crueldad en la cárcel. Durante el juicio, sostuvo con él un debate. Servet aceptó modificar sus opiniones si Calvino lo convencía con argumentos bíblicos, algo que éste no logró hacer. Concluido el proceso, el acusado fue condenado a morir en la hoguera. De acuerdo con diversos historiadores, fue el único disidente religioso al que los católicos quemaron en efigie y los protestantes en persona.

Posiblemente mientras iba rumbo a Italia, por alguna razón Servet acaba haciendo una estancia en Ginebra, donde fue reconocido en la iglesia donde predicaba el propio Calvino (13 de agosto). Tras ser detenido y juzgado por hereje (por su negación de la Trinidad y por su defensa del bautismo a la edad adulta), fue condenado a morir en la hoguera (26 de octubre de 1553).

La sentencia dictada en su contra por el Consejo (Petit Counseil) de Ginebra dice: Contra Miguel Servet del Reino de Aragón, en España: "Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes. Por estas y otras razones te condenamos, M. Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e Impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo". El día siguiente, 27 de octubre de 1553, Miguel Servet muere en la hoguera de los calvinistas.

Vía: Historia de la Iglesia

sábado

Consejos para un católico tradicional en una Universidad Moderna

POR MARTIN PATRICK HUGHES, Ph.D.
«¿Qué es verdad?»
(Juan 18:38). Esa es una pregunta interesante. La humanidad ha luchado con ella desde la caída de Adán y Eva. Una vez que perdimos aquellos dones que teníamos antes de la caída, la humanidad ha tenido que buscar (y luchar por) la verdad. Pilato, inconscientemente, fue directamente al quid de la cuestión cuando planteó su famosa pregunta a Cristo. Los Evangelios no registran respuesta alguna por parte del Hijo de Dios mientras estuvo delante de Pilato. Pero ¿qué debía contestársele? La Verdad ahí estaba, justo enfrente del juez romano, pero éste no la vio. El centurión de los Evangelios la había visto. Los apóstoles la habían visto. La mujer samaritana la había visto. La mujer que fue prendida en adulterio; la innumerable cantidad de inválidos, leprosos y ciegos que Cristo había curado; las tres personas que Él levantó de entre los muertos: todos habían visto la Verdad. La fe es un don que cada hombre debe optar por aceptar o rechazar. Pilato, desafortunadamente, eligió mal.
Pero, desde otro punto de vista, la verdad siempre ha sido un concepto difícil para el hombre caído. Se cree que antes de la caída, Adán estaba dotado de grandes facultades, las cuales no podemos imaginarnos ni remotamente. Él nunca tuvo que luchar con el cálculo, con las leyes fundamentales de la física o con el teorema de Pitágoras. Se cree que él tenía un conocimiento detallado de todos los procesos de la naturaleza. Su conocimiento de la ciencia, de la mecánica del mundo material: todo era perfecto sin necesidad de estudiar. Entendía todo, desde la estructura del átomo hasta las leyes que gobiernan el cosmos. Como dicen, él lo tenía todo.
Pero tras la caída, el hombre no fue intelectualmente más que una sombra pálida de su antiguo ser. El hombre fue en un tiempo el depósito de todo conocimiento y sabiduría; ahora debe sufrir y trabajar duro para comprender cualquier cosa. Y ni siquiera es necesario aludir a las interminables generaciones que se han esforzado mucho con la química orgánica. Cuando yo tenía dos o tres años, me tomó semanas aprender cómo amarrar mis zapatos sin que el conejito se quedara atorado bajo el condenado arbusto. Ahora ya tienen velcro. ¿Acaso no es típico de nuestra naturaleza humana buscar siempre un atajo?
Pero no existen atajos cuando se trata de la educación. En un mundo cada vez más sofisticado, existe una creciente necesidad por la educación y el aprendizaje. Dicho de otro modo, en un mundo que se oscurece cada vez más intelectualmente por la oscura noche del error, existe una creciente necesidad por la llama iluminadora de la verdadera educación. Cristo nos ha dado este imperativo: «Que brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre, el de los cielos» (Mt. 5:16). Cristo nos ha pedido que seamos el modelo, que divulguemos el Evangelio de su verdad a todo el mundo. En la sociedad moderna, una de las mejores aseguranzas que tenemos de poder llevar a cabo ese mandato es consiguiendo una buena educación. Esta no es una empresa fácil. Todos los jóvenes católicos de hoy deben encarar un dilema difícil: necesitamos obtener una buena educación a fin de guiar a otros, por palabra y ejemplo, a la Verdad. Pero los mismos medios para obtener esa educación, a saber, las universidades y escuelas universitarias de hoy, representan una amenaza grave para nuestra fe católica. No es tarea fácil preservar los preciosos valores y creencias tradicionales que hemos recibido cuando estamos metidos de lleno en un ambiente que los ataca constantemente. Pero os aseguro, puede hacerse. Más aún, debe hacerse.
Quedarse sentado en casa y tomar un rol pasivo en el mundo actual simplemente no es una opción. Incluso para sobrevivir en tiempos modernos, si lo vemos desde un punto de vista material, requiere de una educación sana. Es muy difícil cuidar del alma propia cuando la necesidad apremiante es poner comida en la mesa familiar. Como dijo santo Tomás de Aquino, conviene tener una cantidad suficiente de bienes materiales, a fin de tener el tiempo y la capacidad para atender los menesteres de nuestras almas.
Quizá lo más importante, como trataré más adelante y con más detalle, sea lo absolutamente esencial de una educación sana para combatir las fuerzas del error en un nivel intelectual. Sin duda que ir a la universidad representa de suyo una amenaza a la salud del alma propia. Mas, esto no significa que debamos responder como el avestruz, enterrando nuestras cabezas en la arena y huyendo de los retos. Al contrario, debemos prepararnos para el reto de mantener viva la fe en un ambiente hostil. Los apóstoles y los primeros cristianos no retrocedieron ante la idolatría de Grecia y el libertinaje de Roma. Primero se formaron y luego enfrentaron el reto de divulgar el Evangelio a todas las naciones.
Cualquiera que intente hacerlo de otro modo, huyendo de los retos modernos; cualquiera que busque una huida pasiva, no entiende verdaderamente el llamado del Evangelio. A ellos se refería Cristo cuando habló del siervo que fue y enterró su talento. ¿De qué sirven los talentos escondidos y que nunca se usan? ¿De qué sirve un don que no es compartido para el beneficio de los demás? ¿De qué sirve la luz de la fe si se la esconde bajo el manto del respeto humano? El obtener una educación no es simplemente un medio imprescindible en la preparación para el reto de difundir la fe en el mundo moderno, sino que en sí es una oportunidad para difundir la luz de esa fe. Estos fueron los pensamientos que tuve cuando opté por ir a la universidad.

Una universidad pública

Mi primera decisión fue escoger una escuela. Fui a una universidad estatal en la zona donde vivía mi familia. Aunque había una universidad «católica» muy respetada más cerca de casa, me decidí por una escuela pública para evitar el modernismo y la herejía que hoy se enseñan en el sistema educativo superior católico. El obispo Fulton J. Sheen una vez aconsejó a un grupo de estudiantes católicos preparatorianos que les convendría ir a una escuela estatal donde tendrían la oportunidad de luchar por su fe, que ir a una universidad católica moderna donde lo único que obtendrían sería la versión diluida y modernista de la fe ya mascada para sus mentes desprevenidas. Eso fue hace 25 o 35 años; sin duda que hoy es peor.
Después de haberme matriculado, comenzó a apoderarse de mí un agradecimiento más profundo por mi educación católica, y por la enseñanza secundaria que recibí de los católicos tradicionales. Siempre estaré agradecido a mis padres por los tremendos sacrificios que hicieron para darle a mis hermanos y hermanas y a mí esa educación. Ha resultado ser una sólida base para mi fe. Una vez que entré a la universidad me di cuenta de cuán importante es la educación, y de cuánto debemos depender de ella. Quizá sirva aquí discutir algunas de las cosas que encontré en la universidad para demostrar qué tan importante es una buena educación católica.
En mi primer trimestre de universidad, me aconsejaron que comenzara a tomar los requisitos universitarios generales. Estos son una serie de cursos, en una amplia variedad de materias, que constituyen el núcleo de una típica educación en humanidades. La lista de cursos (y utilizo esa palabra holgadamente) de la cual se podía escoger era de suyo una denuncia de la educación superior en Norteamérica. Como señaló George Roche, presidente de Hillsdale College (Michigan), parece ser que los clásicos de la civilización occidental han sido echados por la ventana y sustituidos por personas del tipo de Jesse Jackson y los otros «iluminados» liberales de los últimos 30 años. Todas las obras de los «hombres blancos muertos» , desde Aristóteles hasta Aquino y Jefferson, todos los avances culturales de la sociedad occidental de los últimos 3000 años, todas las cosas que han engrandecido nuestra civilización, todo ha sido trágicamente reemplazado por los principios modernos de la doctrina liberal. Hoy, todas las decisiones en la educación superior, desde a quién contratar y despedir hasta qué cursos enseñar, cómo enseñar y qué cosas pueden enseñarse, todas estas decisiones descansan sobre los dictados de lo que Irving Kristol llama la «impura trinidad» de raza, sexo y clase. Así, además de materias como «Una introducción a la macroeconomía» y «literatura norteamericana», mi lista de cursos disponibles contenía tales clásicos como «Estudios femeninos», «Historia chicana» y otros testimonios similares del triunfante ascenso de la humanidad de aquella «Edad Oscura». Las discusiones informales que tuve con compañeros de clase revelaron que los «Estudios femeninos» eran simplemente un frente para el feminismo radical y para vapulear a los hombres; mientras que los «Estudios chicanos» meramente suministraban una tribuna improvisada a los individuos malamente educados de linaje hispano para despotricar contra los supuestos abusos del imperialismo norteamericano. Preguntadle a cualquier estudiante de casi todas las universidades: el mensaje del frente es que el pluralismo está sano y salvo en las universidades. Pero ya divago.
Para mis primeras dos clases de requisito, escogí el curso de economía y «Una introducción a la ética». ¿Ética? ¿En una universidad moderna? ¿Qué estaba pensando? Como ya había tomado un excelente curso de ética en mi clase de filosofía en preparatoria (y fue el futuro obispo Mark Pivarunas quien la enseñó), me sentí lo suficientemente capacitado para tantear el terreno. Al final, y para sorpresa de nadie, las nociones que el profesor tenía de la ética contrastaban nítidamente con lo que me habían enseñado en nuestro curso de preparatoria sobre la filosofía escolástica de santo Tomás de Aquino. El programa de nuestro curso universitario incluía una perspectiva general de la filosofía de cinco escritores diferentes del periodo de la Ilustración. Pensaríais que con cinco intentos, uno de ellos podría presentar algo razonable. Pero estaríais en lo equivocado. Terminamos con cinco puntos de vista diferentes, y todos puramente humanísticos; no obstante, estaban en total contradicción respecto a qué cosa es la «moralidad» y en qué se basa. Ninguno acertó. Ellos simplemente habían demostrado cuánto puede desviarse un hombre cuando no sigue la luz de la gracia, la inspiración del Espíritu Santo y la guía de la santa madre Iglesia. «La luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que hace el mal, odia la luz y no viene a la luz para que no sean vituperadas sus obras» (Juan 3:1-20).
Pero en cierto sentido, este curso puso en evidencia de una manera clara y convincente lo absurdo y lo falaz de estas teorías humanistas. De alguna forma u otra, todos ellos estaban de acuerdo en un punto en particular: el concepto de la autoridad moral tiene su fundamento dentro del propio hombre. No hubo alusión a una fuente externa de la moral, no hubo referencia a Dios: claro, estos filósofos eran «ilustrados». En su lugar, cada uno de ellos dijo con palabras diferentes que la humanidad es la fuente de la autoridad moral. Así, desmienten colectivamente lo que cada uno enseña individualmente. Después de todo, aquí tenemos cinco filósofos distintos, que mantienen el origen humano de la moral; pero que al explicar de qué se trata dicha moral terminan dándonos cinco versiones distintas de ella. Todos discreparon en cuanto a lo que es la moral cotidiana. Pero, si todos son humanos, y la humanidad es la fuente de la autoridad moral, ¿cómo puede haber desacuerdos en cuanto a lo que es la moral? Esto de por sí refuta la suposición básica sobre la que descansan sus argumentos, a saber, que el criterio para la verdadera moral se halla en la humanidad, dentro de la sociedad humana colectiva.
Este análisis es una aplicación típica de la filosofía escolástica. En un argumento, si las suposiciones son correctas, y la lógica (la línea de argumentación) también lo es, la conclusión producida será correcta. Sin embargo, si el supuesto o la lógica son incorrectos, las conclusiones serán incorrectas. Esto es lo que aprendí del obispo Pivarunas cuando estudiaba preparatoria. Pero ninguno de mis compañeros de clase tuvo el privilegio de tomar ese mismo curso de filosofía católica. Algunos de ellos sintieron que lo que se nos enseñaba en «Una introducción a la ética» estaba mal, mas ninguno de ellos podía decir por qué estaba mal. Al final del curso, cuando se había terminado el último examen, una chica joven le dijo al profesor: «¿Y qué se supone que debemos llevar a casa de este curso? Todos estos filósofos discreparon acerca de lo que es la moral. Es decir, ¿cuál es la diferencia entre lo bueno y lo malo?». El profesor contestó: «Bueno, tomemos el aborto como ejemplo». Luego le preguntó a uno de los estudiantes: «¿Qué pensáis sobre el aborto?». La respuesta fue: «Es decisión de la mujer». Luego le preguntó a otro alumno: «Está bien, siempre y cuando sea en las primeras etapas del embarazo.» Luego le preguntó a otro: «Es inmoral. Siempre es malo.» Otro estudiante contestó: «Está bien si se trata de casos de violación o incesto». El profesor obtuvo una respuesta diferente por cada alumno que le contestó. Luego se volvió a la señorita que había preguntado sobre la diferencia entre lo bueno y lo malo: «¡Bien, ahí está! ¡ahí lo tenéis!». «Pero ¿qué queréis decir con eso?», preguntó ella. El profesor llevó las manos a su cara y presionó sus dedos contra su mentón. Todos comprendimos que esta era la señal de que iba a hacer una declaración final y definitiva. Tras una pausa dramática para impresionar, se volvió hacia la estudiante y dijo: «Si para ti es bueno, es bueno para ti. Mas si para ti es malo, entonces es malo para ti. Así de sencillo».
Ese fue el resultado de las diez semanas de investigación intensiva para descubrir la base de la moral. ¡Todo se redujo a eso! ¿Qué tan simple puede ser? Yo me hubiera quedado atónito sino lo hubiera previsto. Pero podía sentir, literalmente, la frustración de todos los demás estudiantes del salón. Eran jóvenes de 18 o 19 años que ya no estaban conformes con la regla de «porque yo digo» de siempre. Ellos tomaron esta clase porque eran sinceros, realmente buscaban una filosofía de lo bueno y lo malo sobre la cual podrían basar sus vidas. Dios sabe que hasta ese momento no la habían encontrado paseando en los centros comerciales, o escuchando rock pesado. Me tomé un momento para mirar alrededor del salón tras la revelación de nuestro profesor. Estudié los rostros de aquellos estudiantes: eran rostros que revelaban confusión, frustración y una creciente apatía. Después de haber hablado con ellos supe que habían ido a esa clase y que habían invertido tanto esfuerzo para tener un mejor entendimiento del verdadero significado de la vida. Y cuando sus sinceros esfuerzos fueron finalmente recompensados con el mantra del hippy radical («¡Si se siente bien, hazlo!»), supieron que les habían dado gato por liebre.
Tuve muchas otras experiencias igualmente instructivas en la universidad. Conocí a muchas feministas, a muchos liberales, pluralistas, ecologistas radicales y seguidores de casi todos los matices de error con los cuales hoy se disfraza la falsedad. Un ecologista que conocí abogaba todo, desde dinamitar presas hasta poner «químicos esterilizadores» en el sistema de agua potable municipal. Tuve maestros que utilizaban el salón de clases para defender «el derecho de la mujer para elegir». Vi cómo se invirtió el proceso científico en la clase de biología, pero solo en lo tocante a la evolución. Ya no se usan los nuevos indicios experimentales para ajustar la hipótesis que está bajo investigación, es decir, si esa hipótesis tiene algo que ver con la «evolución», aunque sea poco. En su lugar, los resultados experimentales se distorsionan de cualquier manera posible para apoyar la evolución. Sin duda, al mismo tiempo que se le alude como la «teoría» de la evolución, se le ha concedido la categoría de «ley» y se le coloca en el mismo nivel que con la gravedad de Sir Isaac Newton. Hay muchas otras cosas que me encontré en la universidad, desde los que defienden la homosexualidad hasta a los comunistas encubiertos, pero estoy seguro de que he dicho lo que quería decir. Cualquiera que se aventure a la esfera de la educación superior debe prepararse para lo que le espera.

Una universidad católica

Después de graduarme de la escuela universitaria, comencé mis estudios de posgrado en la Universidad de Notre Dame. Así tuve la oportunidad de comparar tanto la educación superior pública como la católica. En el curso de posgrado, los estudiantes por lo general solo toman clases en su disciplina, por lo que afortunadamente no llegué a escuchar las herejías de la Iglesia moderna. Sin embargo, he visto y oído lo suficiente para contaros algo de lo que un joven o una joven puede esperar en una universidad católica moderna.
Tengo muchos amigos que estudian en Notre Dame, en Saint Mary’s College y en Holy Cross College. (Saint Mary’s es la escuela para mujeres contigua a Notre Dame, y Holy Cross es para estudiantes de tercer año que, al igual que Notre Dame, es asimismo dirigida por la Congregation of the Holy Cross. Ambas facultades se encuentran cruzando la calle de la universidad, a muy corta distancia, y tienen fuertes afiliaciones con ella.) He tenido muchas discusiones con ellos acerca de lo que se enseña en los cursos de teología, filosofía y sociología. Un compañero me habló de los debates que sostiene a diario con otros estudiantes y con su maestro, en los cuales ha tenido que defender la posición de la Iglesia respecto al aborto y el concepto del bien y el mal absolutos. Una chica que estudia teología como especialidad en St. Mary’s me contó de un incidente ocurrido en 1993, en el que una feminista renombrada fue invitada por la facultad de teología para que diera una conferencia a sus escolares. De las muchas declaraciones heréticas que hizo durante la discusión de mesa, la afirmación de que Nuestra Señora no fue una virgen es con mucho la más blasfema. Solo dos estudiantes protestaron. Nadie más hizo lo mismo. El solo pensamiento de que tan blasfema imprecación pudiera hacerse en una escuela que lleva el nombre de Nuestra Santa Madre es suficiente para causar náuseas.
Con solo hablar con varios estudiantes de estas facultades me he enterado de que muchos no creen en el infierno, y su concepto de la vida y la muerte recuerda, sospechosamente, a las creencias del misticismo oriental. El revisionismo histórico, aun en lo que se refiere a los acontecimientos históricos de la Iglesia más básicos, prolifera en Notre Dame y otras escuelas universitarias católicas. Una señorita con quien conversaba se sorprendió al saber que yo aún creía que ninguno de los apóstoles fue mujer. (¡Tal concepto era decididamente medieval!) Muchos estudiantes y maestros se han pasado los últimos años exigiendo que la administración universitaria reconozca a los grupos de gays y de lesbianas en el campus. (Dicho sea en su favor, la universidad se ha rehusado repetidas veces.) Prácticamente ningún estudiante cree en el dogma de «fuera de la Iglesia no hay salvación». ¿Y por qué lo han de creer? Se les está enseñando algo distinto en sus clases de teología. El concepto de la infalibilidad papal también ha sido destrozado miserablemente antes de ser presentado a la clase. El resultado de todos estos errores es que un escolar ahora define su propio catolicismo, y puede aceptar o rechazar las enseñas eclesiásticas como estime conveniente.
Esta situación en la Universidad de Notre Dame puede remontarse a su expresidente, el Reverendo Padre Theodore Hesburgh. Su libro autobiográfico, God, Country, Notre Dame [Dios, patria, Notre Dame], es verdaderamente fascinante en muchos aspectos, y debería ser leído por todo estudiante católico tradicional que se ha matriculado en una moderna universidad católica. Un lector con criterio hallará, por debajo del texto superficial, una narración de primera mano de la lucha entre los liberales y conservadores en la iglesia por el control de la educación católica. (Los liberales ganaron.) En el libro, esta lucha ideológica se encuentra perfectamente personificada por los choques entre el Padre Hesburgh y el Cardenal Ottaviani, defensor incondicional de la ortodoxia.
Una de las mayores victorias del campo liberal ocurrió en la «Conferencia Land O’ Lakes», celebrada en Wisconsin (1967). Fue organizada poco después del Concilio Vaticano II, y encarnó muy bien su espíritu revolucionario. Orquestada por el Padre Hesburgh, la conferencia fue una tentativa directa para librar a las universidades católicas en Norteamérica del control eclesiástico. Los liberales formularon la acusación de que la única manera de mantener la integridad académica e intelectual era cuando la mente estuviera libre de las restricciones de cualquier autoridad externa. Ellos acuñaron la frase «laicos o clericales», quizá en un intento por enredar las cosas, mas sus esfuerzos fueron una tentativa directa para ganar la independencia de la Iglesia. Esta afirmación de la libertad académica no es sino una sumisión al movimiento del librepensamiento renacentista.
Existen tantos elementos contradictorios en este tipo de pensamiento que es necesario delinearlos. Sobre todo, ¿cómo pueden estas universidades sostener una independencia de la influencia eclesiástica, y aún así seguir llamándose católicas? En segundo lugar, eso de independencia intelectual de toda autoridad es, en sí, una sumisión a otra autoridad, a la escuela del liberalismo librepensador. (Casi de igual manera, los que afirman que no hay moral crean una recién definida «moral del momento» propia y relativa, como ya se discutió arriba.) Cuando estas universidades echaron por la borda las ideas de la Iglesia tradicional, crearon un vacío que, así como el día sigue a la noche, pronto se llenó con otras ideas y otro modo de pensar. ¿Y cómo no iba a ser así?
Pero ¿cuáles son las ideas que han tomado su lugar? Nuestra breve mirada hacia las escuelas universitarias y universidades católicas nos ha proporcionado una respuesta aleccionadora. Los dirigentes de la educación católica superior en Norteamérica han capitulado a los gritos estridentes que proclaman las modas pasajeras del día. La cantidad ha sofocado la voz de la razón, y los argumentos que al presente están de moda han reemplazado a las firmes y probadas enseñanzas de los siglos.
Hoy está en boga tener una «mente abierta», mientras que la adhesión al principio de la moralidad absoluta, la fidelidad a la totalidad de las enseñanzas eclesiásticas y una entrega inflexible a la verdad han sido rechazadas junto con la misa latina.
¿Cuánta apertura de mente hay en eso? Los liberales que hoy tienen el poder en las universidades católicas, o los internos que dirigen el manicomio, por así decir, están prontos a seguir el ejemplo de sus cohortes en las escuelas estatales acatólicas. Por cierto, tienen un concepto interesante de la «apertura de mente». Como dijo George Roche: «En algunos campus, la diversidad va desde el maoísmo hasta el estalinismo». Mientras que las ideas de los famosos «hombres blancos muertos» son criticadas constantemente, está prohibido ofender a las feministas, a los comunistas a los búhos reales o a cualquier otro grupo protegido. Así, mientras ellos expresan estridententemente su autonomía de toda influencia eclesiástica, al mismo tiempo se encadenan servilmente a la implacable tiranía de lo socialmente adecuado. Ellos condenan a todo el que no abandona el estandarte de la enseñanza católica tradicional; con todo, exhiben una sorprendente presteza al ser los primeros en subirse al tren cuando se trata de abrazar a quienes profesan una «moral alternativa». Su inclusividad se extiende a todos, menos a los que tienen puntos de vista tradicionales o conservadores.
De este modo, en tanto muchos oradores y escritores han sido criticados, vilipendiados y condenados como «intolerantes», los liberales de todos y cada uno de los matices del pensamiento acatólico son invitados al campus con la aseguranza de liberalidad y tolerancia. Mientras yo estuve en Notre Dame, hemos tenido oradores en el campus del tipo de:
  • Greg Louganis, el medallista de oro olímpico de los EE. UU. Pero no fue invitado por razón de sus logros atléticos. En años recientes ha reconocido públicamente que él es homosexual, y fue invitado a Notre Dame como defensor de los gays.
  • El obispo P. Francis Murphy, obispo auxiliar de la arquidiócesis de Baltimore. Él pidió a gritos la ordenación sacerdotal de las mujeres.
Afortunadamente, también hemos tenido oradores conservadores, tales como William F. Buckley (hijo), gracias a ciertos grupos de estudiantes conservadores. Pero tales oradores siempre se las arreglan para atraer a los manifestantes, lo cuales son de tal apertura de mente que sólo escucharán a quienes no discrepen de sus puntos de vista.
Charles E. Rice, profesor de Derecho en la Universidad de Notre Dame, ha puesto de manifiesto, con gran perspicacia, las contradicciones de los liberales que al momento se encuentran afianzados en la dirección de la universidad. En un artículo publicado hace dos años en el periódico estudiantil The Observer, habla él de cómo la universidad ha citado la Conferencia Land O’Lakes para rehusarse a seguir ciertas enseñanzas de la Iglesia con respecto a las universidades católicas. Pero esta exigencia farisaica de independencia dio paso a una actitud servil cuando la interferencia vino del bando liberal. Ese año, un paquete de información del Departamento de salud de Indiana, una agencia estatal (de la cual la universidad asegura ser independiente), llegó al Centro de salud universitario. Fue el folleto liberal más reciente acerca de los peligros del SIDA, de cómo puede transmitirse, etc. La circular decía que las compañías deberían concientizar a sus empleados acerca de estos peligros, especialmente el peligro del sexo desprotegido. Debe fomentarse el uso del condón, es decir, la misma cantaleta de siempre. Aunque parezca mentira, la universidad (yo añadiría, la universidad católica autoproclamada libre de toda influencia) no selló el paquete con «influencia excesiva, regrésese al remitente, véase Land O’ Lakes». En vez de eso, se hizo un esfuerzo por cumplir con las proposiciones de la agencia estatal. Qué interesante es saber cómo funciona la mente liberal. Arden de indignación frente a cualquier intento por parte de la Iglesia de influenciar a la universidad católica, pero todos se apresuran a acatar la disciplina cuando la influencia viene del Estado liberal. Su escrupulosidad en seguir los dictados de los omnipotentes oráculos del sistema liberal parecen humillar incluso a Edipo. Como ya se ha dicho muchas veces antes, son un pozo negro de contradicciones.
Para mí, personalmente, es muy desalentador ver una universidad católica que he conocido y amado toda mi vida ser arrastrada hacia el modernismo por herejes. Mi familia ha compartido desde mucho tiempo la rica y santa tradición de Notre Dame, mucho antes de que ella estableciera una reputación de semillero de liberalismo. Esta reputación no es de la Notre Dame que yo amo, la Notre Dame de la cual me enorgullezco; eso no es lo que la Cúpula Dorada representa en mi mente. Deseo que los católicos de hoy pudieran conocer la Notre Dame del Padre Sorin, y los otros sacerdotes y hermanos franceses que le ayudaron establecer la universidad en 1842. Deseo que todo el mundo pudiera conocer al Padre Corby, el capellán de la Geurra Civil y presidente de la universidad, y la larga línea de fieles y devotos sacerdotes irlandeses que le siguieron como presidentes durante los primeros 100 años de la universidad. Cómo deseo hoy que Notre Dame aún abrazara aquello con lo que se la solía identificar cuando mi padre y sus hermanos caminaron bajo la sombra de la Señora de la Cúpula, hace más de 50 años. Así como los católicos tradicionales extrañan la Iglesia de los siglos, yo extraño la universidad que mantuvo la línea contra la marea de liberalismo en Norteamérica por más de un siglo. Cuando reflexiono sobre los paralelos entre nuestra Iglesia y mi universidad, me acuerdo de las antiguas palabras de san Atanasio, palabras que son igualmente poderosas y adecuadas hoy que lo fueron hace 1600 años: ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en esta batalla: el que ocupa los edificios o el que guarda la fe?

Recomendaciones

He hecho un esfuerzo por compartir con el lector algunas de mis experiencias en la educación superior, tanto en una universidad católica como en la estatal. Espero que con eso os haya convencido de los peligros inherentes en la persecución de una educación superior. De ningún modo quiero yo disuadir a nadie de conseguir una educación; al contrario, alentaría a los jóvenes a que vayan a la universidad, con tal de que sepan el esfuerzo requerido para proteger su fe católica. Es un gran reto para los jóvenes preservar hoy este don de la fe en las universidades. Hay tentaciones en todos lados. Por un lado se encuentra la soporífica presencia de tergiversaciones, mentiras e intolerancias contra los católicos conservadores; y por otro, quizá lo peor de todo, los numerosos ataques, tanto sutiles como explícitos, contra el corazón de sus creencias. Mantener la fe en su totalidad requiere un compromiso dedicado de todos los días:
1. Este compromiso debe comenzar antes de que el estudiante salga por la puerta. Además, es vital una vida de oración. Para esa vida de oración son elementos indispensables la frecuentación de los sacramentos, el rezo del rosario, la fidelidad a las oraciones nocturnas y matutinas y estar consciente de la presencia de Dios durante el día.
2. El estudiante también debe prepararse mentalmente para los ataques intelectuales que llegan rápida y furiosamente una vez que él o ella entra a clase. Con estas cosas se topa uno en casi todas las materias. Van desde los peligros fácilmente identificables (como las filosofías falsas en la clase de filosofía, los ataques contra la Biblia en la geología, la evolución atea en biología), hasta problemas más sutiles que se encuentra uno en historia, arte, gobierno y muchas otras disciplinas.
Estos ataques sutiles son más insidiosos porque casi destruyen silenciosamente la base, el fundamento, de nuestras creencias católicas. Esto hace que sea más difícil defenderse de ellas. ¿Cuántos estudiantes han perdido su fe sin siquiera saberlo? Puede que comience con una afirmación falsa en un libro de historia. O, más sutil aún, quizá la tergiversación de un hecho histórico: tanto más peligroso porque es una verdad a medias, así como una mentira a medias. O puede que sea simplemente un comentario de editorial acerca de algún suceso en la historia. Un estudiante que no esté preparado, y esté falto de sentido crítico, descubrirá que estas mismas ideas entran en su mente de manera desapercibida, y luego en su manera de pensar. Al final, comienzan a influenciar todo lo que cree, de manera que toda su perspectiva de la vida cambia. ¿Cuántos padres se han quedado pensando qué fue lo que sucedió cuando su hijo o hija anunció que él o ella ya no creen en Dios? ¡Cuántas veces todo comenzó con una pequeña y aparentemente insignificante idea!
3. Amigos y compañeros. A los jóvenes católicos siempre se les ha recalcado la importancia de las buenas compañías. San Martín de Torres, cuando era niño, fue convertido a la fe por el buen ejemplo de sus amiguitos cristianos. En la otra orilla del espectro, existen innumerables ejemplos de gente que ha perdido su fe debido a la influencia de las malas compañías. Hoy, en las universidades, se nos aísla como católicos tradicionales. Extendidos por todo el país y alrededor del mundo, a menudo no podemos confiar en los buenos amigos que tuvimos en nuestra parroquia allá en casa. Ese aislamiento en ocasiones puede ser abrumador. Pero ahora estamos en el umbral de la Edad de Información. En las universidades, especialmente, tenemos los medios de fácil acceso para minimizar ese aislamiento: ¡Internet!
Hace veinte siglos, san Pedro estableció el papado en Roma, en el corazón mismo del imperio romano. Con ello, fue capaz de explotar la ubicación central de la ciudad en medio del mundo conocido. También podía aprovecharse de las famosas calles romanas y de algunos de los mejores transportes que proporcionaba la época. Los papas, obispos y sacerdotes de la Iglesia primitiva utilizaron los medios de comunicación que el mundo proporcionaba e hicieron buen uso de ellos. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. Tener amigos católicos tradicionales por medio del correo electrónico o por correspondencia normal es una oportunidad para fortalecer la propia fe cuando está bajo ataque continuo. Existe fuerza en los números. Casi todos los estudiantes universitarios tienen acceso al correo electrónico. ¿Por qué no aprovecharse de él?
4. Elección de materias. El pluralismo abunda en las instituciones de educación superior. La trascendental influencia de «raza, clase y sexo» como determinantes en todas las decisiones administrativas ya ha sido discutida. Junto con lo socialmente adecuado (eufemismo creado para camuflar los excesos de la Policía del Pensamiento liberal), el pluralismo ha generado una plaga que se filtra en casi toda disciplina que se pueda imaginar. La sociología, la filosofía, las ciencias políticas y la historia son, quizá, las más afectadas por este virus mortal. Ahora todas las culturas, las religiones, las estructuras sociales y sistemas de gobierno se ponen en plano de igualdad y se presentan como si fueran prácticamente iguales en su valor intrínseco para el hombre. Esto es tontería, por supuesto. Como señaló A. Henry III en su excelente obra In Defense of Elitism [En defensa del elitismo]: «Es mucho mayor logro poner al hombre en la luna que atravesarse un hueso por la nariz».
Debemos defender y afirmar tenazmente y sin disculparse la superioridad de la cultura occidental y los valores y creencias tradicionales que encarna dicha cultura. ¿Por qué es tan importante esto? Porque los ataques contra la cultura occidental son ataques indirectos contra la Iglesia. Todos los grandes avances de la cultura occidental son producto directo de la influencia de la Iglesia católica. Cuando Europa del norte fue invadida por los bárbaros, fue la Irlanda católica la que diseminó la influencia civilizadora de la fe de regreso al continente europeo. Cuando Cristobal Colón descubrió el Nuevo Mundo, fueron los ideales del catolicismo los que elevaron a las culturas nativas paganas del sacrificio humano y el culto de la naturaleza. Fue un deseo de divulgar estas ideas e ideales de la fe católica en regiones desconocidas lo que indujo a Colón a aventurarse a navegar el Atlántico en tres barcas de madera. Salvo los de mente pluralista o los revisionistas socialmente adecuados de nuestra época, no podemos poner en duda la entrega de Colón a la fe. Todo lo bueno en nuestro patrimonio cultural viene, de alguna forma, de la Iglesia, desde la erradicación de la esclavitud hasta los avances en la medicina. El conocimiento fue preservado en los monasterios de Europa cuando la ignorancia contagió al resto del mundo. A menudo se ha dicho que el origen divino de la Iglesia católica puede demostrarse simplemente por este hecho: ninguna otra institución en la historia del mundo ha tenido tan profunda, civilizadora y enriquecedora influencia sobre la humanidad como la Iglesia.
Así que, regresando a la cuestión de la elección de cursos, es fácil ver cuáles cursos tendrán un valor compensador, y cuáles serán la misma propaganda liberal y revisionista de siempre. En las palabras de nuestro patrón George Roche: «... tened cuidado con la crítica de esto o la reevaluación de aquello o la revisión de cualquier cosa [...] Lo más probable es que sea un ataque contra el Occidente». El sentido común es una guía fidedigna en la elección de los cursos.
5. Educaos vos mismo. Que no os satisfaga lo que se ofrece como «educación» en el mundo moderno. Desde un punto de vista académico, la mayoría de las cosas que se enseñan en las universidades modernas es pura farsa. (En este caso hablo no de los libros de texto de física, ingeniería y química, sino de «la filosofía, el patrimonio, la cultura y los valores» de la educación humanística.) Los estudiantes tradicionales de gran dedicación necesitan educarse a sí mismos en estas áreas. Es nuestra generación, nosotros los jóvenes, la que tiene la obligación de pasar la antorcha de la fe a las generaciones futuras. No debemos esconder nuestra luz bajo el manto de la nada; no debemos enterrar nuestros talentos. Es esencial que dejemos que nuestra luz brille ante los hombres. Debemos entender cuán crítica es nuestra educación, especialmente como católicos. Somos la primera generación de salir de lo que muchos creen es la «gran apostasía» predicha por san Pablo en su Epístola a los Tesalonicenses. Este es un momento decisivo en la historia. Si el cuerpo de fieles, que ha sido alimentado esmeradamente en los últimos veinte siglos, ha de sobrevivir en el futuro, nosotros somos los encargados de ello, y debemos estar consciente de esa responsabilidad. Debemos tomar conciencia de cuán esencial es.
¿Y qué exactamente es lo que debemos transmitir? Obviamente la fe. Pero ¿qué constituye la fe? O, mejor dicho, ¿en qué forma se transmite la fe a los demás? Se transmite a través de ideas, a través del conocimiento. Después de todo, ¿qué es la fe sino un marco del conocimiento? ¿Qué es el conocimiento sino una acumulación de ideas, o, mejor aún, las ideas correctas? La fe se transmite mediante el conocimiento, y, por lo tanto, debemos ser cultos. La fe se defiende y protege por medio de ideas e ideales; por consiguiente, debemos adquirir esas ideas y esos ideales (repito, los correctos). Esto es el quid: para que la fe sobreviva y se transmita a los que vendrán después de nosotros, debemos educarnos. Y no hablo de «Estudios femeninos».
Repito, el quid es: «¿Cuáles ideas adoptaremos y transmitiremos? ¿Las de Aquino o las de Rousseau? ¿Las de Tomás Moro o las de Thomas Dewey? ¿Las de Abraham Lincoln o las de Bill Clinton?». Quizá, y al igual que muchas de las infames encuestas de hoy, mi pregunta contenga un indicio de la respuesta deseada. Debemos transmitir las ideas correctas; por consiguiente, debemos adquirir las ideas correctas.
Para hacer esto, debemos aprovecharnos de aquellos libros que contienen las ideas y verdades que esperamos transmitir. Para los jóvenes que se enfrentan a todo tipo de falsedades (desde el luteranismo, el marxismo y el neonazismo hasta el misticismo oriental y el ecologismo radical) en las universidades modernas, es imprescindible tener una biblioteca personal. Por otra parte, debemos educarnos en una gran variedad de materias. No es aconsejable entrar en la batalla de las ideas si no se tienen las armas. Quizá un buen comienzo sería unirse a una organización como el Club de Libros Conservador de Norteamérica, donde se ponen a disposición muchos libros excelentes y educacionales cada mes. Otra cosa sería discutir estos buenos libros con vuestros amigos católicos conservadores. Compartir algunos libros y desarrollar una lista de lectura son buenos métodos para divulgar el conocimiento. Es muy difícil reunir tal lista de lectura porque muchos títulos excelentes y meritorios sin duda quedarán fuera, y todo porque simplemente no se pueden leer todos. Habiendo establecido ya una excusa para mí mismo, he aquí una lista parcial:
The Closing of the American Mind de Allen Bloom;
Inside American Education de Thomas Sowell;
One by One de George Roche;
God and Man at Yale de William F. Buckley, (hijo);
Man and Woman de Dietrich Von Hildebrand;
A Nation of Victim s de Charles J. Sykes;
The Content of our Character de Shelby Steele;
The Disuniting of America de Arthur M. Schlesinger, (hijo);
Legislating Immoralit y de George Grant y Mark A. Horne;
The Conservative Manifesto. de William Hennessy
6. Construid un punto de vista católico, alimentad una forma de pensar católico. ¡Esto es absolutamente esencial! Esta necesidad se pone de manifiesto si consideramos las flagrantes contradicciones inherentes en el pensamiento liberal que dirige muchas de las universidades católicas modernas. ¿Por qué han caído tan bajo los dirigentes de estas universidades, tanto el profesorado como los administradores, en las tenebrosas y turbias racionalizaciones que justifican estas contradicciones? ¿Por qué satisfacen los caprichos de la Policía del pensamiento de lo socialmente adecuado? ¿Por qué prevalecen las ideas liberales sobre nuestras ideas católicas? Precisamente porque estas ideas católicas, como lo es con todas la ideas, no pueden existir congruentemente en una forma abstracta. Deben interpretarse dentro del contexto de un punto de vista católico. Una vez que ese punto de vista —el marco de referencia— se diluye, las ideas que descansaban en él comienzan a debilitarse.
Todas las ideas deben de existir dentro de algún marco de referencia. En nuestro modo de pensar católico, la referencia es Dios. Tomen, por ejemplo, la idea del bien y el mal absolutos. La moral no existe simplemente por sí misma, sin algún punto de referencia. Debe tener un fundamento sobre el cual descansar, algo que le de autoridad. En nuestra vida cotidiana, ¿qué es lo que guía nuestras decisiones en lo referente a lo bueno y lo malo? Para el hippy, esto se reduce a lo que se siente bien para él en el momento. Para nosotros como católicos, es el Decálogo.
Y, entonces, ¿cuál es la diferencia entre un radical de los sesenta y un católico tradicional? La diferencia fundamental son estos dos marcos discrepantes de ideas. El hippy, que se guía a sí mismo, afirma que no hay referencia externa. Él realiza sus decisiones morales (si es que pueden llamarse así) basándose en su marco interno, independiente, egocéntrico y soberbio de ideas. El marco de referencia externo del católico tradicional, el Decálogo, se incorpora a su marco de ideas. Pero ¿porqué son los Diez mandamientos un punto fiable de referencia? ¿Qué es lo que les da su autoridad vinculante? Obviamente, su autoridad viene de su autor, Dios. Dios es el punto central de referencia para todas nuestras creencias. Él es el autor de nuestro marco de ideas. Él es el criterio externo y absoluto que no puede y no cambia por su naturaleza misma.
Muchos estudiantes críticos de la ilustración piensan que la Iglesia no quiere que nadie ejercite su libertad de pensamiento, que la Iglesia restringe la creatividad de la mente de la persona. Tal tontería, como información errónea, puede de plano desecharse fácilmente si se observa que la Iglesia ha sido el centro del saber por 2000 años. El hecho es que nuestra santa madre la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, el Espíritu de Sabiduría, entiende perfectamente la naturaleza humana, la naturaleza caída del hombre. Ella comprende que el hombre, en su estado caído, caerá en la falsedad con su solo razonamiento a menos que sea guiado por la gracia. Esto yo lo he visto. Es por eso que hay tantas ideas erróneas allá afuera en el mundo. «Todo el que hace el mal, odia la luz...». ¿Cómo es guiada la propia mente para determinar lo que es verdadero y lo que es falso? No podemos depender de nuestra naturaleza, puesto que está caída, sino que debemos confiar en algo que está fuera de nosotros. Debemos confiar en la Iglesia. ¿Y de dónde viene su autoridad? De Dios, el Creador. Repito, de cualquier forma que lo miréis, nuestro marco de ideas debe basarse en Dios. Nuestra referencia principal siempre regresa al Creador.
Cualquiera que tenga el don de la razón puede pensar. De ahí que tengamos tantas ideas y filosofías que saturan nuestra sociedad. Pero en la esfera de las ideas, ¿cuáles prevalecerán? ¿Cuáles adoptaremos? Nuestro marco de referencia católico nos dice que hay ideas buenas y malas, que existe el bien y el mal. No es suficiente con razonar y pensar nada más, independientemente de la verdad. Debemos razonar lógicamente y pensar correctamente. No debemos basarnos en los puntos subjetivos de nuestro propio intelecto imperfecto. Debemos confiar en la mente objetiva de la santa madre Iglesia. Como dice un viejo proverbio sueco: La libertad para pensar es grande; pero el valor para pensar bien es mayor.

Conclusión

En tanto crecía, fui bendecido en tener dos padres devotos y dedicados que se aseguraron de que mis hermanos y yo tuviéramos una educación rigurosamente católica. Ellos realizaron tremendos sacrificios para que pudiéramos asistir a la misa latina y para asegurar que todos recibiéramos una educación católica tradicional. Mis padres entendieron a fondo la siguiente máxima: «la familia que ora unida, permanece unida», y nos guiaron en el rosario familiar todos los días.
Quizá el elemento más importante que se requiere para que un joven o una joven mantengan la fe tradicional cuando vaya a la universidad es una buena familia católica. Si siendo niños no adquieren esas creencias y hábitos básicos que todos debiéramos tener como católicos, no tendrán un fundamento firme del cual echar manos una vez que estén por su propia cuenta. El saludable y amoroso ambiente de un hogar católico tradicional es irremplazable. Los que esperan mantener la fe por su cuenta en medio de los males de nuestros días, tienen las probabilidades en su contra.
Esto deberían verlo los fieles jóvenes católicos de hoy y aceptarlo como un reto. Es nuestro deber no solo preservar la fe, sino transmitirla. La necesidad de padres jóvenes, virtuosos, calificados y fervientes es mayor hoy que nunca. Punto. El que diga otra cosa simplemente ignora las increíbles fuerzas puestas en orden de batalla contras las familias —todas las familias— en estos tiempos. Desde el feminismo hasta la homosexualidad, desde programas sociales que benefician a las madres solteras hasta los programas de entretenimiento antifamiliares y antiprogenitores que tienen como objetivo a los niños: todo ello es una arremetida calculada contra la familia sin paralelo en la historia humana. Este es nuestro reto. Este es el deber al cual Dios quiere que responda cada uno de nosotros. Los jóvenes católicos tradicionales de todas partes deben reconocer este hecho y cargar la responsabilidad de formar familias católicas sólidas para el futuro.
Los que esperan criar buenos católicos en el mundo moderno están aceptando un reto como nunca antes. Lejos de desanimarnos (después de todo, eso es lo que quiere el diablo), debemos echar mano de nuestra propia formación como adolescentes y de nuestra educación católica. Necesitamos prestar atención a los consejos y ejemplos de nuestros padres, de los que nos precedieron, para llegar a tener el valor de aceptar la tarea que nos espera. Necesitamos recurrir a los papas, a los líderes morales de la Iglesia para una guía clara y confiable en esta empresa. Los escritos de los papas de los últimos 150 años, desde Pío IX hasta Pío XII, son pertinentes de manera particular, ya que ellos vivieron más cerca de nuestra época, y estuvieron conscientes de los males presentes, podría decirse que hasta proféticamente. También debemos recurrir a los santos, a los líderes espirituales de la santa madre Iglesia. Ellos pueden ser una tremenda fuente de inspiración e intercesión, si bien son olvidados con mucha frecuencia.
Una vez que empezamos a ver quién está detrás de nosotros, quién está con nosotros, comienzan a gustarme las probabilidades. Pueden tener a todas las feministas furiosas, pueden tener a Rousseau y a Marx, pueden tener todo el misticismo oriental, el liberalismo, el humanismo y todas las modas efímeras del día. Nosotros nos quedaremos con el legado de veinte siglos de catolicismo. Nosotros confiaremos en la intercesión de los santos del cielo y de las pobres almas en el purgatorio. Nosotros nos pararemos sobre la Roca, y los 261 vicarios de Cristo que le han sucedido. Después de todo, tenemos la garantía del mismo Cristo: «...sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt. 16:18). Con santa Teresa de Ávila debemos decir un valor sereno pero confiado: «Yo y Dios hacemos mayoría». ¿Qué joven católico de hoy, tras reflexionar sobre el auxilio divino que tenemos a nuestra disposición, no se llenará de valor para aceptar los retos que nos esperan?
La pasividad ya no es una opción; debemos ser activos. El reto está ahí, y es mucho lo que está en juego para ser espectadores al margen. Cristo nos dice: «Todo el que no está conmigo está contra mí» (Lc. 11:23). ¿De parte de quién estaréis vosotros?

En el original Dead white men, ’término acuñado por el movimiento feminista para designar despectivamente a los hombres blancos, particularmente europeos ya muertos, y que forma parte de su política de crear un nuevo enfoque femenino universal supuestamente superior’. (N. del T.)